[Crónica] Van Morrison (Madrid, 01/07/26)

Hace sesenta años, en la última noche de Them como cabeza de cartel en el Whisky a Go Go, con The Doors de teloneros residentes, los dos Morrison —Van y Jim— improvisaron juntos una versión de Gloria, el himno que Van había compuesto con Them, que se prolongó más de veinte minutos. Nadie grabó el sonido, pero sí quedó una foto: la tomó George Rodriguez, fotógrafo de la casa, y es el único rastro visual de aquel cruce de una sola noche. Ray Manzarek, teclista de The Doors, recordaría años después que Jim quedó fascinado con la presencia escénica de Van —cantar pegado al suelo, golpear el micrófono, esa agresividad poética— y que acabó impregnándose de ese magnetismo, integrándolo en su propia personalidad sobre el escenario. Sesenta años después, en el Real Jardín Botánico, solo quedaba uno de los dos Morrison, pero esa misma fuerza, esa misma vitalidad que Jim absorbió aquella noche, seguía intacta pese a los ochenta años cumplidos.
El repertorio con el que Van Morrison llegó al Jardín Botánico dejaba claro, desde la primera canción, que esta no iba a ser una noche de grandes éxitos ordenados por decreto. Arrancó con Deep Blue Sea, de John Lee Hooker, y siguió con Kidney Stew Blues, de Eddie «Cleanhead» Vinson, Rock Me Baby, de B.B. King, Madame Butterfly Blues, de Dave Lewis, y Snatch It Back and Hold It, de Junior Wells: cinco canciones seguidas extraídas de Somebody Tried to Sell Me a Bridge, su disco más reciente y, curiosamente, el de sonido más añejo, publicado en enero por su propio sello, Orangefield, y grabado en el Studio D de Sausalito con Elvin Bishop, Taj Mahal y Buddy Guy como invitados. No fue un guiño de cortesía al álbum nuevo: dejaba claro, otra vez, que Morrison, a los ochenta años, prefiere presentarse como discípulo del blues de posguerra antes que como gestor de su propio anecdotario.
El tramo siguiente giró hacia el material más reciente y propio, con Down to Joy e If It Wasn’t for Ray, de Remembering Now (2025), aunque sin dejar del todo el disco de blues: entre ambas coló la canción que da título a Somebody Tried to Sell Me a Bridge, antes de volver a Remembering Now con Back to Writing Love Songs y la gran balada The Only Love I Ever Need Is Yours. Down to Joy —rescatada de la banda sonora de Belfast, la película de Kenneth Branagh— sonó como el eje emocional de ese tramo: la voz estirando la frase final de cada verso, la banda entrando en el momento exacto marcado por él. Fue en ese bloque, también, donde el concierto tuvo menos urgencia y más quietud, algo que a lo largo de la noche se topó una y otra vez con la conversación a voz en grito de parte del público, una costumbre cada vez más arraigada en los conciertos en España, tanto en sala como al aire libre, y que no respeta ni las primeras filas. Alucinante.
El resto del repertorio fue un repaso deliberadamente parco: Dweller on the Threshold, de Beautiful Vision (1982), dio paso a Ain’t Gonna Moan No More, de The Prophet Speaks (2018), y a Night Time Is the Right Time, de Roosevelt Sykes, cantada a dúo con una de sus vocalistas. Llegó entonces Moondance, en una versión completamente nueva previa advertencia al público —la única concesión clara al álbum que le dio nombre al subgénero que él mismo inventó—, seguida de Early in the Mornin’, de Louis Jordan. Goin’ Down Geneva, el tema que abre Back on Top (1999), se resolvió como manda la tradición fundida con Brand New Cadillac de Vince Taylor —el propio texto de la canción nombra al rockero suizo, así que el popurrí lleva incorporado desde su estreno en directo—, y el bloque se cerró con Real Real Gone, de Enlightenment (1990), disco que certificó el segundo gran periodo de fertilidad creativa de su carrera en solitario, el que arrancó con Poetic Champions Compose tres años antes; Morrison la enlazó, sin solución de continuidad, con You Send Me, el clásico de Sam Cooke.
El cierre, previsible y necesario, fue Gloria. La escribió con Them en 1964, dos años antes de aquella noche en el Whisky a Go Go que solo dejó una fotografía como prueba, y sesenta años después seguía siendo la única canción capaz de resumir en tres acordes toda una carrera: el mismo garaje del que salió todo, convertido ahora en el escenario de un jardín botánico de Madrid.
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