[Reseña] Madonna – Confessions II

Madonna nunca ha entendido el edadismo como límite biológico sino como convención a desmontar, y Confessions II (2026) ya es, con los datos definitivos en la mano, su primer número uno en el Reino Unido en catorce años, desde MDNA en 2012. Antes de entrar en el disco, conviene decir que ese dato no es anécdota: es la prueba de que el regreso a la plena forma que promete el título no se queda en la promesa.
Confessions on a Dance Floor (2005) fue considerada, en su momento, obra maestra, aunque dentro de su propia discografía esa etiqueta resulta ya discutible, y mucho menos sostenible aplicada a esta secuela. Buena parte de la prensa —no sabemos si por convicción propia o por indicación más o menos discreta de la discográfica— ha decidido de antemano que Confessions II merece la misma bendición, y no es el caso: hay mérito de sobra sin necesidad de forzar la palabra. One Step Away funciona como corazón conceptual del álbum, un deep house etéreo donde, sobre saxofones, Madonna reivindica la pista de baile no como superficie sino como espacio casi litúrgico de comunión colectiva. Danceteria opera como una segunda parte de Vogue, recuperando aquel recitado hablado para reconstruir su propia mitología pre-fama, mientras el disco entero se llena de referencias queer y construye identidad alrededor de los clásicos del house de Chicago y el techno de Detroit. Menos afortunada es la insistencia en duetos que no necesitaba: Feid aparece en un cruce generacional tan calculado como el que en su día protagonizaron Justin Timberlake o Maluma, un gesto de captar audiencia joven que no añade nada al disco y que, de hecho, contribuye a la escasez de canciones realmente memorables, con la excepción clara de Fragile, dedicada a su hermano.
Bizarre, con Martin Garrix, la devuelve al EDM, el género que ya fracasó en MDNA, aunque aquí resuelto con más gusto gracias a los sintetizadores ochenteros que lo visten. Hay también momentos de nostalgia explícita, con samples de comienzos de los noventa que funcionan como puente generacional más que como ejercicio de revival, y que confirman que Madonna, al contrario de lo que ocurría en referencias anteriores de su carrera, ya no teme utilizar la nostalgia como argumento. El resultado es un álbum menos cohesionado que el original, que mezcla el universo de Confessions con elementos de otros discos de su discografía, y que por eso mismo se siente como secuela real y no como simple reciclaje de fórmula. La voz, a estas alturas, sigue sosteniendo ganchos adictivos y versos con la personalidad de siempre: prueba, si hacía falta alguna, de que la edad nunca fue el problema que el negocio quiso hacer creer.
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