[Reseña] Holy Motors – Heaven´s night
Holy Motors es un quinteto de Tallin que toma su nombre de la película de Leos Carax y que, desde sus primeros sencillos, se ha dedicado a imaginar un Oeste americano que solo conocían por el cine: Paris, Texas, Badlands y las bandas sonoras de Morricone, vistos durante los largos inviernos estonios. Su debut Slow Sundown los situó en la estela de Mazzy Star y Cowboy Junkies, y Horse (Wharf Cat, como este) añadió una vena más rockabilly y algo más cálida. Han pasado seis años desde entonces, y no han sido precisamente de inactividad: Eliann Tulve ha ejercido de miembro de gira de The Jesus and Mary Chain, y la banda ha incorporado al guitarrista Ivar Mägi y al multiinstrumentista Villem Sarapuu junto a los veteranos Tulve, Lauri Raus y el batería Caspar Salo. Heaven’s Night es además el primer disco que graban íntegramente en casa, en el Ö Stuudio de Tartu, que Raus describe como una casa de empeños llena de reliquias polvorientas donde se podía subir el volumen de los amplificadores (y de donde ha salido sonando desde una Fender del 67 hasta un Casio de 65 dólares).
Si Horse se recreaba en atardeceres condenados y en la melancolía del desierto, aquí la banda abre la puerta al pop y a ciertas texturas new wave, algo que se intuye ya desde los adelantos, con las guitarras entrelazadas de Tough Crush o el pulso más áspero del tema titular, una canción de amor de pueblo pequeño sobre una relación que se ha vuelto tediosa. Con todo, lo interesante aparece cuando uno se desvía de la carretera principal. Hellishly Hot supone el giro más claro hacia un indie pop de corte dream pop más clásico, y pese a su título suena más a noche templada de verano que a averno. Howlin’ se construye en un crescendo sostenido en el que es la guitarra la que va empujando la canción hasta el final. En Reasons to Cry los juegos entre las guitarras dejan de ser acompañamiento y llegan a disputarle el protagonismo a la voz de Eliann Tulve, probablemente el momento en que la ampliación de la formación a tres guitarristas cobra más sentido. Entre medias, The Last Ones galopa a otra velocidad y Under My Tongue presenta a Tulve en un dúo de tintes noir con Reid Bateh, de Bambara. Más que escucharse, el disco se proyecta como una road movie de los ochenta.
En todo caso, el giro hacia una mayor accesibilidad no supone renunciar a la niebla que siempre ha envuelto a la banda, y quien temiera que seis años de silencio y dos incorporaciones acabaran diluyendo su identidad puede quedarse tranquilo. Heaven’s Night es el disco más variado de su catálogo, y buena parte de esa variedad se la deben a unas guitarras que ahora tienen más espacio que nunca. Al final, Heaven’s Night confirma que Holy Motors pueden salir de la carretera polvorienta sin perder del todo el rumbo.



