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[Crónica] Sananda Maitreya (Madrid, 25/10/26)

Sananda Maitreya ha confesado en más de una ocasión que uno de sus grandes pesares es no haber pisado apenas los clubes. Cuando debutó, la industria lo empujó a llenar grandes recintos cuanto antes, y el joven Terence Trent D’Arby pasó sin escalas a los grandes escenarios. Algo de reparación tenía, por tanto, verlo en la Sala Changó una noche de domingo, en la segunda de sus tres fechas en España, cuatro décadas y un cambio de nombre después, ante un público a veces más charlatán que atento, como viene siendo la tónica. Instalado desde hace más de veinte años en Milán, donde publica sus discos en su propio sello, Treehouse Publishing, graba todos los instrumentos él mismo y deja en manos de The Sugar Plum Pharaohs la tarea de dar a esas canciones una segunda vida en directo. La banda está formada íntegramente por músicos milaneses: Luca Pedroni a la guitarra y Marco Mengoni a la batería constituyen su núcleo más veterano, al que se han sumado Fabio Longo al bajo y Alessandro Spoldi a los teclados, varios de ellos dedicados también a la docencia musical, algo que el propio Maitreya, que nunca tuvo acceso a una formación teórica, ha confesado admirar.

La negociación entre sus dos identidades tuvo reglas claras desde el principio. Tras la introducción instrumental de The Birds Are Singing (Pandora), de Prometheus & Pandora (2017), el primer set se dedicó casi por entero a su etapa independiente, con un protagonismo llamativo de los dos volúmenes de Angels & Vampires (2005-2006): de ahí salieron If I Were, It Ain’t Been Easy, Bella faccina, Dolphin, Pretty Baby y The Ballad of Lonesome Rhodes, cuyo título remite al demagogo televisivo de A Face in the Crowd de Elia Kazan, un personaje con el que el autor ha reconocido identificarse. Completaron el bloque I Saw Her, de The Sphinx (2011), Yuki Suzuki, de Pandora’s PlayHouse (2021), y The Birthday Song, de su reciente The Pegasus Project: Pegasus & The Swan (2024), que merece la pena señalar porque mantiene el espíritu de sus primeros trabajos y desmiente cualquier sospecha de que el músico de hoy y el de entonces hablen idiomas distintos. Las únicas concesiones al pasado en esta primera parte fueron la aclamada Delicate, de Symphony or Damn (1993), , esta vez sin dueto, e I’ll Never Turn My Back on You, de su celebrado debut. Era previsible que la sala respondiera con distinta temperatura a las canciones antiguas y a las nuevas, pero la intensidad del concierto nunca se resintió por ello.

El segundo set arrancó con un breve fragmento de If I Were que sirvió de pasarela hacia Let Her Down Easy, cierre de Symphony or Damn, como si quisiera coser en un solo gesto las dos identidades que llevaba la velada administrando por separado. Tras Share Your Pain, de nuevo de Angels & Vampires, This Town, de Nigor Mortis (2009), hizo vibrar al público con sus ritmos Motown. O Divina, de Wildcard (2001), el disco de transición entre ambos nombres, y We Don’t Have That Much Time Together, de Vibrator (1995), sostuvieron todavía el equilibrio antes de una escalada ya imparable: Sign Your Name, This Side of Love, el single de Neither Fish nor Flesh (1989), Vibrator, Wishing Well, Supermodel Sandwich, She Kissed Me, de Symphony or Damn, y Dance Little Sister. Con todo, lo más revelador no fue la reacción ante los éxitos, que se daba por descontada, sino ante las canciones que nunca lo fueron. Que Let’s Go Forward o I’ll Never Turn My Back on You, sin pasado como sencillos, fueran coreadas por la sala dice mucho de la huella de Introducing the Hardline According to Terence Trent D’Arby (1987), prueba de que es uno de esos discos fundamentales en los que no importa dónde se deje caer la aguja. Y si la sala no ha olvidado aquellas canciones, tampoco lo ha hecho su voz, que, sin alcanzar la perfección, conserva la calidez de entonces, bien arropada por una banda que está a la altura de la figura.

En todo caso, el bis merece atención aparte. Sananda Maitreya eligió despedirse con Holding On to You, de Vibrator, el último disco que publicó como Terence Trent D’Arby, y no parece una elección casual: cerrar con la canción que marca la frontera entre ambas etapas es una forma elegante de decir que el pasado le pertenece, pero también que tiene fecha de caducidad. ¿Faltó If You Let Me Stay? Probablemente, aunque sospechamos que su ausencia tenía algo de deliberado. No vino a Madrid a resucitar a Terence Trent D’Arby, sino a dejar claro que, después de tantos años, ambos han aprendido a compartir escenario.

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