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[Reseña] Noel Gallagher’s High Flying Birds – Who Built the Moon?

¿Son pájaros o aviones?

Durante muchos años quisimos creer que parte de la excelencia musical de Oasis, una de las bandas capitales de los 90, se debía precisamente a las fricciones entre los hermanos Gallagher: como si tener en la alineación titular a dos polos opuestos sirviera para concentrar la energía en un punto de equilibrio entre ambos que ellos mismos, sobre todo Noel, sabían convertir en música generacional. Ahora que cada uno va por su cuenta, en una carrera pareja –Who Built the Moon? es el tercer álbum del mayor, mientras que el menor, tras dos entregas con Beady Eye, ha firmado un nuevo álbum, esta vez en solitario–, cabe preguntarse si no es mejor que las cosas esté como están: los dos alejados, estables y lúcidos. La rivalidad sigue vigente y, habiendo publicado sus nuevos trabajos con apenas mes y medio de separación, incluso se han revitalizado. Mejor, así están los dos motivados y con nervio, pero sin nada conjunto que puedan hacer añicos.

Siendo fan de Oasis desde hace 21 años, quien firma estas líneas no se decantará jamás por uno u otro hermano. No obstante, es evidente que lo de Noel es más serio y sólido. Es uno de los grandes gurús del britpop, el heredero acreditado del legado de The Beatles y un disciplinado y esmerado constructor de himnos. ¿Que le falta el carisma de su hermano? Bueno, nadie es perfecto. El caso es que Who Built the Moon?, su tercer álbum con los High Flying Birds, es seguramente el trabajo en el que más flexible se muestra el mayor de los Gallagher. Desligándose bastante de su legado de Oasis, reivindicando su propio pasado, su contexto, su tiempo, al margen de lo que él mismo hiciera con su banda.

Así salen a colación intereses e influencias actuales como la inspiración en Power, de Kanye West, para Fort Knox, ese terraplén inicial que nos empuja a aguantar y a hacernos fuertes, y otras más de su tiempo como las declaradas de Marvin Gaye en Keep On Reaching, de Can en It’s a Beautiful World –aunque también recuerda poderosamente a Setting Sun, aquel tema que hizo con The Chemical Brothers–, de R.E.M. en Black & White Sunshine, de Bowie en Holy Mountain o la tácita de New Order en She Taught Me How to Fly.

El álbum, en general, tiene mucho empaque. Es macizo sin resultar tan monolítico como sus anteriores dos entregas. Tiene vigor, aunque los pájaros sigan pareciendo pesados aviones. Siendo todavía un tanto rígido, Who Built the Moon? muestra a un Gallagher dispuesto a abrir sus horizontes formales. No va a renunciar a sus reconocibles melodías ni va a desarrollar un discurso literario avanzado, pero las influencias mencionadas se notan y conforman un álbum vivo que denota movimiento e inquietud intelectual por parte de su autor. Que David Holmes lo haya producido, obviamente, también habrá sido determinante. ¿Experimental? Yo no diría tanto, aunque sí atrevido.

Pero vamos a lo concreto, porque a Noel lo que verdaderamente se le da bien es hacer canciones. Himnos, en muchos casos. Who Built the Moon? está lleno de grandes temas cargados de espíritu volador. Además de la ya mencionada canción inicial, Holy Mountain te emborracha de despreocupación, Keep on Reaching te envalentona hacia un objetivo elevado, It’s a Beautiful World, pese a resultar una lectura sarcástica de la realidad del mundo, te hace creer en la magia y en una belleza superior, Black & White Sunshine te eleva con la dignidad de la independencia, If Love Is The Law con el valor de lo clásico, y She Taught Me How to Fly te hace… bueno, te hace volar al estilo de New Order o de Blondie, hacia quien va “dedicada” la canción.

Mención aparte merecen The Man Who Built The Moon y Dead in the Water. La primera, apodada “la canción de James Bond’, es un elegante, altivo y nocturno ultimátum cuya elevadísima capacidad cinemática nos hace viajar con la imaginación a la típica última escena épica en la que el bien debe imponerse al mal. Y luego está Dead in the Water. Se grabó off the record y a pelo en los estudios de la RTÉ 2FM en Dublín sin que Noel fuera del todo consciente de ello y, años después, fue recuperada milagrosamente para convertirse en el bonus track de este álbum. Una delicia: guitarra acústica desnuda, un piano que la acompaña discretamente, la voz oclusiva de Gallagher con eco, melodías de ensueño y versos de extremado romanticismo como “I fall into the sea like the empire built on the sand”, “Let the storm rage, I’d die on the waves” o “I’m waiting for the calm as the storm is getting under my skin”. No hay más que hablar.

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