Rubén Blades recuerda a Willie Colón

Tras la partida física de Willie Colón el 21 de febrero de 2026, en una dedicatoria en su web oficial Rubén Blades reflexiona sobre el impacto monumental de su colaboración, la cual transformó la salsa de un género de baile barrial en una plataforma de contenido social, político y panamericano. A pesar de las marcadas diferencias personales y legales que los distanciaron en años recientes, Blades destaca la valentía artística de Colón para experimentar con sonidos inéditos y su capacidad intelectual para dar vida a composiciones que hoy son pilares de la identidad latina, como el álbum Siembra. Blades utiliza un tono honesto y vulnerable para admitir que, aunque existieron pleitos legales y diferencias ideológicas profundas, el valor de lo que construyeron juntos es una fuerza superior a cualquier rencor. Es un testimonio de cómo dos visiones distintas —la astucia musical del «Malo del Bronx» y la narrativa intelectual del panameño— convergieron para salvar y elevar la salsa.
El autor enfatiza que, por encima de los conflictos, prevalece un respeto profundo por la solidaridad que Willie le brindó en momentos críticos y por el legado compartido que sigue inspirando a nuevas generaciones. Para Blades, Colón no ha muerto, sino que comienza una nueva etapa de inmortalidad a través de su música, la cual sembró una semilla de unidad en toda América Latina que aún hoy, décadas después, continúa dando frutos en la cultura popular.
La colaboración entre este binomio produjo una serie de álbumes que redefinieron la música latina, comenzando con Metiendo Mano! (1977), donde presentaron una salsa con mayor carga social a través de temas como Pablo Pueblo, y alcanzando su cúspide histórica con Siembra (1978), el disco más vendido del género que inmortalizó himnos como Pedro Navaja – en nuestro país éxito años después con la Orquesta Platería– y Plástico. Posteriormente, consolidaron su propuesta de crónica urbana en Canciones del Solar de los Aburridos (1981), que incluyó piezas punzantes como Tiburón y Ligia Elena, para luego cerrar su etapa dorada inicial con The Last Fight (1982), banda sonora de la película homónima; años más tarde, tras seguir caminos como solistas, se reencontrarían en el estudio para grabar Tras la tormenta (1995), una producción que, aunque marcó su última colaboración formal en álbum, reafirmó la capacidad de ambos para fusionar arreglos vanguardistas con narrativas intelectuales que aún resuenan en toda América Latina.
