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Kurt Vile – Walking On A Pretty Daze

kurt-vile-walking-on-a-pretty-dazeGuitarrista, justiciero y padre.

Parece ser que para presentar candidatura a superhéroe se precisan ciertos requisitos estructurales. Está, claro, el hecho de tener o no súper poderes: básico. Es importante también la presencia de un trauma en el pasado, ya sea por contacto atómico, manipulación genética, la huída in extremis de un planeta a punto de explotar o, simplemente un episodio que provocase la también necesaria orfandad: tercer requisito indispensable. Una vez aceptada la solicitud, los superhéroes eligen y crean, cuando no la tienen ya, una personalidad paralela, un alter ego de incógnito donde refugiarse de los focos, una apariencia normal de camuflaje que, sin embargo, esconde posibilidades asombrosas. Dos versiones de un mismo hombre: una real y otra ficticia, una capaz y otra incapaz de vivir entre los seres humanos. Si de verdad fuera sensata, y no otro producto más de la ficción, la chica, ¿con quién se quedaría para la vida real?

Habría que estar atentos al cielo, porque yo creo que Kurt Vile es la versión normal de algún superhéroe que anda por ahí suelo. O mejor aún: tal vez sea, como en Los Increíbles, uno de esos proscritos paladines de la buena causa retirado, desencantado con la justicia, que ahora da rienda suelta a su pasión por la música, camuflado sin pasar desapercibido. En efecto, la vida de superhombre es dura: facturas por desperfectos en el mobiliario urbano, villanos por doquier, un trabajo tiránico que no da tregua y, en general, poco tiempo para la familia y el ocio. Vile, felizmente casado desde los 23, padre afincado en su Philadelphia natal, renunció en su día a los costes de ser un superhéroe más, sin la posibilidad de verse como un ser real: apostó por una personalidad normal, pero aún así sigue asombrándonos con cualidades portentosas, que esconden algo realmente maravilloso.

Con apenas 33 años, acaba de publicar su quinto álbum en solitario desde 2008, a los que hay que sumar, al menos, los dos que tiene con The War On Drugs, la banda que montó con su mejor amigo, Adam Granduciel, hace también unos cinco años. Walking On A Pretty Daze (Matador, 2013), como no podía ser menos en Kurt Vile, no presenta desnivel alguno con respecto a su trabajo anterior, y a una carrera regular y ya completamente solidificada. Los argumentos musicales del de Pennsylvania, lejos de resultar un tópico, se han petrificado en tiempo récord, conformándose como la base del arquetipo anti-heroico que representa. Y, pese a su corta edad, ha adquirido pronto las formas de viejo rockero, y algunos galones: un músico extraordinario y tranquilo, con cierta templanza, que transmite una barbaridad con una guitarra entre manos y un puñado de cuerdas vocales.

Como cualquier superhéroe en su versión alter ego, Vile carece en Walking On A Pretty Daze de cualquier tensión competitiva. Apuesta por canciones dilatadas (de 6, 7, 8, 9 y hasta 10 minutos), de montura cadenciosa, en las que el trote de su guitarra, cuando le da por puntear, adquiere tintes de auténtica metáfora de liberación. Sin embargo, no hace de esta causa el objetivo del disco, ni de una sola de sus canciones: éstas, carentes de toda carga melodramática, son como pequeños (o no tanto) paseos sin prisa a hacia ninguna parte. Sin un desarrollo especialmente llamativo, cada tema de Kurt Vile, eso sí, le lleva irreprimiblemente, despacio, sin prisa alguna, hacia un carisma en absoluto pretendido. Por su forma de hacer que sea la guitarra quien destaque, en una balada lenta de cantautor como Too Hard, por ejemplo; o por cómo logra que sigamos, como ratas o niños al flautista, la estela de ese arpegio tan mágico en medio de Pure Pain.

Pero aunque el carisma de Vile se sostenga también en la certeza y precisión que tiene a la hora de crear fórmulas melódicas de buena estirpe rockera, como KV Crimes, Never Run Away o Snowflakes Are Dancing, se siente más cómodo, y el público lo agradece, cuando se deja ir en terrenos más alargados, como en Air Bud o en las canciones que abren y cierran el Cd. Al empezar Walking On A Pretty Day uno ya sabe que esa guitarra manda, que hay que escucharla atenta y relajadamente, y que poco importa la estructura melódica con tal de oírla cabalgar libre. Tendía a pensar que Vile es de los que te atrapan poco a poco, a medida que uno va concediéndole tiempo, de los que te conquistan sin que te des ni cuenta, y te enteras días más tarde. Pero aquí no: te la mete de primeras, con dulzura y mucha seguridad en sí mismo. Y cuando suena Goldtone, incluso tras dar cuatro vueltas el Cd, todavía sigues pensando en ese primer fraseo del primer tema de la primera escucha.

Es cierto que Kurt Vile disimula bien: su aspecto de grunge equilibrado mentalmente, discos como este, que no llaman la atención como un faro en plena noche precisamente, e incluso su aparente humanidad, presente en cada una de sus canciones, le ocultan bien de focos, curiosos y villanos, pero tarde o temprano se le caerá el disfraz. Llegará el día, probablemente en un concierto suyo, en el que un niño se abrirá paso entre el gentío, levantará el brazo señalando al de Philadelphia, y con la boca y los ojos bien abiertos, llenos de inocente ilusión de niño, gritará entusiasmado ante el estupor de todos: ¡Mirad, es un superhéroe! Y a Kurt, probablemente, tímido como es él, solo se le ocurrirá salir volando para ocultar su enrojecimiento y (aunque no la lleve) desenmascaramiento.

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