[Especial] 10 años sin Prince

Pocos artistas en la historia de la música popular han demostrado una precocidad tan aplastante como Prince Rogers Nelson. Compuso su primera canción —Funk Machine— a los siete años, y con apenas 18 firmó con Warner Bros. un contrato que incluía algo insólito para un debutante: control creativo total. Cuando la compañía organizó el almuerzo de celebración, Prince —que se sentía más cómodo ante 12.000 personas que ante 20 ejecutivos en una sala— hizo lo único que sabía hacer mejor que nadie: compuso una canción titulada I Hope We Work It Out expresamente para la ocasión y la puso a sonar delante de todos los directivos. Tenía 18 años. Nadie lo había hecho antes. El resultado fue For You (1978), un álbum en el que tocó él solo los 27 instrumentos, semilla de lo que pronto se conocería como el Minneapolis Sound. Bebiendo de maestros como James Brown, Jimi Hendrix, Sly & The Family Stone o Joni Mitchell, Prince forjó un lenguaje propio capaz de fundir funk, rock, soul, new wave y jazz en canciones que sonaban, simultáneamente, a pasado y a futuro. Desde el principio tuvo claro además el tipo de banda que quería: rechazó la fórmula habitual de Minneapolis y construyó lo que él mismo llamó una banda «arcoíris», hombres y mujeres, negros y blancos, una declaración cultural antes de que eso fuera siquiera una conversación en la industria.
Su discografía es una de las más vastas e irrepetibles del siglo XX. 1999 (1982) le convirtió en habitual de las listas y de MTV, con un vídeo que llegó a la cadena antes que Billie Jean de Michael Jackson; Purple Rain (1984) vendió trece millones de copias y la película homónima recaudó más de 80 millones de dólares solo en Estados Unidos. Sign o’ the Times (1987) amplió aún más sus fronteras. Pero Prince no acumulaba éxitos para sí: escribió Manic Monday para The Bangles, I Feel for You para Chaka Khan y Nothing Compares 2 U para Sinéad O’Connor. Su reinvención jamás se detuvo y en 2006, cuando su éxito no era el de otros años, conquistó incluso el mercado español con Te amo corazón, que alcanzó el número dos en las listas nacionales.
Prince empujó los límites de las convenciones musicales pero también los de la imagen y la identidad. Tacones, lencería, maquillaje y una sexualidad deliberadamente ambigua en una época en que eso era verdaderamente transgresor: desafió las nociones de masculinidad y género mucho antes de que existiera un vocabulario para describirlo. Fiel al título de su álbum Controversy (1981), mezcló sexualidad, política y religión a veces en la misma canción, situándose en la estela de Little Richard, James Brown o George Clinton para crear un sonido que era únicamente suyo. Lo que luego se atribuyó como una revolución de los ochenta, Prince lo estaba haciendo ya en la década anterior, sin que casi nadie lo recuerde así.
La magnitud de su influencia en los artistas actuales no tiene parangón: desde la exploración funk de D’Angelo y Janelle Monáe hasta la electricidad pop de Beyoncé, Bruno Mars o Justin Timberlake; desde la psicodelia de Tame Impala hasta el R&B introspectivo de Frank Ocean o The Weeknd. Si el Salón de la Fama del Rock and Roll le sitúa junto a Little Richard o James Brown, la cultura musical contemporánea lo confirma cada vez que un artista cruza sin permiso las fronteras de un género: Prince abrió ese camino primero.
En 1992 Warner le ofreció el contrato más grande jamás firmado por un artista en solitario —100 millones de dólares—, pero la letra pequeña era demoledora: la compañía se quedaba con los masters de toda su carrera desde 1978. Prince firmó con la mano temblorosa, según confesó él mismo. Lo que parecía un triunfo fue el inicio de la guerra más larga y pública de la historia de la música: se escribió la palabra Slave en la mejilla en cada aparición pública, cambió su nombre por un símbolo impronunciable y usó cada alfombra roja y cada entrega de premios como tribuna para denunciar las prácticas abusivas de la industria hacia sus artistas. No era solo una batalla personal: Prince usó su plataforma para defender causas de justicia social, denunciar la brutalidad policial y abogar por los derechos de los músicos. En una de sus últimas conversaciones sobre su autobiografía, le preguntó a su colaborador Dan Piepenbring si el libro podría «resolver el racismo». En cualquier otro contexto habría sonado imposible. Viniendo de él, en aquella sala, mirándole a los ojos, de repente parecía natural.
Antes de que nadie hablara de distribución directa al fan, Prince ya había abierto una tienda en Camden en 1994, lanzado un videojuego con música inédita y montado una tienda online en 1997. En 2014 ganó la batalla y recuperó legalmente sus masters, cambiando las reglas del sector para todos los artistas que vinieron después. Su pelea con Warner no era solo personal: era una crítica al modelo de negocio que una década después la piratería digital obligó a toda la industria a replantear.
En los últimos meses de su vida, Prince empezó a escribir su autobiografía a mano, con sus abreviaturas habituales —U, R, 2, 4— sobre su infancia en Minneapolis. Solo llegó a completar 28 páginas. La tituló The Beautiful Ones, como la canción de Purple Rain, y la concebía como el primero de varios libros. Piepenbring recuerda que era la primera vez que Prince parecía verdaderamente consciente de su legado y quizás también de su propia mortalidad. Cuatro días antes de morir le llamó para decirle que quería seguir adelante con el proyecto, que iba a dejar de girar y ponerse en serio con él. No pudo ser.
Su última gira en 2016, presentada como una propuesta íntima de piano y micrófono, escondía una verdad más dura: arrastraba una artritis de cadera devastadora por años de saltar desde escenarios con tacones de diez centímetros. El formato sentado era la única manera de seguir girando sin que nadie lo supiera. Unos años antes, en el Super Bowl de 2007, había cerrado su actuación con Purple Rain mientras llovía sobre el estadio de Miami; NBC Sports lo eligió la mejor actuación de medio tiempo en toda la historia del evento. No completó aquella última gira. Murió el 21 de abril de 2016 en Paisley Park, con 57 años. Prince siempre supo cómo despedirse.
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