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[Reseña] James Blake – Assume Form

El amor contra el ego.

Si la producción musical de James Blake es un reflejo de cómo es en persona, podemos imaginarnos perfectamente el tipo de espécimen humano tímido y hermético que debía ser durante la primera mitad de esta década. Sumido en la neblina y en ese éter que menciona en Assume Form –canción inaugural que da título a su nuevo disco–, Blake no experimentaba la vida en primera persona, se la perdía por abstraerse en sí mismo. Lo detalla bien en Don’t Miss It: “I could avoid real time / I could avoid contact with eyes / I could avoid going outside / (…) I could switch off whenever I like”, avisando a toda esa legión de “chicos tristes” que, aunque también a ellos se les permite el sentimentalismo, se arriesgan a perderse la vida de verdad, que está ahí fuera, si se hunden en sí mismos.

También lo explica bien en Power On, una de las muchas odas que contiene el disco al amor sano que está viviendo y que le ha transformado: “I thought I might be better dead, but I was wrong / I thought everything could fade, but I was wrong / I thought I’d never find my place, but I was wrong / And where I least wanted to look, it came along”. Porque, al fin y al cabo, lo que el joven productor inglés trata de enseñarnos es la herramienta más antigua y útil contra el ego tóxico, aislante y pernicioso: el amor, compartir la vida, el tiempo, los compromisos y los proyectos futuros con otra persona.

Él está experimentando ese tipo de amor que fluye perfecto con su pareja, Jameela Jamil (con quien empezó en 2015), y está flipando. Tanto, que en temas como Into the Red, Can’t Believe the Way We Flow, I’ll Come Too y, sobre todo, en la ya mencionada Power On, parece un predicador cristiano redimido por la fe y el amor a Dios alabando a su objeto de devoción. Un poco empalagoso, sí (o será que estoy celoso).

Frente al tipo de amor que planeaba sobre Overgrown –en ese momento mantenía una relación a distancia–, casi como una conexión mágica entre dos seres aislados, el que se expone aquí es distinto y claramente completa al británico. Se nota musicalmente en la relación entre bases y voces, más cercana que nunca. O, dicho en otras palabras: si su minimalismo clásico, el combustible de su producción, funcionaba bien precisamente porque el artista vivía en ese enorme y absorbente mundo interior, vacío, éste ahora casi ha desaparecido en favor de una luminosidad que proviene del exterior: de la nueva vida que merece la pena vivir fuera de sí mismo. Más cantautor y menos productor que nunca, Blake ofrece una versión renovada de su música donde la voz y su mensaje cobran más peso que en cualquiera de sus anteriores obras.

Como siempre, la nueva entrega de Blake contiene incursiones en géneros o universos sonoros variados que le interesan y de los que se nutre. Dentro de una homogeneidad estética notable, producto seguramente de su estabilidad emocional, se aproxima a un trap casi de mimbre en Mile High de la mano de Travis Scott y Metro, construye una espectacular pieza de pop-world music como es Barefoot in the Park con Rosalía y desarrolla su sueño húmedo de hacer rap con Outkast en Where’s the Catch?, tema conjunto con André 3000.

Todo, sin abandonar su proverbial soul sintético, especialmente presente en el tramo central del disco. Un soul feliz y luminoso: delicado y casi de góspel en Into the Red, onírico y placentero en Can’t Believe the Way We Flow, un soul que te lleva en volandas a donde esté tu amor en I’ll Come Too, uno extraordinariamente mínimo y carnal en Are You in Love?, y otro que coquetea con el pop en Power On.

Solo se salen de esa norma positiva y luminosa cuatro canciones: la inaugural, que puede servir de punto de partida para que haya arco de evolución narrativo; la sugerente, nocturna e interiorista Tell Them, donde Moses Sumney no sólo aporta su voz, sino también su punto de vista aromanticista; ese retrotraerse a la época de Overgrown que es Don’t Miss It: una confesión autocrítica como advertencia; y la nana final Lullaby for My Insomniac, escrita para ayudar a dormir a su novia.

Estamos, pues, ante la versión más feliz y equilibrada emocionalmente de James Blake; y, pese a lo empalagoso (aunque sano) que puede resultar su visión actual del amor, ha conllevado que estemos también ante su mejor, más completa y lúcida versión musical hasta la fecha.

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