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El country recupera el trono en Estados Unidos

Por primera vez en los sesenta y ocho años de historia del Billboard Hot 100, las cinco primeras posiciones de la lista pertenecen al mismo género. Ella Langley encabeza con Choosin’ Texas, seguida por Morgan Wallen con Been by Now, Taylor Swift con I Knew It, I Knew You, el dúo Langley-Wallen con I Can’t Love You Anymore y Stella Lefty cerrando el quinteto con Boston. A su alrededor crece una generación con el mismo perfil pulido: Bebe Stockwell, cantautora de Boston fichada por Columbia, factura un country-pop confesional de sensibilidad Gen Z, y Shaboozey – que acaba de publicar su ambicioso nuevo álbum The Outlaw Cherie Lee & Other Western Tales– ya demostró en 2024 que ese cruce puede ser masivo: su A Bar Song (Tipsy) pasó diecinueve semanas en el número uno del Hot 100, empatando el récord histórico que hasta entonces tenía Old Town Road. Que el dato de esta semana sorprenda dice más de nuestra memoria selectiva que del género: el country lleva asomándose a las listas generalistas, con distinta fortuna, desde que existen las listas generalistas.

Porque el cruce no es un invento reciente. Patsy Cline coló Crazy en el top 10 del Hot 100 en 1961 sin renunciar a una sola nota de vals country. Johnny Cash llevó A Boy Named Sue al número dos en 1969, grabado en directo en una cárcel, lo cual da una idea de lo poco que le importaba encajar en la radio de la época. Glen Campbell llegó al número uno con Rhinestone Cowboy en 1975, y Kenny Rogers y Dolly Parton hicieron lo propio en 1983 con Islands in the Stream, en pleno auge de un cruce hacia el pop que ya había provocado su propia resistencia interna: unos años antes, George Jones y Tammy Wynette habían fundado la Association of Country Entertainers para frenar esa deriva, y Charlie Rich llegó a quemar en directo, en los CMA de 1975, el sobre con el nombre de John Denver como premio a Entertainer of the Year. El género, en resumen, ha ocupado el centro de la conversación pop cada vez que ha encontrado la canción adecuada; lo insólito de esta semana es la cantidad, no el hecho.

El precedente más claro para lo que ocurre hoy no está, sin embargo, en ese country de cruce orquestal, sino en la reacción que provocó. El boom de Urban Cowboy apenas duró un suspiro: la película se estrenó en 1980, y para 1983 la moda ya se había desinflado casi por completo, dejando a Nashville con una industria hinchada por unas ventas fáciles y sin recambio generacional real. A mediados de los 80, cuando Nashville llevaba una década produciendo baladas con más cuerdas que un fondo de armario de Bacharach, apareció una generación que quiso devolver al género su aspereza: Steve Earle publicó Guitar Town en 1986 con la guitarra por delante y la actitud de quien viene del rock, mientras Dwight Yoakam, Randy Travis o George Strait tiraban, cada uno a su manera, hacia el honky-tonk y el Bakersfield Sound frente al pop de sobremesa. La prensa de la época lo bautizó como «new traditionalist» o «young country», una etiqueta que envejeció mal pero que describía bien el gesto: menos orquesta, más verdad..

Ese movimiento no se quedó encapsulado en Nashville. Su influencia se filtró en el rock independiente de finales de los 80 y los 90 —Wilco, Uncle Tupelo, la escena que acabaría llamándose alt-country— y demostró que el género podía ser una fuente de autoridad artística, no solo un nicho comercial. Steve Earle terminó siendo más citado por músicos de rock que por la propia industria country, lo que explica por qué su nombre aparece hoy en las notas de prensa de bandas que nunca pisarían Nashville. Y el cruce hacia el pop, entretanto, no se detuvo: de Billy Ray Cyrus y su Achy Breaky Heart en 1992 a Lil Nas X, que en 2019 batió el récord histórico de semanas en el número uno del Hot 100 con Old Town Road, una canción que el propio Billboard llegó a retirar de su lista country por no considerarla «suficientemente country».

La nómina actual de nuevos valores tampoco se agota en los cinco nombres del top 5. Charley Crockett, que ha construido una carrera casi artesanal a base de discos publicados a ritmo casi anual, defiende un sonido que bebe tanto del honky-tonk como del soul sureño, sin concesión alguna a la radio comercial, y aun así ha ido ganando terreno en las listas generalistas. Zach Bryan ha demostrado que el formato disco-río —álbumes larguísimos, publicados sin previo aviso— también funciona en country. Sierra Ferrell y Vincent Neil Emerson tiran hacia el string band y el western swing con una honestidad que recuerda más a Guy Clark que a cualquier tendencia de streaming.

Conviene situar todo esto en su momento político, porque no es un dato menor. El country de la era Trump vive una tensión parecida a la de los 80, solo que el eje ha cambiado: ya no es tanto pop contra tradición como complacencia política contra voz incómoda. El caso más citado es el de Jason Aldean, cuyo single de 2023 Try That in a Small Town —con un vídeo repleto de imágenes de disturbios urbanos— fue leído por buena parte de la crítica como un guiño directo al imaginario conservador, y defendido con igual entusiasmo por políticos republicanos. Charley Crockett, en cambio, ha ido en dirección contraria: ha llamado a Trump «presidente de cosplay» en redes, ha salido en defensa pública de Bad Bunny frente a las críticas por su actuación en la Super Bowl, y ha hablado abiertamente de su propia identidad racial mixta en un género que históricamente ha preferido no hacerlo.

Conviene, además, matizar la fiesta musicalmente. El género lleva un siglo moviéndose en un péndulo: un sonido pulido y pensado para la venta masiva (Nashville Sound, countrypolitan, el propio Urban Cowboy) que tarde o temprano provoca una reacción de vuelta a la aspereza (outlaw, new traditionalists, alt-country). Si se mide con esa vara, el country que hoy ocupa el top 5 del Hot 100 se parece más al primer polo que al segundo. Choosin’ Texas o Been by Now son, en producción y ambición, herederas directas del gesto de Dolly Parton y Kenny Rogers en los 70: un sonido diseñado para funcionar en cualquier lista, no para incomodar a nadie.

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