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[Crónica] Morrissey (Oporto, 01/08/26)

Hay una paradoja que acompaña a cada gira de Morrissey y que el público ya ha aprendido a gestionar como quien convive con un pariente impredecible: la certeza de que, hasta que las luces no se apagan y suena la primera nota, no hay garantía de nada. Apenas unos días antes de arrancar el año, el de Manchester ya había cancelado shows en California, y el estreno de 2026 se saldó con dos conciertos celebrados y uno suspendido. Que la cita en el Super Bock Arena – Pavilhão Rosa Mota se celebrara sin incidencias —más allá de la media hora de retraso, que a estas alturas forma parte del ritual tanto como el propio concierto— es, por tanto, casi la noticia de la noche antes de que sonara ningún acorde.

Morrissey salió con una pandereta para abrir con Billy Budd (Vauxhall and I, 1994), instrumento que cambió por unas maracas al llegar a The Youngest Was the Most Loved (Ringleader of the Tormentors, 2006), como quien va administrando el atrezzo según lo pide cada canción. Antes de Now My Heart Is Full (Vauxhall and I, 1994) aprovechó para dejar claro que no quiere tener nada que ver con la música moderna: «arte para personas que no saben absolutamente nada de arte», sentenció. Durante la interpretación de Make-Up Is a Lie (Make-Up Is a Lie, 2026), tres pantallas proyectaron a Brigitte Bardot dividida en tres planos, y antes de Zoom Zoom the Little Boy, del mismo álbum motivo de su nueva gira, llegó la referencia al Libro del desasosiego de Pessoa, acompañada de un «no finjáis que lo conocéis» que sonó tanto a broma como a advertencia real dirigida a una parte del público.

Si ya no podemos exigirle que amplíe la cuota de The Smiths, sí que se echaron en falta canciones de su discografía en solitario —personalmente, salvo en su debut, creo que lo mejor de su catálogo propio rara vez ha estado en los singles—, terreno en el que Morrissey suele rescatar rarezas con más generosidad de la que mostró esta noche: Speedway (Vauxhall and I, 1994), Southpaw —tal vez extensa para un concierto, pero excelente—, que cerraba Southpaw Grammar (1995), I Can Have Both (Maladjusted, 1997), America Is Not the World (You Are the Quarry, 2004) o What Kind of People Live in These Houses? (I Am Not a Dog on a Chain, 2020) brillaron por su ausencia, incluso siendo esta la fecha de cierre de su gira europea, ocasión que en el pasado ha aprovechado para reservar alguna sorpresa. Otra vez será.

Fue precisamente el chico que tenía delante, realmente joven, quien poco después gritó pidiendo Cemetry Gates (The Smiths, The Queen Is Dead, 1986); resultó irónico que Morrissey, en su seco «Don’t be silly! How old are you?», diera por hecho que se dirigía a uno de sus fans del pleistoceno, cuando en realidad tenía delante probablemente a uno de los asistentes más jóvenes de la noche. La réplica dio paso a The Bullfighter Dies (World Peace Is None of Your Business, 2014), canción añadida a esta gira intencionalmente para las dos fechas españolas previas y esta portuguesa, con proyecciones de corridas —más bien de cogidas taurinas— tanto españolas como portuguesas de fondo.

I Know It’s Over (The Smiths, The Queen Is Dead, 1986) llegó con la fotografía de la madre de Morrissey proyectada detrás, y él alargó el «oh, mother» con la misma melancolía de siempre, ese punto en que la voz ya no busca la nota exacta sino el gesto. Everyday Is Like Sunday (Viva Hate, 1988), por su parte, se benefició de una introducción de piano con Clair de Lune de Debussy a cargo de Camila Grey, transición elegante hacia el tramo final del concierto. The Monsters of Pig Alley (Make-Up Is a Lie, 2026), Suedehead (Viva Hate, 1988) e Irish Blood, English Heart (You Are the Quarry, 2004) —esta última bajo la proyección de la figura de Oscar Wilde— cerraron el cuerpo del repertorio. Jack the Ripper, cara B de la era de Your Arsenal (1992), remató la parte oficial antes del bis, que llegó con There Is a Light That Never Goes Out (The Smiths, The Queen Is Dead, 1986), el cierre esperable y en cierto modo obligatorio que desbordó la emoción de los fans. El concierto no terminó ahí, sino con You’ll Never Walk Alone, no en su versión de himno futbolero sino en la de Judy Garland, durante la cual se produjeron los intentos de invasión de escenario de la noche, alguno de ellos consumado, que Morrissey toleró con la indiferencia de quien ya lo ha visto todo.

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