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[Crónica] Sílvia Pérez Cruz (Lisboa, 06/06/26)

Hay artistas que nunca llegan a Portugal: lo habitan. Sílvia Pérez Cruz llevaba dos décadas cruzando la frontera por razones que van más allá del calendario de giras —familia alentejana, amigos músicos, discos compuestos en casas del interior— y eso se notó en cómo el público de Lisboa la recibió: no como una visita, sino como un regreso. La segunda noche de la gira Oral_Abisal en el Tívoli BBVA tuvo algo de esa familiaridad mutua, con la sala llena y el silencio expectante antes de que empezara nada.

Hubo un preludio que nadie esperaba: Pérez Cruz sola, a capella, con Yerbabuena, una pieza del folclore argentino que sirvió para lacerar ese silencio y recordar, desde el primer segundo, de qué clase de voz se trataba. Lo que vino después fue una travesía sin rendición al repertorio anterior: Intro: la sed, En un rincón, Pastores —en la que invitó al público a corear el estribillo—, Moreno, y una Ben poca cosa tens con sombra implícita, pensada para ser cantada junto a Salvador Sobral y convertida esa noche en un dueto a medias. Antes de É triste viver sem seu amor, Pérez Cruz se tomó un momento para explicar el origen de la canción: la escribió desde un dolor concreto, ya caducado, pero con la convicción de que una canción así puede acompañar cualquier otra herida que se le parezca.

Pequeño vals vienés, sobre el poema de Lorca, fue la bisagra que partió el concierto en dos. Lo que vino después cambió por completo la naturaleza del espectáculo: la desnudez de la voz cedió paso, casi sin aviso, a trompas, dos violinistas adicionales y nueve vocalistas —parte de ellas integrantes de la formación portuguesa Sopa de Pedra— que transformaron lo que hasta ese momento había sido un concierto de cámara en algo más cercano a una experiencia colectiva y casi ceremonial. La referencia inevitable fue Björk: esa misma ambición de hacer del escenario un laboratorio donde la canción de autor y la experimentación orquestal y vocal se fusionan sin que ninguna de las dos pague el precio. El Outro: oral_abisal cerró formalmente el bloque conceptual antes de que Mar de Na Catalina abriera el tramo más arriesgado del disco en directo: larga y parsimoniosa, casi ambient. Chundwa (Chacarera) zarandeó el tempo, Mar muerto profundizó en ese territorio oscuro, y Líquido quedó despojado a su arquitectura mínima —solo los tres intérpretes de trompa—, antes de que Abissal lo cerrara con coherencia casi formal. Sopa de Pedra volvió al escenario para Senhora do Almortão, tradicional portuguesa que en el Tívoli excedió cualquier guiño al público local: fue una declaración de pertenencia. El golpe bajo recuperó su vena más afilada y social —la misma que en su día dio No hay tanto pan—, y Capitana fue el tour de force de la noche: el momento en que la voz, la formación al completo y la sala entera parecieron respirar al mismo ritmo.

Mechita —de Vestida de nit— recibió la ovación más larga de la noche, de esas que no se buscan sino que llegan solas, y L’amour reprend ses droits, del disco compartido con Sobral, regresó como otro dueto en ausencia: la canción sonó entera, pero uno de sus autores faltaba, y eso le añadió una melancolía que probablemente no estaba en el plan. El cierre con Gallo rojo, gallo negro —la canción de Chicho Sánchez Ferlosio que en su voz ha adquirido rango de himno— y Mañana redondeó la noche con la contundencia justa. La ovación final fue larga y compartida —portugués y castellano mezclados en la misma sala— y cuando las luces volvieron, quedó la sensación de que Sílvia Pérez Cruz no había venido a Lisboa a actuar, sino, una vez más, a quedarse.

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