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[Reseña] Damien Jurado – Visions of Us on the Land

visions2¿Qué esperamos encontrar, a estas alturas, en un nuevo álbum de Damien Jurado? Es una situación en la que nos hemos hallado ya una docena de veces, y aunque las expectativas hayan cambiado desde las primeras fases de su trayectoria, nos hemos acostumbrado a mantenerlas siempre altas. Sin embargo, ya no se trata de la típica situación expectante en la que esperas que te sorprenda, sino de un síndrome de abstinencia que sabes de antemano cómo se va a resolver. Porque básicamente esperamos encontrarle a él, a Damien, representante único de un inconfundible sello personal. Más allá de su música, lo que Jurado viene ofreciéndonos en los últimos años es la plasmación de un universo propio que se aleja del folk a medida que se agranda su interior y crece su propia leyenda. Visions of Us on the Land (Secretly Canadian, 2016), su nuevo trabajo, cierra una trilogía que arrancó con Maraqopa y que continuó con Brothers and Sisters of the Eternal Sun: una cumbre ahora tripartita con la que el músico de Seattle ha cercado y definido mejor su universo sonoro, hasta casi sellarlo del todo.

Con sus últimos tres álbumes Jurado se ha distanciado de las formas lo-fi con las que dio sus primeros pasos: ha rodeado su música con arreglos y ritmos más sofisticados fruto de una exquisita creatividad, y se ha separado de la tierra real para dar vida a una serie de mundos animados y en ocasiones fantásticos e incluso oníricos. Siempre desde una relación directa con la guitarra cruda, pero con un rol cada vez más de creador que de simple músico. No faltan en su última entrega las habituales piezas de cantautor solista, pero están integradas en un decorado general que ha ido ganando protagonismo hasta perfilar del todo el sonido de un universo con geografía, criaturas y climas propios: un jardín fantástico en el que la flora multicolor crece de manera libre y discreta a la vez. Pero lo verdaderamente diferente de Visions of Us on the Land con respecto a sus dos predecesores, sin que signifique que sea mejor o peor, es que aquí no parece que haya un camino de vuelta a la realidad, configurándose como un mundo fantástico del que ya no es posible salir.

Y no es que importe demasiado; al revés. Estamos ante un álbum de esos en los que da gusto perderse, deambulando sin demasiadas ganas de orientarse a través de pasajes reconocibles o puntos cardinales. Sin hits a los que agarrarse, como boyas en un mar templado. Es una carta que no especifica entre primeros y segundos, entre carne o pescado; pero que sobre todo revela la mano experta que hay detrás de cada receta. Y además hay de todo: hay temas desnudos de cantautor solitario como Prism, On the Land Blues, y los finales Orphans in the Key of E y Kola; otros que describen el movimiento y la verticalidad sobre ritmos sureños como QACHINA, Lon Bella, ONALASKA o la tajante TAQOMA; e incluso la incursión sesentera de Queen Anne, una pieza que recuerda a la mítica Blowin’ in the Wind por su pureza y el olor a campo (norteamericano) mojado. Un riquísimo y vivo collage que, visto con la distancia adecuada, no hace sino dibujar la imagen general del sonido del de Seattle, en todo su esplendor.

Todo el disco está revestido de cierto magnetismo familiar, de ese carisma extremadamente sobrio de Jurado. Desde la inamovible e inicial November 20, hasta canciones más directas como Sam and Davy o Walrus, pasando por los caracoleos soleados de Cinco de Tomorrow o And Loraine, todo el álbum parece colgar de la voz de grueso falsete de Damien. En general es una voz despojada de dramatismo, narradora de una ficción que no hace daño. Solo en Exit 353, seguramente el corazón del álbum, hay algo de ese expresionismo teatral tan propio de otras entregas pasadas. Visions of Us on the Land, en resumen, no es un disco rotundo de estilo ni marca el viraje a ninguna parte: es solo la llegada pacífica de una nueva ola a la orilla, lógica, calmada e impulsada por la inercia de un movimiento perfecto y –ojalá– perpetuo. Y con él, Damien Jurado se ha instalado definitivamente en el olimpo de ese tipo de músico que, a partir de las fórmulas tradicionales –léase: folk americano– ha logrado construir su propio mito.

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