[Reseña] Grace Mitchell – Daughter of the King
Grace Mitchell, nacida en Australia y criada en el valle de Willamette, en Oregón, lleva más de una década subida a escenarios -Coachella, Lollapalooza, Bonnaroo, giras como telonera de The Weeknd, MUNA o Tove Lo– desde que firmó con Casablanca Records en 2013. Todo ese recorrido, sin embargo, no había cristalizado hasta ahora en un álbum propio: Daughter of the King es su debut de larga duración, publicado ya instalada en Melbourne, donde se reencontró con la familia de su padre, bajo el sello independiente Cheersquad Records & Tapes. Las doce canciones vienen de un proceso de cinco años que arrancó todavía en Hollywood y se cerró en los Lily Street Studios, con Mitchell tocando ella misma guitarra, bajo y teclados sobre un disco que diseca el apego enfermizo: el desprecio del otro, la obsesión que no cede, el cigarrillo como muleta, todo lo que uno sabe que le hace daño y aun así no suelta. A diferencia de buena parte de sus contemporáneas, el sonido de Mitchell tira más del rock clásico que del pop de producción pulida, con una fraseo vocal y un manejo de la guitarra que remiten, sobre todo, a Chrissie Hynde.
Humiliation Nation abre el disco con una guitarra desganada y una voz que resta importancia a lo que en realidad pesa, el mismo truco que ya funcionaba en Destroy, single de alta rotación en Double J antes de que existiera el álbum, mientras que Head On empieza como una broma compartida entre ex y termina revelando, cuando las voces se superponen, una fijación bastante menos inocente. Pero es en la segunda mitad donde Daughter of the King se crece de verdad: Birthday es la mejor canción del disco y también la más desaprovechada: sobre la tentación de cruzar una línea que uno mismo se ha puesto —«I want you in the basement of heart, but there’s no room for tonight»—, la mejorable producción relega la voz de Mitchell a un segundo plano justo cuando la canción pide todo lo contrario; Buzzards, la más inmediata del tracklist —un intento de convencer a alguien de que la siga queriendo aunque ya se haya ido, «take the time to hear me, and you’ll see you’re all that I need»—, tira de estribillo para airear un disco que hasta entonces no se había permitido esa ligereza; y el cierre con Over —letanía sobre la rutina de salir con un mentiroso, que termina repitiendo «all that is over» hasta vaciar la frase de sentido— funciona como un punto final coherente, sin necesidad de un golpe de efecto, para un debut tardío, pero en ningún caso inoportuno.