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The Walkmen – Bows + Arrows

Aprovechemos la llegada del nuevo año para revisar nuestros descubrimientos del anterior y ver cómo han aguantado el tiempo desde su publicación. No suena como un mal mantra para estos tiempos indecisos en que la nueva temporada musical aún no ha arrancado y la anterior se resiste a desaparecer. Por eso vamos a volver la vista hasta febrero del 2004.

Porque fue entonces cuando un grupo de Nueva York presentaba ante el mundo su segundo disco, llamado Bows + Arrows. Tras el éxito de crítica de su debut Everyone who pretended to like me is gone, se enfrentaban ante la terrible dificultad de probar su valía en una escena que cada día parecía más cansada de los Strokes y otros productos de la Gran Manzana que amenazaban con atenazar definitivamente la idea de modernidad.

Tal vez por eso sea aún más sorprendente el resultado del trabajo de The Walkmen. Lejos de caer en un disco fácil y en un continuismo de todo a cien, el grupo se preparó para lo peor y construyó algo compacto, coherente y que superó a su opera prima de sobra. Realizó once temas sin fisuras que podían recorrer todo el espectro del renacido post-punk (son de Nueva York, ¿no?) sin caer en la facilidad o el simplismo, y también sin creerse los más in del mundo conocido y por conocer. No son un hype, ni nada que se le parezca, ellos lo saben tan bien como nosotros al escuchar el álbum.

Guiados por la voz de Hamilton Leithauser (gran nombre para ser músico, sí señor) y su cualidad casi dejada, transitaremos por un mundo oscuro pero donde todo parece encajar. Así construyen sus canciones The Walkmen, de modo que sirven para banda sonora de nuestra vida, no simplemente como himnos para fiestas trasnochadas en bares donde lo más cool del momento debe sonar.

Lo dejan claro desde los primeros momentos de What’s in it for me?, un inicio que no deja de resultar poco rompedor teniendo en cuenta que sigue la misma estructura que emplean Interpol en sus dos discos de estudio. Un tema relajado, que va creciendo, pero sin explotar, una perfecta apertura que juega al despiste con lo que nos espera. Y lo hace de modo magistral, ocultando a The rat. Seamos sinceros, estamos ante uno de los mejores temas del año y, posiblemente, el que mejor haya capturado la rabia en mucho tiempo. Más de cuatro minutos (olvidemos esa teoría de que la fuerza se pierde en cuanto un corte pasa de los ciento ochenta segundos) de pura bilis destilada al servicio de unas guitarras diabólicas y un ritmo imparable. Todo ello mientras Leithauser grita todo lo que puede, sonando tan desgarrador como uno pueda desear.

Agotados emocionalmente tras este estallido, buscamos un ancla al que asirnos, y allí aparece No Christmas while I’m talking. Tomemos aire y preparémonos para lo que pueda venir en una vuelta a la esencia que impregnaba el primer corte. Porque después vuelven las curvas con Little house of savages, su tema más indicado para cualquier pista de baile que se precie. En la línea más festiva que encontraremos en todo el trabajo vuelve a triunfar el grupo. Directa, sin fisuras, otra joya.

Y tras ella My old man, más relajada y sencilla en su construcción, con sus voces casi ignorándola, nos guía hasta 138th Street. Ambas idóneamente enlazadas por su espíritu, perfectas para definir una noche tirada de bar en bar, sin nada que hacer ni que perder, una sensación común a toda la escucha. Hasta cuando vuelven a animarse relativamente en The North Pole no se desatan, no nos sacan del arroyo sino que nos mantienen allí. Podemos bailar, podemos cantar, pero seguiremos siendo unos fracasados, parecen decirnos por momentos en sus composiciones.

Por mucho que en Hang on Siobhan simulen disfrazarse de los intérpretes de un villancico lleno de sentimiento, no nos engañarán mucho tiempo. Su tristeza persiste y nos lleva hasta New Year’s Eve, celebrante de semejante fecha con un ritmo más juguetón y más directa. Después toca una vuelta a los ritmos acelerados en Thinking of a dream I had, con su guitarra alocada y su carácter puramente rock, un estallido final antes de llegar a otro de sus grandes logros. Bows and arrows es el redondo cierre a un disco impecable. Llleno de un carácter épico antes solo intuido, las guitarras crean ambientes mientras la voz trata de balbucear a menudo, casi susurrando la letra. Todo ello con el colofón de su parte central, donde casi parece que Leithauser nos hable, nos convierta en sus compañeros de juergas nocturnas para volver a llevarnos a lo más alto de la mano de las guitarras y sus gritos. Un final perfecto.

The Walkmen han demostrado muchas cosas con este segundo disco. Para empezar que están aquí para quedarse, que no son un grupo que tuvo sus quince minutos de fama, sino que saben lo que quieren hacer y se dirigen hacia allí. Además, que no todo está hecho en el post-punk, y que sin salirse de ciertas referencias comunes uno puede sonar única y exclusivamente a sí mismo. Para acabar, que cuando están en forma pocos grupos del panorama mundial les pueden aguantar el paso. Con éste su Bows + Arrows han entrado en el elenco de bandas a seguir muy de cerca, y prometen no separarse de ese grupo de cabeza en mucho tiempo.

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