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[Reseña] Steve Gunn – Eyes on the Line

SteveGunn_EyesOnTheLinesUn viaje sin etapas remarcadas

La notoriedad en el mundo de la música es caprichosa. Ahí tienen por ejemplo a Steve Gunn: el guitarrista de Pennsylvania lleva aproximadamente diez años sacando discos, colaborando con diversos artistas como His Golden Messengers o Mike Cooper en proyectos conjuntos, y perfeccionando sus aptitudes musicales; pero ha sido a raíz de su efímera participación en The Violators, la banda de Kurt Vile, allá por mayo de 2013, cuando el hombre ha empezado a ganarse la fama. Desde entonces Gunn ha publicado otros dos discos en solitario, ya con más focos apuntando sobre él; y el último de ellos, Eyes on the Line, recientemente estrenado a través del prestigioso sello Matador Records, desvela por fin uno de los secretos a voces mejor guardados del panorama folk-rock norteamericano, al menos por estos lares. Con Way Out Weather, el anterior, vino a la sala Sidecar; con Eyes on the Line –el mismo día que salió a la venta– al Primavera Sound; y quién sabe dónde tendremos que meterle cuando éste haya circulado un poco más y decida volver a defenderlo en sala. Como mínimo, donde ya podría haber tocado secundado a Vile.

¿Y qué tiene este Eyes on the Line para llamarnos tanto la atención? Pues básicamente sensaciones placenteras, estupendamente ejecutadas. En primer lugar es puro deleite para los amantes de las guitarras; no tanto de las pesadas o acumuladas, sino de las que tienen el empaque justo, de las que son libres como el viento, de esas que puntean dibujando escalas propias y emancipadas. Y en segundo, es puro disfrute el perderse sin brújula ni reloj por los pardos y ondulados paisajes por los que nos transportan dichas guitarras. Gunn practica un tipo de folk cercano al country alternativo, como un trovador que cuenta sus andanzas y vivencias siempre colgado a sus seis cuerdas, amigas y traductoras cada vez más fieles. Y en ese sentido, su discreta voz cede la comandancia del sonido en favor de una guitarra siempre narradora, y enormemente locuaz en los espacios que se reserva en cada tema para el punteo. Sensaciones de libertad y amplitud: ese impagable placer de sentir el viento en la cara al cabalgar sobre una guitarra maestra.

Eyes on the Line es de esos discos que, de algún modo, parecen una única canción fragmentada en nueve piezas. Nueve pasajes de un mismo paisaje, que poco a poco va cambiando, sí, pero del que te quedas con una imagen completa, con la idea y el regusto global. Las limitaciones en cuanto a interpretación y la linealidad de la voz de Gunn no ayudan a crear excesivas diferencias entre canción y canción; e instrumentalmente hablando el álbum sigue ciertas normas de conducta que solo dejan vías de escapatoria abiertas a las guitarras, pero poco más. Apenas hay un par de esquemas o tres en cuanto al planteamiento rítmico se refiere, profundamente americanos todos ellos, pero un sota, caballo y rey compositivo muy funcional y efectivo. Ancient Jules, muy en la línea de Kurt Vile y su trote, y Full Moon Tide, más de escudero, abren el disco con un paso ligero que acabará no siendo mayoritario, y junto a Heavy Sails representan la esfera más acelerada de Eyes in the Line. Aunque nunca por encima de la punta de velocidad de un caballo domesticado.

El álbum, sin embargo, se mueve también en un medio tiempo distendido y ensoñador como el de The Drop, un tema en el que las steel guitars pueden balancearse a gusto, y que transmite el espíritu puro del género americana coronado por un punteo que parte de la escala de blues. O en el de la plácida y casi translúcida Nature Driver. Pero Steve Gunn sobre todo cabalga a un ritmo decidido, sin prisa pero sin pausa, ejemplificado notablemente en temas como Conditions Wild, con ese punteo tan carismático y vertical, o Park Bench Smile, cuya inclinación indica ya, de algún modo, el final de un camino aunque no nos hayamos dado ni cuenta. Porque esa precisamente es la magia de Eyes on the Line: su capacidad para hacernos disfrutar de un viaje sin atender a los lógicos e inevitables cambios de etapa. Cuando te quieres dar cuenta el disco (y tú) ha(s) madurado, y solo conservas recuerdos placenteros. ¿Será esa también la clave de la felicidad?

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