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[Reseña] DIIV – Is the Is Are

Diiv-Is-the-Is-Are-e1446592038499Antología.

No es demasiado injusto afirmar que el 90% de DIIV es Zachary Cole-Smith, su compositor, guitarrista y cantante principal. Fundador del proyecto en 2011 desde la soledad de su propia habitación, parece el típico ejemplo de chaval de la Generación Y: neoyorquino de buena familia, amante de Nirvana, nihilista exacerbado y con un historial disciplinario escolar desastroso que incluye suspensos, varias expulsiones, y un montón de centros de enseñanza por los que pasó durante su turbulenta adolescencia. Pero lo cierto es que para entonces el chico ya había encontrado su verdadera vocación en la guitarra; y más tarde también en la realización de vídeos. Desde finales de la década pasada empezó a moverse dentro de la escena shoegaze y lo-fi de Brooklyn llegando a participar en formaciones como Soft Black, Darwin Deez y Beach Fossils –a la batería–, con la que ya debutó en el sello Captured Tracks; pero ha sido en DIIV donde Zachary Cole-Smith ha encontrado su lugar propio en el mundo: un hogar acolchado en el que se siente y se expresa a gusto.

Is the Is Are es su segundo álbum. El primero, Oshin, obtuvo grandes críticas a su favor, y los tres años y medio que ha tardado en presentar su continuación han merecido la pena. Las expectativas eran altas, y Cole-Smith ha estado a la altura. Lo que ha publicado, en realidad, es un tratado de shoegaze moderno, un agotador manifiesto de 17 capítulos en el que aborda la definición perfecta del género, una y otra vez. Sin ambages, sin piedad: sin concesiones ni intentos de convencer a los paganos. Un disco solo apto para los amantes del rock sombreado, del rock de los tímidos. Su álbum de debut no lo era mucho menos, pero sí quedaba la puerta abierta a un sonido más heterogéneo y pop, que en este se ha encargado de cerrar. Una evolución lógica y sutil materializada en un auténtico chorreo de sonido; del mismo sonido, una y otra vez. Porque Is the Is Are es como una incansable cascada de shoegaze, una pantalla de música hecha a base de capas de guitarra, un bajo trotón y muchos platos de batería: un poderoso torrente que aturde, aísla y purga.

El álbum da la sensación de ser el fruto de una misma tarde de inspiración. De una tarde lluviosa, gris, pero con destellos brillantes colándose por entre las nubes bajas. Presentar un disco así, tan copioso, parece el resultado de una ausencia total de filtro: un volcado sincero y directo de lo que Cole-Smith lleva dentro; compacto, tan homogéneo que puede resultar reiterativo, hasta obsesivo. Pero que nos atrapa de principio a fin, con infinidad de pasajes y entonaciones fascinantes. El inicio esperanzador con Out of Mind y la deerhunteriana Under the Sun, con sus escalas siempre ascendentes. O el aire post-decadente de Bent (Roi’s Song), los jirones de guitarra al fondo y el evasivo solo al final. El arranque épico revanchista de Dopamine – ¡vaya principio de disco! – y su rápida mecha. La similitud con los Sonic Youth del Sonic Nurse en Blue Boredom –con Sky Ferreira de noir femme fatale– y en Mire (Grant’s Song). El vuelo rasante de Valentine; o la tangente del final de ‘Yr Not Far’.

Pero hay más: el poderoso e hipnótico vaivén de Take Your Time, cuyos últimos dos minutos podrían no acabar nunca. O esa versión lo-fi inflada de Kurt Vile y/o The War on Drugs que es Is the Is Are. La cruda regresión, casi tocante con Pale Saints, de Incarnate Devil – ¡qué final! –, y la líquida dulzura de Healthy Moon y Loose Ends. Por no hablar del sabor a ocaso y a ultimátum de Dust, la tormenta final; o del acristalado y gélido cierre de Waste of Breath, el punto más cercano a Slowdive desde 1995. Todo así, de golpe y porrazo, tres años y medio después. Pocas veces un género puede resumirse en un solo disco, pero este puede ser uno de esos casos. Más que un álbum, es una antología: un tomo repleto de esencia shoegaze que se explica solo por sí mismo. DIIV es la marca moderna de dicho género, y con Is the Is Are han logrado establecer un lazo con todos los grandes protagonistas de su época de oro sin perder en absoluto su sello. Es más, grabándolo a fuego hasta el punto de dejar Oshin en un pálido segundo plano. No está mal para un repetidor.

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