[Crónica] The Cure (París, 30/08/2026)

¿Cuántos discos caben en dos horas? ¿Cuántas décadas se pueden despachar sin que el público note las costuras? The Cure llevan resolviendo esa ecuación desde hace años con una solución poco ortodoxa: no separan la vena tenebrosa de sus comienzos de la pop que los hizo masivos: las presentan juntas y dejan que sea el contraste quien hable. Lo curioso es que esa capacidad de trasladar al público a otra época no depende, como en tantas bandas veteranas, de que cada canción vaya cosida a un recuerdo concreto de quien la escucha: uno no necesita haber vivido lo que cuentan las letras de Smith para reconocerse en ellas, y ese desapego de la biografía propia es, probablemente, lo que impide que sus conciertos caigan en la nostalgia de escaparate. En la última fecha de su gira veraniega, en la Grande Scène del Domaine de Saint-Cloud en el Rock en Seine, colofón de los festivales de verano parisinos, esa dualidad de lo sombrío y lo eufórico volvió a demostrar que puede funcionar sin fisuras.
El concierto arrancó con Alone, el tema que abre su último álbum, Songs of a Lost World, una elección que sitúa de entrada el tono: no es una gira de nostalgia complaciente, aunque lo parezca por momentos. Tras Pictures of You y Lovesong, con el público ya entregado, la banda se permitió el lujo de intercalar rarezas como Three Imaginary Boys —el tema que da título a su primer disco, de 1979— o Play for Today, piezas que solo tienen sentido en un repertorio tan largo como este; de hecho, el catálogo de la banda es lo bastante profundo como para renunciar a cualquier single sin que el directo se resintiera lo más mínimo, algo que muy pocas bandas de su generación pueden decir, y esa noche lo demostraron dos canciones que jamás salieron como sencillo: From the Edge of the Deep Green Sea, de Wish (1992), con el duelo de guitarras entre Reeves Gabrels y Robert Smith o y Push, de The Head on the Door (1985), que se instaló sin necesitar presentación como otro de los picos de la noche. Sorprende, además, en un artista con el estatus de Smith, lo poco que necesita reclamar el centro del escenario: apenas se mueve, apenas habla, deja que sea la canción la que ocupe el espacio, y cuando el público responde con esa intensidad que solo dan cuarenta años de fidelidad, su reacción parece la de alguien que todavía no da el cariño por descontado. Aunque el repertorio está provisto de ganchos inmediatos —ahí están In Between Days o Just Like Heaven para demostrarlo—, la mayoría de las canciones de The Cure se construyen con la paciencia de un relato bien armado, con planteamiento, nudo y desenlace, y cada canción crece a su ritmo, sin recortar ningún compás, dejando que el público se sumerja del todo antes de pasar al siguiente. Así, Fascination Street y A Forest funcionaron, como siempre, de bisagra entre el registro gótico y el pop: el bajo de Simon Gallup empujando hacia lo oscuro, con la batería de Jason Cooper como columna vertebral de ambos registros. El cierre del cuerpo principal con Endsong, otra vez del último álbum, confirmó que Smith no está dispuesto a que su obra reciente quede como anexo de la antigua.
Si algo mide la honestidad de una banda veterana es cómo administra los bises, y aquí no se guardaron nada: The Walk, Mint Car, The Lovecats, Let’s Go to Bed, Friday I’m in Love, Close to Me y Why Can’t I Be You? se sucedieron casi sin respiro, un tramo que en manos de otro grupo habría sido un simple ejercicio de fan service y que aquí sonó a un catálogo de pop imposible de agotar. Los teclados de Roger O’Donnell aportaron textura sobre todo en los temas de vocación más electrónica como The Walk, mientras que en Why Can’t I Be You?, quedó claro que el grupo, si quiere, puede mudar el luto en verbena en cuestión de segundos. Ahí se notaba, más que en ningún otro momento de la noche, la mezcla de públicos que reúne una banda con este recorrido: junto a quien tarareaba cada verso y cada línea de guitarra como si las hubiera tocado él mismo, había quien escuchaba varias de esas canciones en directo por primera vez. El verdadero cierre, sin embargo, llegó con Boys Don’t Cry: volver al primer single de su carrera después de casi treinta canciones no es un gesto casual, es la manera que tiene la banda de recordar que aquel grupo de adolescentes de Crawley y el que acaba de facturar su disco más aclamado en años son, contra todo pronóstico, el mismo, y que ese hilo no se ha roto en ningún momento de estas casi cinco décadas.







