[Crónica] Elvis Costello (París, 03/07/26)

Tenía una cuenta pendiente con Elvis Costello. En septiembre de 2023, en el Teatro del Generalife de Granada, la lluvia obligó al artista y a Steve Nieve a refugiarse bajo una lona con paraguas en mano, y lo que prometía ser una noche especial —la primera de toda su gira europea con el repertorio completo, según había anunciado él mismo— se quedó en apenas dos canciones antes de la cancelación. Esta gira, además, no incluye fechas en España, al menos este verano, así que París era la ocasión más cercana para saldar cuentas. Y el Olympia ha sido el lugar donde por fin se ha saldado con creces. Costello vuelve a girar con The Imposters —con Charlie Sexton reforzando la guitarra— bajo un título que es casi una declaración de intenciones: Radio Soul!: The Early Songs of Elvis Costello, con repertorio que va desde My Aim Is True de 1977 hasta Blood and Chocolate de 1986. La banda que lo sostiene es, en esencia, la vieja Attractions sin Bruce Thomas al bajo, sustituido desde hace más de dos décadas por Davey Faragher, con Nieve y Pete Thomas en su sitio de siempre; para cualquier compositor, ha explicado Costello, tiene que ser un cumplido que la gente quiera escuchar canciones escritas hace hasta cincuenta años, subrayando que no son la banda de nadie tributo.
El Olympia, sin embargo, parece tener más de leyenda que de sonido nítido, al menos aquella noche: las parrafadas que Costello soltaba entre canción y canción apenas se entendían. El propio Costello confirmó el motivo de fondo: una bronquitis diagnosticada justo antes del concierto, con la que llevaba lidiando desde entonces. El arranque, con Radio Sweetheart y Sneaky Feelings, sonó por eso más a declaración de intenciones que a ejecución pulida, y Living in Paradise —con esos compases de Domino de Van Morrison colados de matute— confirmó que la noche iba a jugar más a la evocación que a la precisión. Mystery Dance dio paso a una versión extendida de Watching the Detectives, impregnada de un ritmo reggae/ska que se alargó bastante más de lo habitual antes de desembocar en Help Me, y a Crimes of Paris —título que en el propio Olympia sonaba casi a broma local—, dejando ya claro uno de los rasgos más llamativos de la noche: una costumbre que no es propia de él, la de transformar sus propias canciones hasta hacerlas casi irreconocibles si no conoces las letras de memoria, más cercana al Dylan que desfigura sus clásicos en directo que al Costello de otras giras.
Lovers Walk dio paso a Beyond Belief, y más adelante llegó el momento en que todo encajó: sentado al piano para desgranar, con fraseo de crooner, la inquietante Almost Blue, Costello encontró por fin el aplomo vocal que el resto de la noche le había costado sostener. Who Will the Next Fool Be, de Charlie Rich, y Everyday I Write the Book mantuvieron el pulso, mientras que un fragmento de Don’t, de Elvis Presley, quedó como cita entre paréntesis. Lovable, Brilliant Mistake y Alison trajeron el tramo más melódico, con Costello luciendo, cada vez que se lo permitía el foco, esos winklepickers dorados que no perdió ocasión de enseñar al público, antes de que Honey, Are You Straight or Are You Blind? y Clubland devolvieran la urgencia, y A Good Year for the Roses, de George Jones, con pinceladas de Suspicious Minds y Always on My Mind, cerrara el bloque más americana de la noche.
El tramo final —(I Don’t Want to Go to) Chelsea, Pump It Up, No Action, Radio Radio, el cover de Sam & Dave I Can’t Stand Up for Falling Down y High Fidelity—, ya con todo el público en pie, recuperó la energía de un final de fiesta ya asumido. Curiosamente nadie pidió a gritos She, el viejo tema de Charles Aznavour que Costello convirtió en éxito propio, aunque más de uno la esperara entre canción y canción. El cierre, con (What’s So Funny ‘Bout) Peace, Love and Understanding —escrita por Brinsley Schwarz pero adoptada hace décadas como propiedad casi exclusiva de Costello—, funcionó como resumen de la noche entera: una canción que no es suya pero que ya nadie concibe sin él, cerrando un concierto que, pese a sus imperfecciones, dejó la sensación de haber cobrado, por fin, lo que Granada dejó a deber.







