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[Reseña] Cautious Clay – The Hours: High Noon

Josh Karpeh, que factura discos bajo el nombre Cautious Clay desde hace ya media década, ha pasado los dos últimos años dedicado a un ejercicio de cartografía horaria: contar un día entero a través de canciones, sin respetar el orden narrativo. Publicó primero The Hours: Morning en mayo de 2025 —que incluía su formidable cierre, Smoke Break (12pm)— y después The Hours: Night en octubre del mismo año, dejando para el final la franja que faltaba entre ambos: el mediodía de The Hours: High Noon. De los tres volúmenes, este es probablemente el más comercial, y quizás no sea casualidad: es la hora del día en la que uno necesita algo que suene bien sin exigir demasiado, y Karpeh lo entiende así.

El giro hacia el reggae y el downtempo que el propio Karpeh señala como novedad se nota desde Green Screen (1pm), con un compás relajado que sustituye la ansiedad de trabajos anteriores por algo parecido a la calma adquirida con los años. Trail Mix (3pm) mantiene ese pulso con una lírica sobre la apertura física conviviendo con la fidelidad emocional a una sola persona, pero como el resto del disco, tiene más de apunte que de canción resuelta: ocho cortes y diecinueve minutos dan para trazar una idea, no para desarrollarla, y varios momentos de High Noon se quedan en ese estadio de boceto, como si Karpeh hubiera preferido anotar la sensación de cada hora antes que terminar de escribirla. El verdadero punto álgido llega con Wave Chaser (6pm), donde el arreglo por fin encuentra el espacio que le falta al resto del disco, y el notable cierre con Shadow of a Doubt (8pm) confirma que, por grandilocuente que suene lo de cerrar una trilogía, Karpeh sigue sin perseguir la ambición ni la pretenciosidad como reclamo.

High Noon confirma que Cautious Clay sigue siendo una de las figuras más relevantes del R&B actual, con un oído fino para el arreglo que le ha valido colaboraciones con Billie Eilish o John Legend —hasta Taylor Swift utilizó sin descaro el ritmo de su Cold War para convertirla en la bastante insulsa London Boy—, y que sin embargo continúa recibiendo menos atención de la que su trayectoria —de Deadpan Love a KARPEH— debería garantizarle. Este cierre de trilogía no cambia esa ecuación, pero tampoco lo pretende: cumple su función de bisagra entre la mañana y la noche, y ahí encuentra su propia coherencia.

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