[Crónica] David Byrne (Cascais, 14/07/26)

David Byrne llegó anoche a Cascais, dentro del cartel del Ageas Cooljazz, enmarcado en la gira mundial de Who Is the Sky? (2025), su primer disco en solitario desde American Utopia (2018). La gira arrancó en septiembre de 2025 en Norteamérica, continuó en enero de 2026 por Australia y Nueva Zelanda, y Cascais forma parte ya de su tramo europeo. Los siete años entre discos los ha descrito el propio Byrne como un paréntesis de cocina y dibujo; el repertorio de la noche, sin embargo, dejó claro que el paréntesis no ha alterado su método de trabajo: mitad presentación del disco nuevo, mitad repaso de Talking Heads, con algún desvío hacia etapas solistas menos frecuentadas. Lo que distingue este espectáculo de la mayoría de conciertos de formato similar es que nadie permanece quieto. No hay batería montada ni amplificadores al fondo del escenario, ni micrófonos en pedestal: cada músico lleva su instrumento sujeto con correas o arneses, libre para desplazarse mientras toca. Los percusionistas llevan los tambores colgados, a la manera de una banda de marcha, y todo el sonido —pastillas inalámbricas, micrófonos de diadema— está pensado para permitir ese movimiento constante. El resultado es que cada canción tiene su propia coreografía: los músicos, todos vestidos de azul, se alinean, se dispersan, cambian de formación, y ese componente visual añade una capa que rara vez se ve en un concierto de rock.
El concierto abrió con Heaven, de Fear of Music (1979), con la escena de la tierra avanzando, seguida de Everybody Laughs, primer corte de Who Is the Sky?. El público, de pie y pegado al escenario desde estas primeras canciones, desafiaba ya a la seguridad del recinto. And She Was (Little Creatures, 1985) mantuvo el tono ligero antes de que Strange Overtones, único momento dedicado a la colaboración con Brian Eno (Everything That Happens Will Happen Today, 2008), y una de sus canciones más comerciales en solitario, introdujera un registro más introspectivo. El tramo siguiente recuperó el Remain in Light de 1980 con Houses in Motion, y de ahí saltó a Naked (1988) con (Nothing but) Flowers, antes de que This Must Be the Place (Naive Melody), de Speaking in Tongues (1983), ofreciera el primer gran momento coral de la noche.
En ningún momento el concierto se sintió como un karaoke para viejos fanáticos, aunque la edad media del público dejaba claro quién marcaba el tono de la noche. Las canciones venían unidas por pequeñas historias, de tal forma que Byrne no se limitaba a presentar los temas, sino que dejaba una nota al pie junto a cada uno. El bloque central se abrió a Who Is the Sky? con What Is the Reason for It? —en estudio grabada a dúo con Hayley Williams— y Like Humans Do, rescate de Look Into the Eyeball (2001) que pocas veces aparece en estos repasos. When We Are Singing, segundo corte del disco nuevo, y nuestra favorita del álbum, precedió a Independence Day (Rei Momo, 1989), donde Byrne rompió el formato de canción-tras-canción para detenerse en el contexto y contó cómo los italianos se cantaban de balcón a balcón durante los confinamientos de la pandemia, y enlazó esa imagen con la festa della Liberazione italiana —la fecha que conmemora la derrota del fascismo— antes de entrar en el tema. Las pantallas del escenario, mientras tanto, proyectaban imágenes de protestas, lemas de camisetas y calcomanías de parachoques con mensajes progresistas: una invitación directa a leer la canción en clave política, no solo nostálgica.
De ahí al tramo final, todo fue Speaking in Tongues: Slippery People dio paso a Air (de vuelta a Fear of Music), y esta a la coreada Psycho Killer (Talking Heads: 77, 1977) —con una mención honorífica a Arthur Russell antes de arrancar el esperado clásico— y Life During Wartime (Fear of Music, 1979), la secuencia más reconocible de la noche. Byrne destacó ahí las líneas de bajo potentes y funk de Kely Cristina Pinheiro, en perfecto diálogo con la guitarra afilada de Ray Suen; esa fusión entre el pasado y el presente llegó a su punto álgido mientras la banda hacía rugir Life During Wartime y las pantallas se llenaban con imágenes de las protestas contra el ICE (el Servicio de Control de Inmigración y Aduanas de EE. UU.). Todo el concierto, de hecho, estuvo inmerso en un funk contagioso que evocaba las giras de Talking Heads de los años ochenta, cuando la banda se convertía en una big band de nueve personas sudando, bailando y entrando en una suerte de trance colectivo. Once in a Lifetime (Remain in Light, 1980) cerró el cuerpo principal, y el bis se abrió con Everybody’s Coming to My House despojada de artificio como había sido ideada: solo una luz de fondo y las palmas del público, antes de que la infalible Burning Down the House (Speaking in Tongues, 1983) pusiera el cierre definitivo. Eso es, quizás, lo que Byrne hace mejor que la mayoría: no se limita a tocar canciones, sino que construye un sistema en el que se permite entrar al público, un universo con reglas propias, movimiento, humor y precisión — una escenificación que, en última instancia, demuestra un enorme respeto por su público.







