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[Reseña] RIBS – COLD RIBS

RIBS son de Raleigh, y eso se nota más en sus referencias que en su acento: la voz hablada que diagnostica en vez de seducir viene de la escuela de Fugazi, el pulso nervioso y urbano recuerda a Protomartyr, y el propio grupo reconoce el guiño a Captain Beefheart en algún giro de guitarra. Hay bandas que necesitan un primer disco para averiguar quiénes son y un segundo para dejar de disimularlo. RIBS pertenecen a la segunda categoría: cuatro nombres con largo recorrido en el underground de Raleigh —Mike Wallace, David Mueller, Finn Cohen y Josh Germeroth— que llegan a Cold Ribs tras el salto de Third Uncle Records a Three Lobed, sello que no suele equivocarse de compañía. Si Junk Dynasty Leaderboard dejaba entrever influencias por todas partes, aquí ya no hace falta preguntarse cómo debería sonar la banda: suena, sin más, a sí misma.

Y de ahí viene buena parte del encanto (y de la incomodidad) del disco: la voz hablada y gritada de Wallace funciona como contrapunto narrativo más que como centro melódico, en la tradición de The Fall, mientras Cohen y Mueller tejen detrás una malla de riffs angulosos con un fondo krautrock. La extensa Decomp In The Field abre el disco dándole a ese discurso hablado una línea melódica que lo sostiene en vez de dejarlo caer en la monotonía, y Crashing Machine es quizá el momento que más se acerca a The Fall, con ese saxofón ondulado flotando sobre el ritmo.. Strange Victories, en cambio, lo apuesta todo al ritmo, y ahí se nota lo poco encorsetado que es el disco: no busca repetir la misma fórmula canción tras canción. Ese eclecticismo también deja hueco para el garaje crudo al modo de Jack White, sobre todo en Not A Boogie, donde el riff suena menos preocupado por la limpieza del sonido que por que parezca a punto de romperse. Las letras acompañan ese pulso sin relajarlo, repasando hábitos que nos hunden y poderes mal repartidos. Es un disco menos generoso con las referencias fáciles que su debut y, precisamente por eso, más difícil de resumir en una línea de contraportada. Tratándose de una banda que parece disfrutar incomodando a quien la escucha por encima, esa resistencia al resumen es probablemente su mayor victoria. Las letras de Cold Ribs evitan, además, tanto la confesión directa como el mensaje claro: Wallace observa más de lo que se desahoga, y esa distancia es la que sostiene el tono de cronista hastiado que recorre el disco, a veces con humor. Y frente a tanto fatalismo, no hay redención ni gran resolución.

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