Se ha mencionado hasta la extenuación la importancia que tuvo la primera película de la trilogía Bourne en la reinvención del género de espías y, muy especialmente, en el giro dado por la saga de James Bond tras la incorporación de Daniel Craig. Pues bien, tras ver El ultimátum de Bourne parece claro que aquí quien lleva la batuta sigue siendo el agente norteamericano.
El buen hacer de Greengrass le sitúa a día de hoy como uno de los directores más respetables del panorama cinematográfico. Algo que por otro lado viene reclamando a gritos desde que hace cinco años presentara en sociedad Bloody Sunday, una película capaz de extenuar al espectador hasta límites insospechados, y que dejaba constancia de la habilidad de un director que dominaba a la perfección la tensión dramática y el ritmo narrativo. Todo ello imprimiendo cierto minimalismo técnico y una desacomplejada carga política carente de soflamas panfletarias. Todo un cúmulo de rasgos presentes en esta última entrega de la trilogía de Bourne.
La labor interpretativa es digna de mención y reconocimiento. Damon está sensacional, e imprime al personaje un carisma, dramatismo y fuerza que hacen muy difícil imaginar quién podría asumir la labor de reemplazarlo en el papel de Bourne. Strathairn ya demostró en Buenas noches, y buena suerte que es un actor inmenso, al igual que Scott Glenn, aún indisociable a su caracterización de Jack Crawford, el jefe de Clarice Starling. Sumémosle a todos ellos a Joan Allen o Albert Finney y tendremos ante nuestros ojos una clase magistral de interpretación que le deja a uno absolutamente consternado.
Cualquier mención a la película contribuiría en exceso a desvelar su trama y condicionar la predisposición del espectador, pero atención a la escena que acontece en la concurrida estación de Waterloo, quintaesencia de todo un género que, por memorable, merece un espacio en la historia del cine. Y es que, sin establecer innecesarios símiles, El ultimátum de Bourne rescata un cine que vivió su punto álgido a la sombra de la Guerra Fría, y que tiene en títulos como El espía que surgió del frío o Los tres días del Cóndor algunos de sus referentes más importantes. Lo dicho, imprescindible.
Autor: Oriol Alcorta