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[Crónica] Robbie Williams (Sevilla, 30/06/26)

@Iconica

Antes incluso de subirse al escenario del Icónica Santalucía Sevilla Fest, Robbie Williams ya se había ganado a la ciudad. La noche anterior al concierto, paseando por el casco histórico, el británico se topó con un músico callejero que tocaba la guitarra en la calle Santa María de la Blanca, en pleno barrio de Santa Cruz, y no dudó en sumarse a la actuación improvisada tomando el micrófono para cantar Angels junto a él, ante el asombro de los viandantes que se cruzaron con la escena. El vídeo, grabado por testigos, no tardó en circular por redes sociales.

Porque Robbie Williams es, ante todo, un entertainer en el sentido más clásico del término. No un cantante que da conciertos, sino un showman que construye espectáculos. Su éxito en listas —real, sostenido, difícil de discutir— ha sido siempre el combustible, nunca el destino. Lo que Williams lleva décadas perfeccionando es otra cosa: la capacidad de leer una sala, o en este caso una plaza, y moldear cada instante del concierto en función de lo que el público necesita sentir en ese momento. La apertura con Let Me Entertain You no es solo una declaración de intenciones; es casi un contrato firmado con el respetable.

El arranque con Rocket y Rock DJ establece el territorio, y la secuencia Love My Life y Pretty Face lo consolida, antes de llegar a Better Man / Sexed Up / Candy, que funciona como un examen silencioso al respetable: tres canciones de épocas y registros distintos que Williams encadena sin aviso, dejando que sea el público quien demuestre hasta dónde llega su conocimiento del catálogo.  Pero es con Relight My Fire donde el entertainer se muestra en su forma más pura. El tema, originalmente de Dan Hartman, fue uno de los grandes éxitos de Take That en 1993; Williams formaba parte del grupo entonces y, según cuenta él mismo sin demasiado rubor, se negó a cantar la voz principal. Décadas después, ahí está, entregándose al tema con una generosidad que tiene mucho de exorcismo y bastante más de humor. Pocos artistas son capaces de reírse de su propia mitología sin que la broma les reste un ápice de autoridad.

Something Beautiful y Millennium —esta última con una puesta en escena espectacular que convierte a sus bailarinas en parte indisociable del número— recuerdan que detrás del showman hay un catálogo más o menos sólido. Williams ha heredado de Elton John algo más que el gusto por el espectáculo: también la fórmula de la balada que arranca íntima y explota en un estribillo masivo y teatral, y un timbre vocal con una calidez similar. No llega a la altura de John en ninguno de los dos registros, pero pocos artistas de su generación han sabido acercarse tanto. La versión de Theme From New York, New York, de John Kander, sirve de antesala al momento quizá más revelador de la noche: la presentación de cada miembro de la banda, con cada músico tomando el protagonismo para interpretar un clásico —We Will Rock You, Sweet Dreams, Y.M.C.A., It’s Raining Men—. Es un número que Williams resuelve con soltura, divertido sin ser imprescindible, y que el público agradece más de lo que cabría esperar.

Come Undone, Kids y la versión de She’s the One, originalmente de World Party, devuelven el pulso al repertorio propio antes de que My Way —en la versión de Paul Anka sobre la Comme d’habitude de Claude François— llegue cargada de un peso que va más allá del clásico que todo el mundo reconoce. Williams la ha convertido en un homenaje a su padre, y mientras canta, las pantallas proyectan imágenes suyas en todas las etapas de su vida. El bis, con Feel y Angels, cerró una noche que cumplió con creces lo que prometía. Robbie Williams no aspira a trascender; aspira a entretener. En eso, al menos, probablemente nadie de los allí presentes salió decepcionado.

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