[Reseña] Victoryland- My Heart Is a Room With No Cameras In
Victoryland es el proyecto en solitario de Julian McCamman, músico afincado en Brooklyn y exmiembro de la banda Blood. Tras la reciente disolución de su grupo, McCamman ha decidido alejarse de sus raíces: si bien sus trabajos anteriores —tanto en Blood como en su debut con Victoryland, Sprain (2024)— exploraban un jazz-punk y un rock DIY abrasivo al estilo de Filadelfia, este nuevo álbum supone un deliberado giro hacia lo que él mismo define como pop-rock experimental triunfante, desalentador y divertido. My Heart Is a Room With No Cameras In, publicado por Good English Records, cuenta con la producción de Dan Howard (conocido por su trabajo con Forth Wanderers y Malice K), quien ya había moldeado el sonido de Blood en su último disco de estudio de 2024. My Heart is a Room… se gestó entre un sótano de Bed-Stuy y un estudio profesional en Williamsburg, logrando un equilibrio fascinante entre el encanto amateur y una refinada calidad radiofónica que captura una transición vital: el traslado de McCamman desde la escena de Austin hacia Nueva York.
En este proceso, el sonido se inclina hacia el avant-pop y el free folk, pero manteniendo un pie en la crudeza del origen. McCamman ha conservado la esencia de sus maquetas originales, superponiendo la producción de alta fidelidad con elementos de las demos grabadas en el sótano —ya sea un loop de batería, una toma vocal o un riff de guitarra suelto— presentes en cada pista del corte final. Al escucharlo, es inevitable pensar en la época dorada de The Cure, ya que McCamman parte de una premisa similar a la de la banda británica: escribir letras oscuras y contundentes sobre la frustración sexual, la amargura y la desesperación profunda, para después envolverlas en las melodías más contagiosas y bailables posibles. Este contraste brilla en temas como la homónima No Cameras o en I Show You Mine, una celebración de la vulnerabilidad cargada de sintetizadores que cierra el disco en una nota triunfal. Junto a fórmulas enérgicas de indie pop como You Were Solved o I Got God, el álbum se consolida como una de las primeras sorpresas estimulantes del año; un debut valiente que transforma la crisis de una ruptura de banda en un manifiesto sonoro de madurez y reinvención.