Lori Meyers – Hostal Pimodán
Colaboradores | 25 Febrero 2006
Con un debut como Viaje de estudios (Houston Party, 2004) -del que tantas cosas buenas se dijeron en su momento-, había mucha expectación creada alrededor de lo que pudieran hacer estos chicos. Hostal Pimodán (Houston Party, 2005) apareció a finales de octubre del pasado año, y apenas un par de meses bastaron para volver a impresionar a todo el mundo y alcanzar los puestos de honor en buena parte de las listas anuales de los medios especializados. Y además dejando claro que todos aquellos que a las primeras de cambio se limitaban a compararlos con Los Planetas estaban equivocados. O, diríamos mejor, sencillamente se quedaban cortos acotándolos musicalmente.
Si se les escuchaba con mayor profundidad no resultaba sorprendente que editaran un EP bajo el nombre de La caza (Houston Party, 2005), por su versión del tema de Juan y Junior. Tampoco su participación con una interpretación de No estoy contento en el disco homenaje a Los Ángeles, promovido por Antonio Arias de Lagartija Nick. Con éstas y otras muchas cosas en la cabeza, se han rodeado sabiamente de Thom Monahan, productor de gente como Devendra Banhart y Pernice Brothers, que además ha colaborado en las percusiones y coros de varios temas. Si en Viaje de estudios Mac McCaughan de Portastatic aprovechó los apenas tres días de grabación para dotar al grupo de un sonido descarado y “maquetero”, Monahan se ha tomado su tiempo para que Lori Meyers tengan mayor calado musical, aunque sacrificando para ello parte de su frescura.
El álbum comienza con el corte que le da título, en una atmósfera de teclados cálidos y potentes golpes de batería. Hostal Pimodán pasa por ser la versión hispanizada de aquel hotel del París de Baudelaire en el que artistas y bohemios podían dedicarse libremente a fumar opio y crear. Toda una inspiración a la hora de enfrentarse a un conjunto tan heterogéneo de canciones como el que nos ocupa. Y es que mucha es la distancia que separa la introducción subterránea y los cambios de dirección de Dilema, las melodías de El aprendiz (recuperada del ya mencionado La caza), o el rock americano de L.A. y Caravana, pudiendo ésta última ser la historia de sus vivencias a la hora de irse de gira. Por no mencionar Desayuno con diamantes (como la mítica película protagonizada por Audrey Hepburn) y su medio tiempo con aires de pop barroco gracias al sonido del teclado transformado en clavecín, o El viajero del tiempo, en la que Mike Daly de Whiskeytown toca el pedal steel para dar un aire sureño a una melodía perfecta con una letra en tercera persona.
Éste último puede parecer un detalle nímio, pero Noni, la voz de Lori Meyers, ha dado un paso más a la hora de componer. Al igual que en Viaje de estudios siguen predominando las letras cercanas y en primera persona que jamás llegan a sonar ñoñas, pero en Hostal Pimodán también podemos escuchar pequeños relatos. Así ocurre en la desgarradora El mejor de sus trabajos, una joya para la que han contado con el cantautor Blake Hazard a los coros. Los juegos de voces, batería y metalófono nos hablan de un escritor abandonado por la suerte y acompañado por la soledad. Musicalmente un breve interludio de melodía de bajo y guitarra ceden el paso a un final arrollador, con una fantástica mezcla de sonidos delicados, y guitarras y baterías desbocadas.
No hay que olvidar Sus nuevos zapatos, una deliciosa melodía con una divertida historia de chicas y tiendas disfrazada de cierta melancolía, y en la que, al igual que en El aprendiz, Ric Menck de Velvet Crush colabora en las percusiones. Tampoco La pequeña muerte que, tras el breve receso instrumental de Hostal Pimodán II, cierra el disco con toda una declaración de intenciones sobre cómo vivir la vida. Pero si hay un corte que probablemente marque lo que realmente pueden dar de sí Lori Meyers, éste debe ser El gallo ventrílocuo. Rock infeccioso con estribillos pop, coros homenaje a los Beach Boys, juegos del bajista con su voz y, para finalizar, un ritmo vertiginoso, rock psicodélico y punteos enloquecidos de guitarra.
Si Lori Meyers ya dejaron claro en su debut su capacidad para hacer grandes canciones tarareables hasta la saciedad, Hostal Pimodán muestra la enorme madurez adquirida tras un año en la carretera y les confirma en la liga de los más grandes. Toda una evolución que, en realidad, pasa por ser una involución con los ojos siempre mirando hacia el frente. Con su último trabajo todavía sonando en todos los reproductores, con un 2006 en el que se les podrá volver a ver en multitud de conciertos, se hace difícil no pensar con ilusión en qué será lo próximo con lo que nos sorprenderán.
Ani DiFranco
Colaboradores | 25 Febrero 2006
Cuando empezó su carrera: Ha dedicado su vida por completo a la música ya con 19 años había compuesto unas 100 canciones, pero se convirtió una profesional en 1990 cuando para estrenar su recién fundada compañía discográfica (Righteouse Babe) distribuye su primer lp “Ani Di Franco”.
Un par de albums (los más populares): “Dilate”, “Little Plastic Castle”. Leer más
Arctic Monkeys – Whatever people says I am, that’s what I’m not
J. Ismael Rodríguez | 23 Febrero 2006
Los Arctic Monkeys ya forman parte de la historia de la música popular, le pese a quien le pese. La razón es evidente: nunca un hype de factura británica había tenido semejante trascendencia ni un desarrollo tan claro. Auspiciados por la NME, durante meses sus demos se han convertido en habituales en ordenadores de medio mundo, sus conciertos se contaban por llenos y sus singles se aupaban a los primeros puestos… y aún no tenían ni siquiera un debut en el mercado.
Éste llega al fin en los inicios del 2006, y lo hace cargado de expectativas y críticas laudatorias que merecen más de una lectura. Porque Whatever people says I am, that’s what I’m not (Domino, 2006) ha sido elevado a los altares desde su concepción, y no solamente por los creadores del movimiento. En la propia España hemos tenido que ver cómo ese suplemento supuestamente de tendencias conocido ahora como EP3 le daba la friolera de un 10 sobre 10 al disco, la misma nota que la NME. ¿Qué hay tras tanto halago?
Pues hay un buen trabajo, la verdad. Estamos ante el siguiente paso en los nuevos grupos británicos a la hora de ir haciendo revivals de todo lo recuperable desde finales de los 70, llamémosle en este caso concreto Manchester. Ya Kasabian a ratos querían jugar a ser los Happy Mondays, así que curiosamente ahora nos toca tener aquí al remedo actual de los Stone Roses. Esto puede sonar muy fuerte, pero no nos engañemos, la esencia de los mancunianos no es tan difícil de aprehender. Otra cosa es ejecutarla como es debido.
Y así los Arctic Monkeys sirven un poco de cajón de sastre (“melting pot” para quienes prefieran el inglés) de los revivals. Una voz más discursiva y recitativa que la media, ritmos que tienden a acercarse al estilo entrecortado del reggae modelo The Clash, muchos singles potenciales y letras callejeras en todos los sentidos, ésas son las bazas que juegan estos ingleses. Y saben hacerlo, pero no acaban de darse cuenta de que lo poco agrada y lo mucho gusta.
¿Eran necesarios 13 temas para este debut? La respuesta es negativa. Es imposible no decepcionarse cuando uno ve que el ritmo inicial no se mantiene en ningún caso. The view from the afternoon es un bombazo de entrada; I bet you look good in the dancefloor un single impecable y sin mácula; Fake tales of San Francisco y Dancing shoes un par de golpes al hígado para hacernos bailar. Y luego toca empezar a repetirse hasta la saciedad cayendo en esa moderna enfermedad que parece ser el no conseguir que las canciones tengan coherencia en un trabajo mayor, llamémosle disco.
Porque tras You probably couldn’t see for the lights, but you were looking straight at me todo empieza a cansar un poco y a sonar más sobado. Vale que tratan de ir incorporando nuevos elementos y la frescura no les abandona, pero todo el trabajo flojea. Solo el adrenalítico inicio de Still take you home o esa pequeña joya que es Perhaps vampires is a bit strong but… mantienen alto el pabellón mientras Riot van o Mardy bum se quedan a medio camino y el cierre con A certain romance no convence en ningún momento.
Visto lo visto, ¿eran para tanto los Arctic Monkeys? Pues va a ser que no, que estamos ante solamente otro paso más en el eterno revival que nos vende parte de la supuesta prensa especializada inglesa y en el que caen a menudo medios extranjeros. Y es triste, porque los Arctic Monkeys no se lo merecen, ellos deberían ser un grupo que pasase desapercibido y fuese sólo recordado por sus singles, en lugar de sufrir una campaña mediática que los coloque bajo la lupa y muestre sus defectos sin cesar.
Linda Draper – One, two, three, four
Ana F. | 20 Febrero 2006
Es una pena que algunos artistas tarden tanto en ser conocidos en nuestro país. Por fin, Linda Draper publica su último trabajo, One, two, three, four (Planting Seeds Records, 2005), con el sello español Mushroom Pillow. Y es que esta cantante de voz dulce y sonidos suaves como la seda ya cuenta con varios discos en una carrera que se remonta al año 2001. Linda Draper habla de amor, con algunas historias tristes, otras alegres, y siempre con un pop repleto de coros y guitarras sencillas y algún que otro notable detalle instrumental, como la flauta travesera que suena en The broken muzzle, o las campanas y cajas del bello tema Candle opera. Y es que, para este disco, la cantante ha contado con la supervisión y arreglos de Kramer, productor de grupos como Low o Galaxie 500.
Esta compositora encaja en el estilo musical en el que nadan personas como Josh Ritter o Will Johnson y, aunque su música pueda ser calificada de simple folk, la esencia de sus canciones va más allá, sobre todo por la melancolía que dejan entrever sus melodías vocales, siempre lineales, y con alguna que otra sorpresa sonora, como ocurre en temas como Jezebel o Seven black crows.
Resumiendo: sencillez instrumental, dulzura vocal y poca innovación, lo que no quita que, al escuchar este disco, nos encontremos ante un trabajo sobresaliente a nivel expresivo. Personalmente, One, two, three, four es perfecto para escuchar tranquilamente mientras te relajas y tomas un té. Aunque, probablemente, no muy recomendable para rupturas emocionales o recuerdos nostálgicos; las lágrimas están garantizadas.
Animal Collective – Feels
Colaboradores | 20 Febrero 2006
Independientemente de la capacidad creativa de cada artista, para todos ellos la mezcla entre lo que sale de dentro y la reacción que despierta en los demás es el camino -y la tortura- propio de cualquier proceso compositivo. Y es que, esta caja de Pandora impredecible, es uno de los temas más relevantes en lo que a la música se refiere. Noah Lennox (Panda Bear) y David Porter (Avey Tare), empezaron su andadura sumergiéndose en una indagación que, aun acercándose al folk, estaba lejos de ser accesible o fácilmente identificable. Una buena muestra de ello es Here comes the Indian (Paw Tracks, 2003), siete canciones que no aclaraban cuál iba a ser el rumbo escogido para orientar su sonido.
Sung tongs (Fat Cat, 2004) fue cocinado con los ingredientes justos para ser, no sólo más próximo, sino menos experimental. Aun así siguen apareciendo giros espontáneos y sorprendentes melodías. Debió ser el trabajo duro y la concentración lo que acabó por rubricar un disco como éste. Y si no, escuchad cosas como Leaf house, Kids on holiday o Visiting friends (más de doce minutos de imparable creatividad).
Feels (Fat Cat, 2005), un admirable triple salto mortal hacia adelante, es el idilio hecho arte. Folk de otro mundo. Un increíble viaje después del cual ya nada vuelve a ser lo mismo. ¿Será la influencia de Lisboa en Noah Lennox? ¿Será el mejor fruto posible de la presión mediática? En cualquier caso, nueve canciones formidables de las que brota un torrente melódico difícilmente superable. Did you see the words es el mejor comienzo posible para un trayecto inolvidable. Y todas las paradas que hacemos en él son tan reconfortantes como deslumbrantes. Cuando se animan en Grass, The purple bottle o en la despedida de Turn into something, son capaces de alegrarte hasta el día más gris; y cuando se relajan y meditan, salen maravillas como Bees, Loch raven o los nada aburridos siete minutos de la enorme Daffy Duck.
Este álbum contiene, pues, los nueve eslabones casi perfectos de una cadena que, ahora más que nunca, se muestra fuerte y a prueba de la indiferencia. Además de ser, casi por definición, un punto de inflexión en el sonido del grupo. Ya sólo por esto, merecen respeto y consideración en un panorama musical cada vez más propenso a superarse a sí mismo.
Clap Your Hands Say Yeah – Clap Your Hands Say Yeah
Colaboradores | 19 Febrero 2006
Por fin se edita en España, de la mano de Sinnamon, el mejor disco autoproducido al otro lado del Atlántico en 2005. Podemos quedarnos con el bonito cuento de cinco jóvenes afincados en Brooklyn que deciden formar una banda y desprenderla de todo el artificio y tiranía de las discográficas. Ellos se lo guisan y se lo comen. Después de componer un puñado de temas empiezan a venderlos a través de su propia web. Un blog indie se hace eco de ellos y apenas unos meses después, cuando se recapitula lo mejor del año en publicaciones como Rolling Stone o Pitchfork Media, aparecen entre la crème de la crème ¡y habiendo vendido 40.000 copias sin haber fichado por ninguna discográfica!
Aparcamos la esperanzadora historia del make yourself para profundizar en los doce cortes que componen el fruto de la misma. Amparados en las bases del nuevo indie rock festivo que han cimentado en los últimos dos años colectivos canadienses como Arcade Fire, Broken Social Scene o Wolf Parade, nos regalan un disco alegre e irónico en el que invitan a unirse a su algarabía con la misma efectividad que la Polyphonic Spree pero sin sospechas sectarias de por medio. El cerebro de este cachorro es Alec Ounsworth, compositor en solitario de hasta una decena de temas y cantante de voz entre ajada y desenfadada que nos obliga a recordar a David Byrne en los Talking Heads del mítico 77.
La portada del álbum, que se podría interpretar como una circense pirámide humana, ya nos advierte lo que vamos a encontrar en sus casi cuarenta minutos de duración. Se descorcha la botella con un Clap your hands! que evoca ese circo de megáfono, organillo o sintetizadores y panderetas, de interacción con las palmas del público y de voces embebidas que despachan una letra a veces incomprensible. Hasta el primer descanso en el cuarto tema, el corte instrumental Sunshine and clouds (and everything proud), nos dejan anonadados con el minuto final guitarrero de Let the cool goddess rust Hawai y con la pegadiza Over and over again (lost and found), donde una críptica letra es moldeada en suaves pérdidas y encuentros del tono de voz que se repiten.
Tras el breve interludio el disco empieza de cero, y así nos despiertan en Details of the war con un juego de harmónicas. Luego nos invitan a saltar otra vez con la pieza más coral de todo el disco, The skin of my yellow country teeth. Firmada por los cinco miembros de la banda, está compuesta por un duelo entre guitarras, puntuales punteos de bajo que emergen sobre la melodía y la fuerte presencia de la batería y los sintetizadores que ya venían intuyéndose desde el anterior tema. Y con los mismos ingredientes gestan Is this love? donde lo que nos impide evadirnos son los coros cruzados en un “Alec contra el resto de la banda”, que también utilizarán en Heavy metal donde lo aderezarán, para no pecar de recurrentes, con la harmónica.
De esta guisa llegamos a un nuevo receso para coger aire, Blue turning gray, y enfilar el final de un disco certero hasta en la elección de cuándo rebajar el ritmo de la maquinaria. In this home on ice y Gimme some salt van tensando el ritmo antes de bajar el telón con la desquiciada Upon this tidal wave of young blood, que tras unos teclados muy a lo New Order nos deja una ácida crítica hacia la política militar americana que se mancha las manos de young blood, young blood, young blood… Imprescindibles.
The Strokes – First impressions of Earth
Vicente Bueso | 19 Febrero 2006
De forma absolutamente distinta, con más profundidad, una producción más limpia y más minutos de música que en sus dos anteriores álbumes, se presentan en este 2006 los neoyorquinos The Strokes. Con una impecable producción de David Kahne, la calidad musical está más presente que antes, con sorprendentes riffs de guitarra, sólidas y a veces bailables líneas de bajo y mucha energía tras la batería. La letra se hace más profunda y abstracta y nuestra primera impresión al escuchar el disco entero se hace más dura que en sus realizaciones anteriores. Buena señal.
The Strokes han variado musicalmente su estilo, algo que se agradece ya que a estas alturas se repetían demasiado. Siempre es de aplaudir el buscar nuevas vías y nuevos caminos pero sin parecer pretencioso, y en First impressions of Earth (Sony BMG) lo consiguen de forma radical y magistral. No obstante, incluir casi una docena de joyas en una obra tan larga no está a la altura de muchas bandas a día de hoy, sean éstas más o menos originales o comerciales. Y mucho menos el dejar a un lado la complacencia y rasgarse las vestiduras.
El álbum arranca con You only live once, un potente, magnífico y a la vez extraño tema, que fue cara B de su primer disco. Sorprende escuchar la voz de Casablancas interpretando tan bellamente esta pieza de rock como nunca lo había hecho antes. Arranque colosal que precede al que ha sido su primer single, Junglebox, que mantiene una línea desgarradora de principio a fin y que se caracteriza, como la mayoría de temas, por una cantidad enorme de cambios melódicos y de ritmo, en la misma línea que Heart in a cage, el tercer corte.
Y es a partir de aquí donde arranca la vena “popera” y el álbum empieza a mostrarnos su verdadero rostro con temas tan geniales como On the other side o la preciosa Razorblade, mal interpretada por muchos como reggae barato, seguramente porque no se han lavado los oídos. Es de notar que a medida que el disco se escucha no pierde en ningún momento ni la fuerza del arranque, ni se hace monótono en ninguna ocasión, salvo quizá Ask me anything, tema que seguramente no habría entrado en un álbum más corto y de menor duración.
Hay que quitarse el sombrero ante la cantidad de temas de calidad que ha producido la banda para la ocasión. Aparte de los ya mencionados, maravillas como Vision of division, con un fenomenal solo de guitarra, Killing lies, Fear of sleep, Evening sun o la que podría resumir el álbum al completo por su construcción, uso melódico y abstracta letra: Ize of the world, probablemente lo mejor del disco. El cierre corre a cargo de dos temitas cortos y blandos, 15 minutes y Red light. Bajo mi punto de vista el álbum tendría que haberse quedado en 12 canciones, ya que 14 se antojan demasiadas para lo que pretende, aunque la finalidad se consigue de todas formas.
Estamos ante lo mejor del inicio de 2006, una obra que no entra a la primera, pero que se deja degustar en posteriores escuchas. Y aunque The Strokes hace tiempo que entró a formar parte de la paranoia comercial, las patéticas radio-fórmulas y los fans imberbes, se debería ser justo con el producto y dejar a un lado los siempre cegadores prejuicios. Efectivamente, esta banda está más valorada de lo que realmente debería, pero la culpa la tienen quienes endiosaron sus dos primeros álbumes.
Sixty Nine Millon Inches + The Shakers (Madrid, 10-02-2006)
Colaboradores | 18 Febrero 2006
¿Concierto en la sala El Sol por 6€? Sin duda que el cuarto aniversario de la web SupernovaPop era una excusa perfecta para conocer un par de grupos nuevos, semifinalistas en el pasado Proyecto Demo organizado por el Festival de Benicàssim. Nada como el placer de ir a ciegas a descubrir bandas que tal vez dentro de poco nos vuelvan locos con sus canciones. Para la ocasión teníamos a los madrileños Sixty Nine Million Inches y a los leoneses de nacimiento, pero madrileños de adopción, The Shakers. Los primeros editaron el pasado noviembre Wet your whistle con Junk Records, los segundos están ya fichados y a la espera de sacar álbum con la misma discográfica. Discográfica de la que habrá que estar pendientes, ya que en los últimos meses ha empezado a moverse seriamente para fichar a grupos emergentes de la capital.

Para empezar, Sixty Nine Million Inches. Batería y dos guitarristas comienzan un tema acústico e instrumental de raíces sureñas. Poco a poco aumentan la intensidad, y logran dibujar una escena realmente espectacular, con trazos de western épico. Cuando se acercan al final aparece en escena el cantante, calzado con un sombrero de cowboy. La impresión no es muy buena: se queda parado esperando a que acaben, y acapara toda la atención que hasta entonces se centraba en las evoluciones musicales del grupo. Ya nos podemos imaginar por dónde van a seguir los tiros, y nunca mejor dicho. Temas con reminiscencias country, que podrían ser banda sonora de cualquier película del oeste. Pero al cantante no se le nota cómodo: demasiado hierático sobre el escenario, tenso, su voz no logra encajar correctamente ante la mayor soltura de sus compañeros. Aun así la propuesta resulta más que interesante. Gracias a los amplificadores Vox, y sólo con los instrumentos eléctricos justos, acompañados de palmas y silbidos, logran un aspecto muy orgánico, cercano a lo que podría oírse de manera atemporal en cualquier frontera entre Méjico y Estados Unidos.

Entonces el guitarrista se disculpa por las ausencias y por el concierto pseudoacústico. Se descubre que en realidad no han podido acudir todos los miembros de la banda. Falta un trompetista que les acompaña en algunos temas, además del bajista, con lo que toda mi teoría sobre la premeditación de su sonido se va al garete. Esto quizá también explique por qué no acaban de mostrarse todo lo sueltos que deberían. Así que, como parece que no estamos asistiendo a todo lo que puede dar de sí Sixty Nine Million Inches, sólo me queda apuntarme mentalmente que debo verlos en otra ocasión, esta vez con la formación ya completa. Y tal vez así podría escribir con un poco más de sustento, en lugar de realizar hipótesis baratas de crítico enteradillo de tres al cuarto. Y, si pudiera ser, que en esta futura actuación los asistentes al menos en un tema se limiten a escuchar la música en lugar de hablar por encima de ella. Aunque ya está más que comprobado que esto es un mal endémico de casi todo el público musical, no importa el tipo de concierto.

Tras un breve descanso, aparecen The Shakers y de un solo redoble sacuden todas las telarañas del respetable allí concentrado. Es un hecho que la irrupción comercial de The Strokes dio paso internacionalmente a una manera de entender el rock que ha calado hondo por todas partes. Eso es algo que a mucha gente no le gustará nada, pero cuando se cogen las similitudes y se hace algo interesante con ellas, solo queda disfrutar sin complejos. Con una entrada en tromba, pegadizos riffs de guitarra, bajo punzante y batería imparable, hay que tener muy poca sangre en las venas para no bailar, o al menos menear la cabeza. Con enorme presencia (y demasiada ropa; menos mal que se quitó el abrigo que llevaba sobre la sudadera, bajo riesgo de morir de una lipotimia), el cantante se encarga de llevar el mando. Con una voz en inglés un tanto incomprensible y difícil de imaginar cantando en español, pero con buenos registros vocales, nos ofrece canciones directas como puñetazos, cambios de ritmo y continuas entradas y salidas.

Sí, de acuerdo, a veces incluso en la pose la banda se parece demasiado a los ya mencionados americanos. Y sí, no pueden mantener un comienzo con una fuerza tan arrolladora, y a partir del tercer tema pierden algo de energía. Pero hay que ser muy simplista para no ver más allá en sus temas. Surf y garage rock de calidad y muchas ganas, hacen que al final realmente merezca la pena la noche. Tal vez podríamos estar horas discutiendo sobre por qué siempre parece que hay más público haciendo acto de presencia que disfrutando de la música, pero eso es lo de menos. Lo importante es que ya tenemos otras dos bandas a las que seguir la pista y, no nos olvidemos, una web dedicada a la música alternativa que ya va directa a cumplir su primer lustro de existencia. No queda más que desearle a Supernovapop que cumpla muchos más. Y, por supuesto, que nosotros lo veamos.

Autor: Miguel González
Fotos: Andrés Cabanes
Neil Young – Prairie Wind
Sergi Serrano | 15 Febrero 2006
Neil Young tuvo que superar un aneurisma cerebral, detectado tras sufrir problemas persistentes de visión, para poder grabar este nuevo trabajo. Prairie wind nace como vuelta a la vida, y con el pesar por la pérdida de su progenitor.
Podríamos definir que Prairie Wind (Reprise, 2005) es un retorno básicamente a los sonidos iniciados por Harvest (Reprise, 1972) y seguidos por Harvest Moon (Reprise, 1992); muchos ya hablan de “trilogía”. Para la grabación Young se ha rodeado por algunos de los músicos que estuvieron en esas primeras sesiones, como el guitarrista Ben Keith. También cuenta con la presencia de la voz de Emmylou Harris, los teclados de Spooner Oldham, el batería Chad Cromwell, el percusionista Karl Himmel, el bajista Rick Rosas, los Fisk University Jubilee Singers y otros artistas invitados. Un disco lleno de grandes canciones, country-folk acústico con pinceladas de blues y soul, su faceta más tranquila y pausada cuando no tiene cerca a sus compañeros de Crazy Horse.
The painter es probablemente uno de los mejores cortes del álbum; la voz de Emmylou Harris mezclada con la sencillez del pedal steel de Ben Keith resultan evocadoras. Por su parte, si las letras de Falling off the face of the Earth, far from home y Prairie wind hacen honor a la memoria de su padre, en He was the king encontramos un cierto homenaje a Elvis Presley. El ritmo que desprende Far from home (con un slide de lo mas elegante) incita al movimiento, mientras que Here for you es una balada tierna con la siempre admirable harmónica de Young. Para terminar, When God made me es el final del disco, aires de soul y gospel pausado, acompañado por los coros de la Fisk University Jubilee Singers que aportan con sus voces aun si cabe más religiosidad al tema.
A sus 60 años el músico canadiense sigue componiendo hermosas canciones. Este “Viento de la pradera” suena suave, seguro y con clase. El próximo proyecto será, como ya nos tiene acostumbrados, presumiblemente otro cambio de registro. ¿Quizás volverá con los inseparables Crazy Horse? El tiempo lo dirá, pero lo que sí nos está diciendo ya es que Neil Young lleva a sus espaldas una carrera envidiable, con multitud de grandes discos y con seguidores que veneran todo lo que hace.
Editors (Madrid, 08-02-2006)
Colaboradores | 14 Febrero 2006
Editors tenían una cuenta pendiente con Madrid. Hace ya unos meses debían pasar por la capital, pero una oferta para telonear a Franz Ferdinand en su gira europea nos valió la cancelación de su visita. Con la promesa de volver en cuanto terminara su aventura llegamos a este mes de febrero. Entre la cancelación y la nueva cita el “de boca en boca” funcionó de modo que el recinto previsto, Moby Dick, se quedó pequeño. Así que hubo que trasladar el concierto a la recuperada Sala Caracol, perdiendo por el camino, eso sí, a uno de sus teloneros.
Para abrir el show se eligió a Gliss, terceto que todavía no ha editado un álbum (aunque cuenta con un EP del que se puede escuchar algunos temas en su web), pero que ya ha tenido el honor de compartir escenario con Calexico, Devics o Giant Sand en algunos festivales europeos y, el menos afortunado -todo sea dicho-, Billy Corgan en su gira en solitario. Su set se hizo corto entre sus efectistas (más que efectivos, pues todos tocaban por el estilo), cambios de instrumento y unos cortes que igual nos recordaban a los primeros BRMC de sonido sucio pero melodioso, o que se enmarañaban en accesos más post-rock al estilo de los recientes Secret Machines. Quizá su principal pega es que toquen demasiados palos en tan pocos temas: veremos que dan de sí en un futuro primer largo.
Llegó el momento estelar, y Editors subieron al escenario. Los cuatro chicos de Birmingham venían a defender con uñas y dientes su primer disco The Back Room (Kitchenware, 2005), enésima propuesta revisionista del fenómeno post-punk que agita el Reino Unido. Y a buen seguro que sólo por haber vendido todo el papel ya salían con mucho ganado de antemano.
Para quienes los llaman los “Interpol europeos”, siempre desde un punto de vista peyorativo, en directo estos chavales no se enfundan en trajes y corbatas. Tampoco se refugian en la oscuridad del escenario optando por juegos de luces vistosos, y mucho menos se quedan prácticamente estáticos sobre las tablas. Y todo eso lo dejaron claro con el primer tema de los trece con los que nos obsequiaron, un Lights demoledor, tanto por el sonido, limpio y contundente, como por actitud escénica, donde Tom Smith (vocalista y guitarrista) y Chris Urbanowicz (guitarrista) se llevaron la palma.
Gran culpa del excelente concierto que se pudo vivir fue por la habilidad de su frontman para convertir en trallazos no sólo los singles, que ya sabíamos que lo eran, sino también las menos cuidadas baladas del álbum. Dotadas de mayor contundencia, en Fall, Camera y Open your armsla interpretación de Smith dejó en pañales los efectos especiales que necesitan otras bandas para sonar igual de desconsoladas. El chico estaba con tantas ganas que se atrevió con el piano, donde nos puso los pelos de punta sin tener que recrearse en estribillos o alargar la sección cuando todos los demás hubieran dejado de tocar. Para cuando quisieron encarar la recta final con palabras mayores como Blood, Bullets y, sobre todo, Munich, todo el pescado estaba vendido, el público se había entregado a ellos y Chris se dio un baño de multitudes entre convulsivos punteos.
Sólo pondremos una pega y es una lástima tener que hacerlo. Pero decidieron abrir el bis con un tema nuevo del que esperemos se deshagan en breve, porque representa todos los males que se puedan intuir en su disco: un tostón de sad song que tal vez en un amago de sinceridad bien han hecho en llamar Weight. Al menos, maquillaron el desacierto con el incontenible estribillo de Fingers in the factories.
Autor: Jorge García

