discos

[Reseña] The Strokes – Reality Awaits

Seis años después de The New Abnormal —disco que en su momento se leyó como un auténtico retorno a la forma tras la travesía del desierto de Comedown Machine y Angles—, The Strokes regresan con Reality Awaits, su séptimo álbum. Aquel disco supuso un retorno triunfal donde la experimentación sonora coexistió de manera armónica con la identidad primigenia del grupo. Conviene asumir ya que esta banda dejó atrás el garage rock hace tiempo: hoy es una banda de art rock, y desde ahí hay que juzgar el disco. Dicho esto, experimentar no es sinónimo de acertar. La historia del rock está llena de desvíos que, con los años, ganan una segunda lectura: Neil Young grabó Trans dejándose llevar por Kraftwerk y el tiempo ha sido generoso con aquel capricho electrónico. Julian Casablancas también supo estirar el chicle cuando coqueteó con Daft Punk en Instant Crush, un acierto que, sin embargo, pertenecía a un contexto muy concreto y que nunca ha sabido repetir.

En Reality Awaits insiste en la misma fórmula y, salvo en Lonely in the Future, el autotune no aporta color: lastra cualquier virtud que el disco pudiera tener. No es una cuestión de principios —no hay nada malo en la herramienta en sí— sino de oportunidad: casi siempre aquí no funciona, y quitarle ese efecto vocal robótico a Julian en el resto de canciones tampoco habría salvado gran cosa. El disco divaga demasiado, tanto en la voz —que en ciertos pasajes busca sin fortuna el fraseo de David Byrne— como en la duración de las canciones, infladas más allá de lo que su contenido justifica. Se salvan Dine N’ Dash y Going to Babble On, fieles al Strokes de siempre, The Fruits of Conquest, quizá lo más sólido del lote, y esa Lonely in the Future donde un ligero autotune sí encuentra su sitio. El resto podría haber sido un correo electrónico.

Después de los dos sencillos de adelanto, uno se preparaba para lo peor. Tampoco ha sido tanto, y ahí puede que esté el mayor mérito del disco: que no se hunda del todo. Pero ese mérito hay que repartirlo con cautela. Rick Rubin es un productor grandioso, capaz de sacar lo mejor de artistas en horas bajas —ahí está The New Abnormal como prueba—, pero ni él puede obrar milagros cuando el material de partida no acompaña. La perspectiva del tiempo, tal vez, termine por despojar a esta producción del ruido mediático del momento y, como ocurrió con Trans, la reubique en un peldaño más alto del que hoy se le concede.

Botón volver arriba