[Reseña] Fontaines D.C. – Dopamine Chamber
Cuando reseñé Dogrel, señalaba que, si bien aquel debut no alcanzaba la altura de los primeros discos de The Smiths, The Stone Roses o Suede, se quedaba muy cerca, y, con la temeridad propia de quien escribe sobre un primer disco, aventuraba que Fontaines D.C. nos depararían aún muchas sorpresas. El pronóstico se ha cumplido, y de manera escalonada. A Hero’s Death templó el pulso heredado de The Fall para mirar hacia dentro, Skinty Fia transformó la identidad irlandesa y el desarraigo londinense en algo más atmosférico y sombrío, y Romance, ya con James Ford y XL Recordings, abrió la puerta al grunge, al nu-metal y a los estribillos de estadio. Dopamine Chamber, su quinto disco, de nuevo con Ford a los mandos, es el peldaño más audaz de esa escalera, el que descarta por completo el sonido post-punk más crudo de sus inicios: sintetizadores fríos, percusiones marciales, samples y disparadores, varias canciones sin una sola guitarra y las cuerdas del pop italiano de los sesenta trasladadas a un terreno sintético. La atmósfera es más oscura y se ve realzada por el registro vocal de Grian Chatten, que no deja de expandirse y recurre menos que nunca al recitado, mientras las baladas parecen extraídas de una banda sonora de James Bond, en clave de chamber pop sofisticado y con unas cuerdas cargadas de tensión. El propio Chatten concibe el disco como una habitación en la que el oyente entra para que la banda ensaye con él piezas capaces de alterar el ánimo.
No es casual que esta voluntad de no mirar atrás les haya granjeado detractores ilustres. El mismo día en que veía la luz Dopamine Chamber, un seguidor preguntó a Liam Gallagher por qué no contaban con Fontaines D.C. como teloneros de la gira de Oasis de 2027, y el mancuniano zanjó la cuestión con su habitual sintaxis: no son lo bastante buenos, no tienen canciones. La sentencia recuerda a esa otra que tantos de nuestra generación repiten con un desdén apenas disimulado hacia lo joven: ya no se hace nada tan bueno como lo nuestro. El episodio tiene además su gracia si se recuerda que, según el propio Liam, Fontaines D.C. son el grupo favorito de su hijo Gene, y más aún si se recuerda que él mismo estuvo en su día al otro lado del espejo. A mediados de los noventa, George Harrison despachó a Oasis como un grupo poco interesante que, de paso, estaría mejor sin su cantante, y Liam dedicó a uno de sus ídolos de juventud los mismos piropos que hoy reparte. Es el viejo ritual de cada generación con la siguiente, que se repite con una puntualidad casi notarial.
Ahora bien, la comparación más pertinente para Dopamine Chamber no hay que buscarla en Manchester, sino en su propia ciudad. Como U2 con Achtung Baby, cuando los dublineses concluyeron que la épica de The Joshua Tree se les había quedado pequeña y se marcharon a Berlín a desmontarse, Fontaines D.C. han optado por el riesgo justo cuando más sencillo les resultaba repetirse. Y, para un grupo que según Liam carece de canciones, el disco anda sobrado de ellas. Marianne, el primer adelanto, inspirado en parte por la serie Ripley, ya dejaba claro que el experimento iba en serio. Mimesis, con un pulso de sintetizadores y una línea de bajo que remiten a New Order (otro grupo de Manchester, para mayor ironía), y y Japan, probablemente la más inmediata del lote, figuran entre lo mejor del disco. Pero es You Miss Me la que mejor condensa la mutación de la banda y la distancia recorrida desde las guitarras de Dogrel hasta este territorio sintético. La presencia de Rosalía en Where Is Gone?, primera artista invitada en la historia del grupo, tiene algo de guiño: pocas compañeras de travesía más idóneas que alguien que ha hecho de deformar sus propias raíces una forma de avanzar. Y cuidado con desdeñar los cortes en apariencia menores: la experiencia dice que las canciones que la crítica deja en segundo plano acaban siendo, en directo, las más coreadas, como sucedió con In a Modern World, de Romance. Es probable que, con unos años de perspectiva, se acabe oyendo aquello de “me gustaban más los Fontaines de…”, con el título que cada cual prefiera, porque cada álbum funciona como un capítulo independiente, aunque muchos creen que en ese continuo cambio de piel pesan más sus referencias que la búsqueda de una identidad propia. Con todo, lo admirable de Dopamine Chamber es la valentía de una banda que, desde la cima, prefiere arriesgar a repetirse.







