[Crónica] Sigur Rós (Lisboa, 17/09/26)

Hay conciertos que permanecen razonablemente bien en la memoria del móvil —aunque sepamos, con toda honestidad, que ese vídeo no lo volveremos a abrir jamás—: un estribillo coreado, un solo de guitarra, algo que la pantalla logra insinuar aunque sea de forma torpe. El de Sigur Rós en Lisboa no es de esos. Ni el vídeo mejor grabado ni la foto mejor encuadrada consiguen transmitir lo que ocurre cuando cuarenta y un músicos respiran al mismo tiempo que la banda: la épica no está en un momento concreto que pueda capturarse, sino en un lenguaje permanentemente sensorial —el idioma, ajeno para la inmensa mayoría del público, deja de ser vehículo de significado y se convierte en puro material sonoro— sostenido durante casi dos horas que solo permanece, de verdad, en la otra memoria: la que no cabe en ningún dispositivo.
El concierto, con las entradas agotadas semanas antes, se celebró el 17 de septiembre en el Sagres Campo Pequeno junto a la Orquestra Sinfonietta de Lisboa y el Coro Ricercare, y cerraba prácticamente el ciclo europeo: la última etapa de esta gira mundial había arrancado en Edimburgo el 31 de agosto y terminaría dos días después en Berlín, tras atravesar Escocia, Irlanda del Norte, Irlanda, Francia, España y Portugal. El repertorio combinaba ÁTTA —el disco que dio origen a esta colaboración orquestal en 2023— con una revisión de la trayectoria del grupo, entre ellas piezas de Takk…, que este año cumple veinte años desde su publicación. Al frente de la orquesta estaba Robert Ames, director y arreglista habitual de esta etapa del grupo, responsable junto a María Huld Markan Sigfúsdóttir —arreglista principal— de trasladar el catálogo de Sigur Rós a un lenguaje sinfónico sin que la operación sonara a mero embellecimiento; una distinción que conviene no perder de vista, porque el reto no era añadir grandilocuencia donde ya de por sí abundaba, sino encontrarle un cauce reconocible dentro de una instrumentación clásica.
La iluminación funcionaba como un instrumento más de esa orquestación: focos que en un momento cegaban directamente al público y al segundo siguiente se replegaban en tonos rojizos, y, repartidas por el escenario, lámparas de pie con bombillas que imitaban la luz trémula de una vela, en contraste deliberado con la escala casi sinfónica de todo lo demás. Sobre ese fondo, Jónsi apenas se detenía: cambiaba de instrumentación prácticamente en cada canción, alternando su guitarra tocada con arco de violonchelo —el gesto que ha acabado definiendo el sonido del grupo tanto como su falsete— con pasajes más despojados. El primer acto encontró su cima en Starálfur, donde la entrada de la percusión terminó de fundir banda y orquesta en un único cuerpo sonoro.
El momento más singular llegó con Varðeldur, cierre del primer set: una voz femenina, probablemente del Coro Ricercare, emergió para terminar la canción después de que el propio Jónsi abandonara el escenario, dejándole ese cierre por completo. El otro gran hallazgo llegó al final de la noche: en Ára bátur, el coro se dejó oír casi por sorpresa desde el fondo del escenario, donde había permanecido oculto a la vista, antes de consolidar su presencia en primer plano en Hoppípolla. No hizo falta bis grandilocuente ni golpe de efecto: bastó con dejar que las voces ocuparan el espacio que la banda les había ido cediendo poco a poco, hasta que Avalon confirmó que ese momento coral, y no un estribillo coreado por el público, era el verdadero punto álgido de la noche. Cuando el último acorde se apagó, banda, orquesta y coro volvieron a reunirse en el escenario para el saludo final, recibidos con una ovación de pie que se prolongó varios minutos. Cuando el último acorde se apagó, banda, orquesta y coro volvieron a reunirse en el escenario para el saludo final, recibidos con una ovación de pie que se prolongó varios minutos. El público salió despacio, sin prisa, agradecido, llevándose consigo sensaciones que ningún dispositivo hubiera podido retener.







