[Especial] 10 años sin Bowie

Mientras el mundo procesaba los acordes de Blackstar, David Jones iniciaba su último viaje, dejando tras de sí un vacío que ni la tecnología ni la nostalgia han logrado llenar. Sin embargo, su sombra se proyecta sobre esta última década con una claridad profética.
Poco antes de morir, Bowie le confesó a Tony Visconti que tenía demos para cinco canciones nuevas; tenía la intención de grabar un sucesor de Blackstar. Si aquel fue el adiós místico, un hipotético nuevo álbum habría sido una incursión total en el jazz experimental o el ambient oscuro.
Como un compositor que conectó el indie rock y el jazz moderno tras trabajar con Donny McCaslin, es probable que hubiera explorado estructuras aún más libres. Sus oídos estaban puestos en los sonidos «embrujados» de Boards of Canada —citando específicamente Alpha and Omega— y en la tensión orquestal de su amigo Scott Walker en The Drift. Bowie buscaba alejarse definitivamente del rock, una pulsión que ya latía en su admiración por el To Pimp a Butterfly de Kendrick Lamar.
Visconti menciona con frecuencia que Bowie era alérgico a la nostalgia. Incluso en su regreso con The Next Day (2013), rechazó recrear el «sonido Berlín». Al elegir Where Are We Now? como sencillo, buscó la balada melancólica porque era lo último que la gente esperaba.
Esta pauta dio a los artistas modernos —como Arctic Monkeys en Tranquility Base Hotel & Casino— el «permiso» para abandonar su marca comercial en favor de un arte difícil. En esa misma línea, entre 2019 y 2020, habríamos asistido al estreno de The Spectator, su musical ambientado en el Londres del siglo XVIII. Habría sido su consagración teatral: una sátira sobre el crimen y la moda georgiana que hoy leeríamos como una crítica mordaz a nuestra propia vanidad digital.
Bowie no veía las herramientas digitales como dispositivos, sino como «formas de vida extraterrestres». Desde el armonizador Eventide H910 en Low (1977) —que según Visconti «trastocaba la estructura del tiempo»— hasta el software Verbasizer en los 90, su carrera fue una carrera por tokenizar la creatividad.
En un 2026 dominado por la IA generativa, Bowie no habría usado la tecnología para replicar su pasado, sino para crear avatares performativos. Habría diseñado una IA que colaborara con él en vivo, cuestionando la autoría tal como hizo con Ziggy Stardust. Fue el hombre que predijo en 1999 que internet «aplastaría las ideas sobre la esencia de los medios» y que en 2002 advirtió que la música se volvería tan ubicua como el «agua corriente o la electricidad».
En esta década, Bowie habría visto cómo el mundo finalmente alcanzaba sus ideas de los años 70. Quizá habría colaborado con FKA Twigs o St. Vincent, consolidándose como el patriarca de una vanguardia sin etiquetas. O quizá, simplemente, habría optado por el silencio absoluto. Tras decir todo lo que tenía que decir sobre la mortalidad en Blackstar, es hermoso imaginar a un Bowie de 79 años pintando en su estudio del Soho, observando con una sonrisa críptica cómo el mundo se volvía finalmente «Bowieano» sin necesidad de que él moviera un solo dedo. Al final, la ausencia de Bowie en estos diez años ha demostrado que su mayor obra de arte no fue un disco, sino su capacidad para enseñarnos a cambiar.
A través de estas canciones, se percibe cómo Bowie otorgó a una nueva generación el «permiso para la mutación», integrando el «anti-rock» de saxofones abrasivos y jazz distorsionado, la frialdad electrónica de la etapa de Berlín y una teatralidad que entiende el álbum no solo como música, sino como una «era» visual completa.







