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[Crónica] Garbage (Madrid, 05/07/26)

La banda de Wisconsin celebra tres décadas desde su debut homónimo con la gira Happy Endings, que presenta su octavo álbum, Let All That We Imagine Be The Light (2025), un disco que —pese al título, pese a la voluntad declarada de Shirley Manson de buscar un mundo más esperanzador— no esconde la rabia de fondo: la de una mujer de sesenta años a la que la industria, y una parte del público, sigue pidiéndole explicaciones por seguir subida a un escenario.

El concierto en el Real Jardín Botánico Alfonso XIII arrancó con There’s No Future in Optimism, seguida de Hold y Empty —esta última rescatada de Strange Little Birds (2016)—, dejando claro desde el principio que el material nuevo no iba a funcionar como relleno entre éxito y éxito. La fiesta se encendió de verdad con I Think I’m Paranoid, uno de esos temas de Version 2.0 (1998) que ha envejecido sin una sola arruga, y que el público coreó como si acabara de salir; el subidón continuó sin pausa con Stupid Girl y Vow, ambas del disco de debut, Garbage (1995). Una Shirley Manson muy emocionada estuvo permanentemente comunicativa con el público, moviéndose de un lado a otro del escenario, y en un momento recordó, entre risas y cierto pudor, aquella fatídica vez que tuvo que suspender su actuación en el Mad Cool por el calor —anécdota que esta noche, con Madrid en plena ola de calor pero el Botánico como refugio entre árboles, sonó más a chiste compartido que a advertencia. Y ahí, detrás de la batería, estaba el motivo por el que cualquier concierto de Garbage es también una lección de historia del rock alternativo: Butch Vig, el hombre que produjo Nevermind, Siamese Dream y Dirty, seguía marcando el pulso desde el fondo del escenario con la misma discreción de siempre.

El tramo central —Right Between the Eyes, No Horses, It’s All Over but the Crying— mantuvo el pulso con la versión de Lovesong de The Cure como respiro y gesto de familia, antes de que Have We Met (The Void) y Control —esta de Not Your Kind of People (2012)— devolvieran la temperatura a la sala. Ahí llegó el tramo más explícitamente político de la noche: Chinese Fire Horse y Boys Wanna Fight funcionaron casi como manifiesto conjunto, con Manson cargando contra el juicio constante hacia las mujeres del negocio, el que decide qué edad tienen permitido tener, aplicado sin ir más lejos sobre Madonna y las voces que llevan años pidiendo su retirada, a quien la propia Manson reivindicó entre canción y canción como «la gran diva del pop de todos los tiempos».

Cherry Lips —de Beautiful Garbage (2002),precedida de un guiño escénico en el que la banda fingió no recordar de qué disco procedía la canción, revolviendo en broma entre su propia discografía— y When I Grow Up, esta última sí de Version 2.0 (1998),, bajaron la guardia hacia el pop más inmediato del grupo, y Push It llegó como agradecimiento explícito a los fans de siempre —los mismos a los que Manson firmó vinilos desde el propio escenario en primera fila, gesto que explica, más de tres décadas después, por qué la banda sigue conectando de tú a tú con sus seguidores más veteranos—. The Day That I Met God cerró el cuerpo principal en un silencio poco habitual para un concierto de esta banda, y el bis no dejó lugar a la nostalgia gratuita: cerca del final, Manson pidió un whisky sobre el escenario para brindar junto a su banda por ellos y por todos los presentes, antes de que Special y Only Happy When It Rains cerraran la velada.. Era el cierre perfecto: treinta años después, sigue siendo la canción más coreada de la banda, la prueba de que a Garbage siempre se le ha dado mejor convertir la desdicha en fiesta que fingir un optimismo que nunca les ha ido con su carácter, y anoche, con todo el Botánico cantándola a pleno pulmón, sonó tan viva como el primer día.

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