Lunes , 26 de Junio de 2017
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Sigur Rós (Sant Jordi Club, Barcelona, 16-02-2013)

Ojalá el mundo fuera siempre un concierto de Sigur Rós.

Me aventuraría a asegurar que uno de los regalos sorpresa más repetido durante el último San Valentín en Barcelona ha sido la entrada (doble) para ver anoche a Sigur Rós en el Sant Jordi Club. De hecho, se podría pensar, a raíz del ingente número de parejas que se veían abrazadas durante el espectáculo, que es una de las bandas que más competencia le ha hecho últimamente a Cupido, ese desgraciado angelote con tan mala puntería. Desde luego, está claro que han sido su carga y habilidad emotivas y la infinita sensibilidad que poseen, traducidas en una música limpia, gloriosa y repleta de bondad y transparencia, las únicas causas reales del éxito tan rotundo que han cosechado los islandeses durante los más de 15 años que dura ya su carrera. Por eso el instinto nos pedía compartir la experiencia con alguien, anoche más que nunca: novio, novia, un amigo, simples conocidos, o la misma persona que te tocase al lado; cualquiera valía.

Porque los Sigur Rós poseen otra cualidad que les hace únicos: su asombrosa capacidad de crear hermanamiento. Son, probablemente, quienes mejor provocan que cada persona del público sea más consciente, en todo momento y sin perderse un ápice del concierto ni de experiencia, de la calurosa presencia del resto de la gente que tiene a su alrededor: funcionan como un espejo, que reflecta poderosamente todo el amor que son capaces de generar en sus seguidores, nutriéndose de una colosal fuerza humana que filtran de manera natural por su space-rock de tintes celestiales. Poniendo en contacto todos los corazones que allí habiten. Engrandeciendo y dilatando incluso las proporciones de lo infinito, proyectadas desde el rasgueo de un arco de violín sobre una eléctrica. Tal vez por eso no puedan evitar ser cada vez más pop, aunque haya sido fruto de la inercia.

El concierto de ayer, organizado por Live Nation y teloneado por Blanck Mass (Benjamin John Power, de los Fuck Buttons), fue una maravillosa égloga de casi dos horas de duración con la que los Sigur Rós decidieron resumir sus cinco principales trabajos. Alejados completamente de todo lo que no implicara preciosismo y magia, Jonsi y compañía plantearon desde el principio un directo de altura: reforzados con tres vientos y tres violines, materializaron la apertura horizontal de su sonido a base de pianos, percusiones y guitarras de todo tipo, conformando un espectáculo corpulento, esbelto, bello, y con esa inimaginable linealidad que hasta ahora solo pertenecía a las cumbres más altas. Fueron prácticamente todo hits, del tipo que provoca instantáneamente la emisión de ‘ooohhs’ en el público. Y una vez más, todo (o casi todo) el concierto resultó ser una fastuosa y orquestal paréntesis del mundo cruel que vivimos.

Como ya es tradición en Sigur Rós, empezaron el concierto envueltos en una tela blanca de sutiles transparencias, sobre la que se versaron juegos de sombras e iluminación, y que caería al sonar Ný Batterí, la tercera, descubriéndose un escenario poblado de buenos músicos, con una gran pantalla curvada con visuales y un delgado y elegante Jonsi presidiéndolo con su arco, con mucha firmeza, y con su inconmensurable voz de ballena melancólica que le canta a las estrellas. Y así fueron enlazando lo más destacado (si es que se puede elegir) de sus álbumes de referencia: Sæglópur, Hoppípolla y Glósóli del Takk… (Geffen Records/EMI, 2005), Olsen Olsen del Ágætis Byrjun (Fat Cat Records, 1999), Varúð, del Valtari (Parlophone, 2012); y, por supuesto, como piedras angulares del recital, al principio, en medio y al final, Vaka (Untitled 1), E-Bow (Untitled 6) y la apoteósica Popplagið (Untitled 8), del ( ) (Fat Cat Records, 2002). La canción pop.

Mención aparte merece esta última. Para mí marcó un antes y un después oírla en directo en el Rock Werchter (Bélgica) del año 2006: supuso mi entrada definitiva y sin retorno a un mundo donde la música lo es todo, y es, hasta la fecha, el momento más sobrecogedor que he vivido en un concierto. La única diferencia con respecto a ayer es que aquella vez volvieron a colocarse tras la tela, y proyectaron en ella una serie de imágenes acongojantes mezcladas con sus propias sombras. También entonces iban con orquesta: eran 14 sumando a los Sigur Rós las Amiina, en los violines, vientos tradicionales, y unos trompetones nórdicos que resonaban como el trueno. En aquella ocasión hicimos llorar a Jonsi, que tuvo que salir tres veces a agradecer los larguísimos 15 minutos de aplausos que le brindamos; y no era el cierre del festival precisamente. Solo espero que Popplagið (Untitled 8) haya marcado anoche a alguien tanto como aquella vez a mí.

Escucha el setlist del concierto en Spotify, o míralo aquí.

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