[Reseña] Paul McCartney – The Boys of Dungeon Lane
Hay artistas que podrían jubilarse hace treinta años y nadie se lo reprocharía. Paul McCartney es el caso más extremo de todos. Con veintiún discos en solitario a sus espaldas y una trayectoria que arranca en los años sesenta con el grupo más influyente de la historia de la música popular, cualquier nuevo lanzamiento suyo viene acompañado de una pregunta que ningún otro artista en activo debe responder: ¿para qué? The Boys of Dungeon Lane -título tomado de una calle real del barrio de Speke donde McCartney creció, y que él mismo usó décadas atrás en una maqueta de las sesiones de Off the Ground– es un álbum sobre la memoria como territorio habitable, grabado a lo largo de cuatro años junto al productor Andrew Watt, el mismo que en los últimos tiempos ha trabajado con The Rolling Stones, Elton John o Pearl Jam. La voz acusa el tiempo —hay notas que antes alcanzaba sin pensar— pero el músico detrás de ella sigue siendo el mismo.
La nostalgia es el hilo conductor, y eso es al mismo tiempo el mayor activo y el mayor lastre del álbum. Hay historias demasiado pulidas en décadas de entrevistas que reaparecen aquí con una cierta textura de papel, como si el roce de tantas relecturas les hubiera quitado la piel. Con esta trayectoria, escribir un álbum sobre el pasado era siempre una apuesta arriesgada: no porque el pasado no importe, sino porque el suyo pertenece a la historia colectiva tanto como a él mismo. The Boys of Dungeon Lane no es la obra maestra tardía que algunos titulares quieren ver, y sería condescendiente tratarlo como tal solo por la edad de su autor. Aunque en Come Inside McCartney confiese con toda razón «all my life’s an open book», lo cierto es que los capítulos más emocionantes de ese libro llevan décadas escritos, y el lector ya los conoce de memoria.
Dicho esto, hay momentos en que el disco se eleva con claridad. Lost Horizon y We Two funcionan como homenajes involuntarios —o quizás muy conscientes— a la forma de componer del último George Harrison: esa melancolía serena, casi espiritual, donde la melodía no va a ningún sitio concreto porque el sitio concreto ya no importa. Salesman Saint sorprende con una originalidad que el resto del álbum no siempre mantiene: la big band de corte jazzístico que arma McCartney para rendir tributo a la generación de su padre tiene más personalidad que media docena de canciones del disco. Home to Us es el primer dúo en estudio de McCartney y Ringo Starr en toda su historia, con la participación añadida de Chrissie Hynde y Sharleen Spiteri; una ocasión histórica que el propio tema, lamentablemente, no termina de estar a la altura. Momma Gets By es la que lleva su ADN más reconocible impreso en cada compás, y Life Can Be Hard, con su tributo romántico a Nancy Shevell, tiene la sencillez directa que a Macca le sale sin esfuerzo cuando no se lo piensa demasiado. Pero el mejor momento del disco llega con Come Inside: propulsiva, con un swagger de estadio que recuerda a los mejores momentos de Flaming Pie (1997), es la canción más directa y certera del álbum, la prueba de que Sir Paul todavía sabe exactamente dónde clavar un riff.
Al final, lo que queda no es decepción, sino algo más difícil de articular. The Boys of Dungeon Lane es un álbum conmovedor precisamente porque no lo necesitaba. Un hombre de ochenta y tres años que ha escrito algunas de las canciones más escuchadas del siglo XX vuelve a sentarse con una guitarra a intentar dar lo mejor de sí, sin que nada —ni la economía, ni el reconocimiento, ni la lógica— se lo exija. A estas alturas, querer seguir dándolo todo cuando ya no te queda nada que demostrar es, quizás, lo más difícil y, por ello, lo que más merece nuestra admiración.







