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[Reseña] John Berkhout – Bloo Mind

John Berkhout - bloo mindNadar en ámbar.

Que el segundo disco de John Berkhout recuerda instantánea e íntegramente a Tame Impala es una verdad como un templo, no nos (les) vamos a engañar. Pero si practicamos el esforzado ejercicio de escucharlo haciendo como si los australianos nunca hubieran existido, nos encontraremos de cara con una banda que tiene excelentes condiciones para triunfar, y con uno de los discos mejor montados de la temporada a nivel nacional. El quinteto de Oiartzun (Guipuzkoa) se estrenó nada menos que en Warner hace tres años con un disco de debut homónimo en el que exploraban la sonoridad folky norteamericana, arrimándose a las frondosas sombras de Fleet Foxes o Bon Iver; pero ahora han dejado atrás dicha inspiración campestre para sumergirse de lleno en las texturas ácidas del pop-rock alternativo psicodélico: un terreno en el que los vascos parecen sentirse igual de cómodos o más que en su anterior aventura. Ciertamente no son habituales los cambios de rumbo tan radicales, pero si John Berkhout ya cayeron de pie con su primer trabajo, hay que reconocer que tras este sorprendente salto estilístico han aterrizado en una postura incluso más erguida. Porque los géneros musicales no son patrimonio de nadie, ni siquiera de quienes los “inventan”.

Bloo Mind es un álbum gomoso pero fácilmente masticable. No se nos hace bola. 50 minutos para 11 canciones de largos desarrollos, infinidad de capas de guitarras, teclados y algún sinte, y estructuras ambientales que nos transportan a lugares donde el tiempo y el espacio se dilatan, se sobreexponen y se maceran. No tiene mucho sentido compararlo con su anterior trabajo, ni focalizar la atención en qué elementos permanecen y cuáles son nuevos con respecto a aquél. Por el contrario, merece más la pena sumergirse en su actual propuesta y descubrirse ante una banda camaleónica que parece como si llevara toda la vida haciendo este tipo de música. Será algo parecido a nadar en un frasco de ámbar líquido, ya que el disco, sellado y envasado al vacío, se compone de un fluido denso y amarillento que filtra la luz de fuera alterando los colores, formas y objetos del mundo exterior, en una pátina bien cauterizada de un tipo de psicodelia que bebe mucho de los herederos de Woodstock. Un frasco donde suena el eco del guagua, el cansancio de una batería polvorienta, voces agudas, el bajo, sosteniendo el entramado melódico, y un montón de texturas añadidas que lo envuelven todo en una sensación de anestésica paz y de bienestar por poder dejarnos llevar sin miedo.

Con esas características no resulta fácil destacar unas canciones sobre otras: el todo es lo que importa, la sensación mágica y atemporal de la maceración conjunta. Si quisiéramos establecer algún tipo de distinción entre ellas, de todas formas, podríamos remitirnos a la composición del ritmo, que unas veces descansa en una percusión digital que le da incluso un rollo ligeramente futurista a ciertos pasajes, y otras en la ya citada batería gastada. Del primer bloque destacan, por ejemplo, la inaugural y luminosa They’ll Come fot Me, la brevísima Hours, Change & Choice, el corte más submarino y profundo de todos, y Kingdom, una larga pieza que cierra el disco y que logra, en todo momento, mantenernos levitando a un palmo del suelo. Luego hay un brillante ejemplo de percusión híbrida: Wish I Was Here, que representa uno de los más claros aciertos del álbum; y otro montón de muestras del segundo bloque. Las volátiles y cadenciosas Colours on Fire y Valhalla, sin ir más lejos –fueron los dos primeros adelantos–, pero sin marcar una distancia sideral con el resto del corpus del álbum.

Independientemente de la evidente influencia de Tame Impala –o Fleet Foxes anteriormente– en el horizonte, cabe preguntarse, a la luz de álbumes como este, si hace por ejemplo quince o veinte años habría sido posible el surgimiento y buen desarrollo de una banda como John Berkhout. En las antípodas de lo cañí, de una música con denominación de origen encerrada en influencias circundantes, su propuesta vive claramente de planteamientos musicales que se están universalizando a la velocidad de la pólvora gracias a las posibilidades que ha abierto la era de la hiperconexión. La buena noticia es que la distancia conceptual y logística de las bandas nacionales con respecto a las internacionales –fundamentalmente anglosajonas– es cada vez menor, y el goteo de nombres resaltables dentro de nuestras fronteras poco a poco se está convirtiendo en un chorro del que sentirse orgulloso. Ojalá todo nacionalismo patrio se basara en este tipo de fenómenos.

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