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Robyn Hitchcock – Spooked

Pocos músicos pueden presumir de tener una carrera como la de Robyn Hitchcock y, al tiempo, estar tan sumidos en una especie de limbo de la industria. Conocido por pocos, olvidado por muchos, el antiguo líder de The Soft Boys y The Egyptians se ha ido convirtiendo con el paso de los años en uno de los mejores compositores del panorama inglés. Fanático de Bob Dylan (recordemos su Robyn sings del 2002, doble CD de covers del artista americano) y de Syd Barret a partes iguales, su trayectoria ha ido avanzando hasta alcanzar un sonido muy cercano al que podemos encontrar en los discos clásicos de Dylan.

Nada nuevo bajo el Sol, pues, en la nueva entrega de Hitchcock, pero todo muy bueno. Pese a trabajar con dos grandes figuras del mundo estadounidense como son Gillian Welch y David Rawlings, el resultado es una continuación natural de las últimas obras del inglés, sin caer en la escena de la Americana más allá de pequeños detalles que no tocan el verdadero carácter del conjunto, sino que se erigen en salpicaduras sonoras que jalonan unas estructuras tan tradicionales como conseguidas.

Todo se abre con un tema que deja claro el espíritu del disco. Television es una extraña balada de amor a ese pequeño electrodoméstico que se ha apoderado de nuestras vidas, cantada con un sentimiento que impregna todo el resultado y forzando hasta el límite el gusto del autor por las letras plagadas de surrealismo, a menudo comparadas con las de Barret. Todo ello con un espíritu juguetón que se traslada al oyente de modo contagioso.

El resto del álbum sigue jugando en su mayor parte con ese tono de cierta tristeza amable, de una falsa melancolía llena de verdadero afecto, que caracteriza los medios tiempos de Hitchcock. Las cartas se juegan con inteligencia y temas como If you know time o Everybody needs you son satisfactorios, aunque no lleguen a aportar nada que los distinga de muchos otros producidos en otros momentos de la larga carrera del ex-lider de los Soft Boys.

Con English girl podemos ver algo más de la influencia de sus colaboradores. Un toque americano se nota en ella y se alarga hasta una Demons and friends que introduce más ritmo y un cierto aire sureño en el disco, todo ello apoyándose en la voz de Hitchcock, totalmente en forma pasados los 50. Y también se pueden encontrar esos lejanos ecos de más allá del Atlántico en el inicio y algunos pasajes de Creeped out, donde sin embargo ya empezamos a ver cómo Hitchcock nos lleva de vuelta a su terreno de modo gradual.

Un regreso consumado en Sometimes a blonde, donde la faceta más cercana a Dylan parece empezar a surgir entre las diatribas llenas de juegos de palabras y de visiones incomprensibles habituales del veterano compositor. Tras ella entramos de nuevo en el mundo más animado del autor, un descanso entre tanto medio tiempo que es We’re gonna live in the trees, una canción vitalista y alegre que sin duda parece pensada para el directo. En este momento puede que caigamos en la cuenta de que la escasa instrumentalización empleada en el disco (la guitarra acústica de Hitchcock es la protagonista absoluta) funciona perfectamente, creando ambientes liberados y donde la música suena más fresca que nunca, lejos de la sobreproducción que en algunos casos atenazó obras anteriores del inglés.

Pero por supuesto no podía faltar una versión de Dylan. Como siempre se trata de una cover magistral, en esta ocasión la elegida es Tryin’ to get to Heaven before they close the doors. Al igual que en el ya referido disco de versiones del autor americano, Hitchcock se apodera del tema y con su guitarra y su voz lo convierte en propio, transformándose por momentos en el mismísimo Dylan durante la duración de la canción y, me atreveré a decirlo, puede que superando al original. La valentía de estos acercamientos llenos de auténtica adoración (él mismo considera que si empezó a escribir canciones fue por Visions of Johana) se ve recompensada de sobra por la enorme calidad de los resultados. Tal vez a día de hoy Hitchcock sea el mejor intérprete para los temas de Dylan, incluyendo al propio americano.

Pero hay vida tras la versión, y se condensa en dos cortes interrumpidos por un tercero hablado que es una narración sobre la tierra llena de sentido del humor. Antes hemos tenido un gran tema en Full Moon in my soul, que no abandona la filiación dylanesca pero la conjuga de modo sobresaliente con la propia personalidad de Hitchcock en su estribillo. Para terminar Flanagan’s song no cambia el discurrir del conjunto, pero da una finalización más que satisfactoria. Nos hemos paseado por el disco sin demasiados sobresaltos, sin grandes sorpresas, pero con buenos temas, y así termina la escucha.

Robyn Hitchcock ya no es, evidentemente, ese joven que hace casi 25 años entonaba el I wanna destroy you para abrir esa pequeña obra maestra que es Underwater moonlight. Ha ido madurando hacia un sonido totalmente emparentado con el Dylan de su época dorada pero manteniendo señas claras de identidad. Sus alocadas letras, su capacidad para sorprender al público y sus grandes dotes con la voz y la guitarra le han servido bien. En este Spooked no tiene el nivel que pudo mostrar en la última reunión de The Soft Boys con el magnífico Nextdoorland del 2002, pero nos ofrece un álbum compacto y bien construido, lleno de buenos temas, al que solo su carácter sumamente convencional dentro y fuera de la carrera del autor le impide brillar más alto.

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