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Los clubes de lectura

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Si tengo que hablar de mis propias experiencias en clubes de lectura, diré que estas comenzaron en el año 2008, cuando empecé a asistir simultáneamente al de la Biblioteca Pública de Nerja y al de la librería Cincoechegaray (ambas en Málaga). No negaré que en los días previos padecí cierta inquietud. Pensaba que quizá aquellas reuniones eran una especie de comité de sabios en las que uno no podría dar la talla. Bastaron unos minutos de la primera sesión a la que asistí para cambiar totalmente mi impresión: aquello a lo que se parecía era a una especie de paraíso en el que uno tenía la oportunidad de conocer a almas gemelas, personas con los mismos intereses e inquietudes.

Con el tiempo he hecho auténticas amistades gracias a esta afición y me he implicado activamente en su difusión, porque se trata de una forma de lectura muy distinta a la tradicional, que normalmente es íntima y personal. Cuando uno lee una novela para un club de lectura lo hace con una atención especial, subrayando párrafos y adelantando argumentos para los debates. Hay que dejar claro que un taller de lectura es ante todo un intercambio libre de ideas, no un combate dialéctico con ganadores y perdedores, por lo que todos los miembros tienen siempre algo que aportar, para que el resto de participantes tenga una visión diferente del texto que ha leído. Además, esta actividad tiene algo de terapéutico. Uno olvida los problemas, practica un poco la oratoria y sale del club con la autoestima reforzada. Como dice Jorge Wagensberg: “Conversar es quizá el mejor entrenamiento que puede tener un ser humano para ser un ser humano”.

Cuenta Jesús Arana en Leer y conversar. Una introducción a los clubes de lectura (Ediciones Trea, 2009), que el fenómeno de personas que se reúnen a hablar en torno a un libro o de literatura en general ha existido casi siempre a lo largo de la historia pero, como es evidente, solo con la alfabetización general de la población y facilitando el acceso a la cultura se ha conseguido democratizar la lectura y, por consiguiente, la proliferación de clubes de lectura, una especie de desenlace lógico a la necesidad de los lectores de encontrar espíritus afines.

Fue Estados Unidos el primer país donde comenzaron a registrarse clubes de lectura. El primero del que se tiene noticia fue el organizado por la líder religiosa Anne Hutchison, aunque era un club centrado prácticamente en un único libro: la Biblia. Ya a finales del siglo XIX existían por todo el país cientos de estos grupos, con la peculiaridad de que en la mayoría de las ocasiones estaban constituidos por mujeres, fenómeno que se sigue dando hoy día, quizá porque el índice de lectura en el sexo femenino es mucho más alto que en el masculino. Muchos de ellos siguen existiendo en la actualidad, como el grupo The Ingleside, que viene reuniéndose ininterrumpidamente desde su fundación en 1882, formado ahora por las bisnietas de las fundadoras. La periodista Jane Cunningham Croly, que fundó un importante grupo de lectura en aquella época, resumía así las motivaciones de esta revolución de las mujeres:

“Supongamos que empezamos a darnos cuenta de que nos estamos volviendo cada vez más estúpidas, cada vez más perezosas, cada vez más insustanciales y decidimos hacer algo para ayudarnos a nosotras mismas.”

En España, aunque siempre ha existido una tradición muy consolidada de tertulias literarias no es hasta los años ochenta del siglo pasado cuando comienzan a popularizarse los clubes de lectura tal y como los conocemos hoy. Y serán las bibliotecas públicas las que den un impulso fundamental al fenómeno, organizándose préstamos colectivos del mismo libro a través de instituciones como el Centro Andaluz de las Letras.

Para celebrar un club de lectura solo hacen falta personas aficionadas a la lectura y que cada uno de ellos consiga el libro que se ha elegido previamente. Incluso el libro puede ser facilitado por la misma biblioteca, que también ofrece su espacio. También es importante la figura del coordinador, que introduce el tema y dirige el debate, dinamizando la conversación cuando esta languidece o se desvía del asunto principal. Se puede comparar la función del dinamizador con la de un árbitro de fútbol: cuanto más discreto sea su papel, más efectivos serán los resultados. Celebrar la reunión dentro de los muros de la biblioteca tiene la ventaja de que los participantes se encuentran en un espacio casi sagrado, por lo que los debates casi siempre van a estar centrados en el libro, sin desviaciones a otros temas. Cuando los participantes se reúnen en otros espacios (por ejemplo en una cafetería llena de gente, si no se ha optado por un reservado) lo natural es que las conversaciones pierdan el rumbo principal.

Por supuesto, los clubes de lectura realizan actividades complementarias: comidas, excursiones, encuentros con otros clubes…, que refuerzan los lazos entre sus miembros. Una de las más interesantes son los encuentros con el autor, ya que en este caso la lectura adquiere una dimensión totalmente insospechada, la de tener la posibilidad de preguntar directamente a la persona que ha realizado el siempre admirable trabajo de escribir y publicar una novela. También suele resultar muy gratificante para el propio autor, que, a través de las intervenciones de los participantes, descubre aspectos insospechados procedentes de su propia creación literaria.

Con el tiempo, algunos clubes de lectura se han especializado: los hay que se dedican a los cómics, a ensayo, a novela negra, historia, filosofía, ciencia… e incluso que leen la obra de un solo autor durante un año. Hay otros que, rizando el rizo, preparan la sesión decorando la sala en consonancia con el libro que se ha leído y ambientan la reunión con música, comida, bebida y luz de velas… En cualquier caso lo verdaderamente importante, lo que reúne a personas de profesiones y orígenes variopintos en torno a una mesa es la común afición a la lectura. Todo puede resumirse en las palabras de Ricardo Pita, un asiduo a estas actividades:

“Para mí, pertenecer a un club de lectura supone fundamentalmente un placer. Aúna dos actividades que me entusiasman: leer y hablar sobre lo leído. Un hecho este último que potencia el poso que haya dejado la lectura.”

Texto: Miguel Ángel Jiménez Guerra (http://elhogardelaspalabras.blogspot.de/)

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