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[Reseña] White Fence – Orange

Tim Presley lleva la música en la sangre desde antes de White Fence. Sus años en The Fall -la influyente banda de post-punk de Mark E. Smith, con quienes grabó los álbumes Imperial Wax Solvent (2008) y Reformation Post TLC (2007)- dejaron un poso en su forma de entender la canción como artefacto nervioso y en perpetuo desequilibrio. Pero con White Fence siempre ha buscado otro territorio: el de la psicodelia doméstica, el lo-fi como filosofía y el pop como postal borrosa de otro tiempo.

Han pasado siete años desde el último álbum de larga duración de White Fence (I Have to Feed Larry’s Hawk, de 2019) y ocho desde su colaboración más reciente con Ty Segall (Joy, de 2018). Orange -grabado en el estudio Harmonizer II de Segall en el sur de California, donde Segall también toca la batería en casi todos los temas- marca la nueva incursión de Presley en el garage y el power pop, aportando claridad tanto a nivel sonoro como en sus letras. El resultado llega más directo que nunca, con guitarras que en algunos casos remiten directamente a los Byrds: ese jangle cristalino de que convierte cada estrofa en una pequeña epifanía californiana, sin perder ni un gramo del instinto tortuoso que siempre ha definido a Presley. Como en I Came Close, Orange for Luck, donde esa herencia suena inevitable y propia a la vez

Entre los mejores momentos del disco, además de la citada, destacan That’s Where the Money Goes, que captura a la perfección esa tensión entre melodía radiante y letra esquiva, y sobre todo I Wanted a Rolex, la pieza más redonda del álbum, donde destacan las guitarras deliberadamente distorsionadas. Orange es el disco de un músico que ha encontrado por fin el espacio y la nitidez que su talento merecía. Dicho esto, conviene ser honestos: Presley no inventa nada aquí. Su capacidad para destilar la esencia del pop y la psicodelia de los sesenta -los Byrds, el primer Barrett, el bubblegum más oscuro- es innegable, pero se mueve en un territorio que otros trazaron hace décadas. Que lo haga con esta solvencia y con tan buen gusto, aunque no sea exactamente una revolución, es mérito más que suficiente.

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