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Último tren a Memphis. Elvis, la construcción del mito

Peter Guralnick
Último tren a Memphis. Elvis, la construcción del mito. 515 págs.
Global Rhythm Press, 2008.

“Nunca me he creído a Elvis”, “En realidad, era un vendido a lo comercial”, “Fue un juguete en manos de su mánager”… Son frases que responden a una extendida concepción de lo que supuso Elvis y su música. Por otra parte, no faltaron voces contrarias, de ellas, la más significativa, la de John Lennon, que por exagerada, era ridícula: “Antes de Elvis no existía nada”. Quizá interese, por ello, leer esta muy aclamada biografía, en dos gruesos volúmenes, escrita por Peter Guralnick (Último tren a Memphis y La destrucción del hombre). Guralnick –autor de obras muy importantes sobre la música estadounidense, desafortunadamente no traducidas, como Feel like goin’ home, Sweet soul music, Lost highway o Searching for Robert Johnson– ha realizado, posiblemente, la obra definitiva sobre Elvis.

Tanto en Estados Unidos –y sobre todo allí- como en Europa, Elvis Presley ha sido oscurecido por su propia caricatura y ridiculizado como si su vida artística hubiese sido poco más que un banal juguete comercial, manejado por la astucia de un mánager listo, ambicioso y frío. La historia, vista de cerca, arroja muy distintas perspectivas. El ascenso de Elvis demuestra que Elvis sigue prisionero de muchos tópicos. Nada de inventos de marketing, nada de campañas, nada de televisión. Una visita de un chico tímido a unos pequeños estudios en Memphis –los del legendario sello Sun Records-, y una intrascendente grabación de alguna canción del sur le permitieron recibir –meses después- una llamada para volver a grabar algunos temas. Varias horas e intentos no sirvieron de mucho, hasta que cantó That’s all right, mama, momento en que el productor Phillips y los jóvenes músicos (Elvis, Scooty Moore y Bill Black) se dieron cuenta de que algo había sucedido. Pero nadie pudo imaginar lo que venía detrás. Era el cinco de julio de 1954.

La primera emisión en radio de esa desconocida voz -ocho de julio, ¡tres días después de grabarse!- motivó docenas de llamadas para que fuera repetida -cuarenta y siete llamadas y catorce telegramas, dicen-. Cuanto más se emitió la canción -tras el éxito de su primera radiación- más llamadas entraban en la emisora -muy popular en Memphis- hasta que por la noche de ese mismo día, el disc jockey –Dewey Phillips, otro nombre de leyenda- tuvo que hacer entrar en su emisora al chico que había grabado esa canción, remarcando que estudiaba en un colegio de blancos, puesto que su voz podía ser tomada por los oyentes como la de un negro. En breves semanas Elvis era un importante artista local y, pocos meses después, los grandes advirtieron su potencial. La prestigiosa revista Billboard recogería, en fecha tan temprana como agosto de 1954, que Elvis era un nuevo talento, capaz de impactar tanto frente a la audiencia rhythm ’n’ blues como frente a la audiencia country. Mezcla que, como bien se sabe, está en los orígenes del rock ’n’ roll.

Después de los siguientes singles –convertidos pronto en importantes éxitos locales, como Mystery train– siguieron multitud de bolos, lo que le demostró a Sam Phillips que carecía de los recursos necesarios para su promoción a escala nacional; el asunto se le iba de las manos y en esas apareció la gran figura: Col. Thomas A. Parker. Él fue quien logró que RCA adquiriese el contrato de Elvis, por la astronómica cifra para la época de 40.000$ y se convirtió en el manager de Elvis, con una capacidad de negociación y una visión de explotación integral del negocio como pocas veces se ha visto, y que aún hoy es considerada por responsables de la industria musical como un modelo a seguir.

¿Por qué unos grandes estudios pagaron una cantidad tan desmesurada, cuando un mes antes, los responsables de dicha empresa afirmaban que no pagarían 18.000$ por Elvis, ya que “tú sabes que nadie vale 18.000$”? Si Elvis fue un invento de marketing, como muchos piensan, tuvo que serlo a partir de entonces. Antes de RCA, Elvis triunfó por la inmediatez, expresividad y capacidad comunicativa de su música, que se contagiaba boca a boca y enganchaba a los DJ’s y distribuidores de los juke-box. Y por otra parte, si una gran discográfica podía hacer triunfar a cualquiera, a través del marketing y de una insistente promoción, ¿para qué pagar esa cantidad por un artista, si podría convertir a cualquiera en una estrella?

Otro de los mitos que definitivamente debe quedar superado es la de la falsedad de Elvis. El minucioso relato de la primera sesión de grabación con la compañía RCA (al frente de cuya grabación estuvo Chet Atkins y el jefe de la división de singles de RCA, Steve Sholes) no puede ser más sorprendente. Elvis eligió el material: empezarían por Heartbreak Hotel, una canción que a Elvis le presentó su autora (Mae Axton) y con la que se entusiasmó desde el momento en que la oyó. Esa elección fue posible porque, durante la negociación de la compra del contrato de Elvis, los capitostes de RCA recibieron de Sam Phillips un consejo sincero: confiad en el chaval, dadle libertad, no tratéis de grabarle lo que él no quiera. Al finalizar la sesión, Steve Sholes regresa a la sede de RCA en Nueva York desolado. Sus jefes se preguntan qué trae de la sesión: algunas versiones de r ’n’ b y este extraño tema, Heartbreak Hotel, que no es ni blues, ni country, ni pop. ¿Cómo venderlo?

La pregunta no tenía sentido: se vendió sola y en dos meses Elvis había convertido en ridícula la cantidad pagada por la adquisición de su contrato. La ascensión fue meteórica, pero es que Elvis podía con todo. Su voz tenía una fuerza y una expresividad como pocas: transmitía como nadie libertad, emoción, urgencia, sensibilidad, pasión, despreocupación, seguridad, todo lo que quisiera. Todo lo asimilaba y todas las influencias le cabían. Guralnick no pierde ocasión para recordar cómo las veladas íntimas de Elvis culminaban siempre con momentos en los que Elvis, sentado al piano, interpretaba temas de Gospel que desde pequeño le habían cautivado.

Éstos son algunos de los hitos sobre los que el libro se extiende con todo lujo de detalle, sirviéndose de los testimonios de primera mano de la práctica totalidad de sus protagonistas. El ascenso de Elvis continuó con los discos de RCA y sus primeras incursiones en Hollywood. En 1958, cuando su carrera ya era meteórica, Elvis no renunció –podía haberlo hecho- a cumplir el servicio militar, lo que le alejaría de su país durante dos años. Pocos meses después de su entrada en el ejército su madre moriría, dejándole una perpetua soledad que le acompañaría hasta su propia muerte y que -para un psiquiatra sería digno de estudio- condicionaría, de modo patético, sus relaciones con las mujeres.

Hasta aquí llega la primera parte de la obra de Guralnick: a las puertas de los años sesenta, la década convulsa en la que todo tembló, y de cuyos movimientos contraculturales Elvis estuvo ausente, como si su trayectoria fuese en todo momento paralela -sin nunca tocarse- con las de las grandes bandas, grupos y corrientes de la época. Así nos queda un banderín de enganche para abordar el segundo tomo.

Autor: Pablo Gutiérrez Carreras

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