lunes , 23 de octubre de 2017
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[Reseña] Julie Byrne – Not Even Happiness

julie byrneNómada interior.

Aunque el año acaba de empezar, ya tenemos encima de la mesa el primer disco destacado de esa especie de sub género protagonizado por las cantautoras solistas, la mal llamada fórmula chica emocional con guitarra. En la línea de artistas como Julien Baker, Torres, Marissa Nadler, Sharon van Etten, Mazzy Star o la primera Cat Power, esta joven de voz sedosa y profunda bautizada como Julie Byrne ha publicado hace apenas unos días su segundo álbum: un Not Even Happiness inspirado, según ha declarado ella misma, en la sensación de (re)surgimiento que sintió una mañana temprano al ver el sol amanecer. “Una sensación que no cambiaría por nada, ni siquiera por la felicidad”.

Byrne nació hace veintisiete años en Buffalo (Nueva York) pero ha residido en Pennsylvania, Massachusetts, Chicago, Seattle, Nueva Orleans y en Nueva York. En la fase de presentación de su primer álbum –Rooms With Walls And Windows (2014)–, además, la norteamericana giró durante prácticamente dos años, recorriendo su país de punta a punta y llegando a cruzar el charco (con parada en el BAM 2015 y en Madrid). Estamos, por tanto, ante una auténtica trotamundos de la música contemporánea: una artista cuyo confesionario cabe en una maleta de mano. Una artista de folk urbano, de habitación calentita y manta suave, que mantiene vivo el espíritu del ancestral folk americano: el movimiento.

Not Even Happiness es un disco extraordinariamente placentero, delicado como una caricia de porcelana. Se basa en la perfecta conjunción de una guitarra por lo general más bien tímida, la maravillosa voz de Byrne y una serie de sutiles arreglos que otorgan volumen y profundidad al planteamiento, íntimo y acogedor de principio a fin. Apenas se percibe el pasar de las canciones, arrullados como nos tiene durante la media hora escasa que dura su viaje interior. Nueve piezas con las que reflexiona sobre la soledad, la felicidad y, cómo no, sobre el apego, la separación y el viajar.

La clave del álbum nos viene servida directamente en la primera canción. Follow My Voice, aconseja Byrne al arrancar, en una preciosa canción en la que su voz parece activar de alguna manera la guitarra y los crecientes pero casi inadvertidos arreglos de fondo. Si le hacemos caso, apenas prestaremos atención a las formas country de Sleepwalker –y All the Land Glimmered Beneath– , tema en el que empieza a descubrirse el alma trotamundos de la cantante con versos como I’ll cross the country and I carry no key / Couldn’t all look up at the stars from anywhere? o Bow me on all the places I ever gone / And I grew so accustomed to that kind of solitude. Y tampoco le daremos demasiada importancia al contratempo de Melting Grid, también de buena cepa americana. Nos basta con seguir su voz.

Las referencias geográficas son otra constante de Not Even Happiness. Presentes también, por ejemplo, en Naural Blue, parecen culminar en la última pieza cerrando un discurso narrativo que al final nos remite únicamente al interior de la propia artista. “And I have dragged my live across the country / And wondered if travel led me anywhere”, concluye en la desnuda I Live Now as a Singer.

Morning Dove y, sobre todo, la anestésica Sea as it Glides completan el álbum mostrando el lado más delicado y volátil de la joven cantautora norteamericana: una vertiente desde la que, más que nunca, nos recuerda al cancionero espectral de Marissa Nadler y a las nebulosas oníricas de Mazzy Star. Con un discurso musical más compacto y preciso con respecto al de su álbum de debut, Julie Byrne progresa en la definición de su propio lenguaje reafirmándose en la esencia de su ser: una guitarrista nómada cuyo cancionero nos remite inequívocamente a su propio viaje interior.

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