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[Reseña] Portishead – Third

portishead3La oscuridad se cierne sobre Portishead.

La oscuridad se cierne sobre Portishead. El trip-hop ya no existe. Ejecutado por sus propios creadores. Portishead ha vuelto, pero ya no estamos en los años ’90. Tras un larguísimo y angustiante silencio de diez años, por fin salió a la luz el tercer disco de estudio de esta banda de culto que, desde Bristol, ha sorprendido y enamorado al mundo con apenas un puñado de canciones, eternas e inolvidables todas ellas. Una banda que no tiene fans, tiene devotos; que han guardado, durante estos últimos años, como auténticas reliquias atemporales de música, envasadas al vacío, aquellas 22 canciones, aquellos 2 discos (3 contando el directo en la Roseland) que, a mediados de los ’90, convirtieron a Portishead en uno de los grupos más influyentes y respetados de toda la escena musical contemporánea. Referente para tantos estilos como seamos capaces de concebir; síntesis de todo un siglo de música, de todo un mundo (occidental) de sonidos.

El tiempo ha pasado, y acabando ya el primer decenio del siglo XXI, nos damos cuenta de que el futuro futurista no existe: ni 1984, ni el mundo feliz, ni bomberos quemadores de literatura, ni blade-runners, ni terminators, ni coches voladores ni teletransporte molecular. Portishead siempre ha sido como una cápsula, como un vehículo hiperespacial que nos permitía (a sus devotos) viajar en el tiempo. Hoy, con el Third (Island Records, 2008), nos enseñan una clara y cruda visión del futuro que vivimos sin darnos ni cuenta. Como si todos estos años de silencio, sin aparentemente nada nuevo que decir, se hubieran dedicado a observar, pantocráticos, desde lo alto de su templo, cómo la sociedad se degrada; cómo el futuro acecha, aún más oscuro de lo que nos habíamos llegado a imaginar; cómo se cierne la oscuridad sobre el hombre.

El Third es como un profundo y tenebroso agujero, sombrío e inquietante, pero con ese impresionante poder de seducción primitivo, instintivo y ancestral que provoca en el hombre el olor a muerte, a destrucción, a sangre de color burdeos. Es el placer de degustar, lentamente, la amargura de lo inevitable. Portishead (porque es mujer) siempre resultó muy atractiva y misteriosa; la desmaterialización del poder de Greta Garbo; el sonido de la elegante resignación, de la silenciosa y honorable derrota. Un sonido que enmascaraba bien la vulnerabilidad que hay en todos nosotros. Que nos reconcilia, de algún modo, pacífica y dolorosamente, con el lado oscuro de nuestra mente. En el Third, oímos a una Beth Gibbons más hermética y herida que nunca. Portishead ya no hace piezas de museo: son monumentos a la incomprensión, al siempre latente conflicto interior que hay en el ser humano; son crueles sentencias; declaraciones de oscuros y lacerantes secretos, confesiones de complejas luchas, de dialéctica inacabada, de tensión irrefrenable; de reacción atómica mental.

Que nadie espere otro Dummy (Go! Beat, 1994), ni otro Portishead (Go! Beat, 1997), porque se llevará una profunda decepción. El Third no es fácil de escuchar; como no es fácil vivir en un mundo que llama débil al romántico, iluso al soñador, y mariquita a quien muestra un ápice de sensibilidad. Las joyas del Third no nos harán sentir mejor, ni más fuertes, ni más altos ni más guapos. Son las miradas más autocríticas y punzantes que un espejo nos pueda devolver. No hay harmonía, ni ese delicioso olor a viejo que producían los surcos del vinilo. Pero me da la sensación que este disco me acompañará durante años, como los tres anteriores. Parece un buen narcótico para sobrellevar los envites, desconcertantes e implacables, del oscuro mar abierto por el que navegamos con Portishead.

[Reseña redactada en agosto de 2008]

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