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[Reseña] Bowie por Bowie

El libro editado por Libros Cúpula reúne una selección de entrevistas ofrecidas por el músico a lo largo de sus casi cincuenta años de carrera

David Bowie, en la portada del disco ‘Heroes’ (1977). Foto: Masayoshi Sukita

Era 1972 y un David Bowie veinteañero que acababa de convertirse en padre por primera vez no tenía ninguna duda de lo que se le venía encima: «Voy a ser alguien muy grande, y eso es algo bastante aterrador en cierto modo. Porque sé que cuando alcance la cima y sea hora de desaparecer, habré dejado huella». Además, se confesaba gay, incrementando así la ya abultada nómina de sentencias candidatas a encabezar el artículo. Todo ello se lo contaba a Michael Watts, periodista enviado por Melody Maker para intentar desentrañar algunas claves de Ziggy Stardust, personaje que irrumpiría en el panorama musical algunos meses después junto a su banda de acompañamiento, los Spiders from Mars, gracias a un disco que terminaría por convertirse en una de las obras más reconocidas y carismáticas del artista británico.

«Bowie siempre fue uno de los entrevistados más extraordinarios de la música pop», advierte el escritor y periodista Sean Egan en el prólogo de este Bowie por Bowie editado en Estados Unidos en 2015 y que Libros Cúpula publica ahora en nuestro país. A lo largo de sus más de 500 páginas —traducidas al castellano por Martín Abadía—, el libro recorre la vida y obra del influyente músico a través de una selección de 32 entrevistas que abarcan desde sus comienzos a finales de los sesenta hasta el año 2003. En 2004, Bowie, coincidiendo con el lanzamiento del álbum Reality y su posterior gira de presentación —en donde sufriría un ataque al corazón que lo alejaría definitivamente de los escenarios—, delegaría en el productor Tony Visconti la tarea de relacionarse con los medios de comunicación, decisión que mantendría hasta su fallecimiento en enero de 2016.

Bowie utilizaría la música para dar rienda suelta a unas inquietudes que se irían incrementando con el transcurrir de los años. «Quería ampliar el contexto», le aseguraba en el año 2000 a John Robinson del New Musical Express. «Expandir el vocabulario por medio de las artes, del teatro. Siempre quise cambiar lo que yo percibía como música popular desde que era un muchacho. Pensaba que eso era más halagador para mi vanidad que vender muchos discos». Su desmedida ambición, unida a una galopante timidez (siempre según sus palabras), le llevaría a concebir personajes con los que terminaría confundiéndose. Sin embargo, y a pesar de que «generalmente representaba un papel», como reconoce el periodista Robert Hilbur, «aprendimos que siempre había una gema de verdad en lo que decía».

Volviendo a 1972, y con Ziggy ya vagando a sus anchas por la Tierra, Charles Shaar Murray se preguntaba cuál sería la próxima reencarnación del artista, a lo que Bowie respondía: «Todavía estoy totalmente metido en Ziggy. Probablemente tarde unos meses en borrarlo por completo de mi sistema, pero entonces crearemos otra máscara». Y así fue: poco después llegaría Aladdin Sane (1973), al que le seguiría la oscura y feroz criatura de Diamond dogs (1974) y El Delgado Duque Blanco, que protagonizaría los discos Station to station (1975) y Young americans (1976) coincidiendo con una fuerte adicción a la cocaína y confusas declaraciones sobre el fascismo. Lo cuenta aquí en reiteradas ocasiones: le salvaría la vida su traslado de Los Ángeles a Berlín de la mano de Iggy Pop, desde donde entregaría junto a Brian Eno —y bajo la influencia de bandas como CanKraftwerkNeu! o Kluster— la sobresaliente trilogía compuesta por Low (1977), “Heroes” (1977) y Lodger (1979).

Uno de los muchos atractivos del volumen lo hallamos en las constantes referencias a diversas personalidades procedentes de un amplio abanico de disciplinas artísticas, algunas de las cuales intervienen de forma directa en la conversación. Entre los suculentos encuentros que recoge el libro, cabe destacar el que reunió a Bowie con Bruce Springsteen en 1974 o la charla, esta con más enjundia, que mantuvo con el periodista Steve Sutherland y Brett Anderson en 1993 poco antes de que vieran la luz, con tan solo una semana de diferencia, el primer disco de Suede y el decimoctavo álbum de Bowie, Black tie white noise. Ese mismo año aclararía en Rolling Stone las polémicas revelaciones de 1972 sobre su orientación sexual: «Siempre había sido, en realidad, un heterosexual en el armario».

Bowie supo rodearse de compositores, productores e instrumentistas que contribuyeron a perfilar sus distintas etapas sonoras. En ese sentido, H.P. Newquist indagaría a principios de 1996 en los guitarristas que lo acompañaron desde sus inicios, conformando una extraordinaria relación de músicos en la que encontramos a Mick RonsonRobert FrippStevie Ray Vaughan o Reeves Gabrels, figura esencial a la hora de configurar a los injustamente vapuleados Tin Machine a finales de los ochenta. Pocos meses después de su diálogo con Newquist, el propio Bowie ejercería el papel de reportero para entrevistar al diseñador Alexander McQueen, a quien había encargado el icónico traje largo con la bandera británica que luce, de espaldas a la cámara, en la portada de Earthling (1997).

Ante la inminente llegada de un nuevo milenio, Bowie, a sus cincuenta años, se muestra activo e ilusionado gracias a los numerosos proyectos en marcha; el teatro, la literatura, la moda o el cine —su faceta de actor acapara buena parte del material recopilado por Egan— continúan nutriendo un día a día que recibiría en el año 2000 a su hija Alexandria, fruto de la relación con la modelo y actriz somalí Iman, con quien había contraído matrimonio en 1992.

La tecnología, con el siglo XXI acechando descaradamente, se posiciona como cuestión significativa en las últimas charlas incluidas en el libro: «Internet es terriblemente adictivo», le reconocía a Linda Laban en 1997 para Mr. Showbiz. «Además, cuando entro, tengo la sensación de que hay que pasar por un montón de basura antes de encontrar algo verdaderamente interesante». En la misma conversación, Bowie examina una actualidad siempre propensa a vaticinar el fin del mundo: «Estamos viviendo una época de caos y fragmentación, y deberíamos acogerla positivamente y no estar asustados; no verlo como la destrucción de la sociedad, sino como el material con el cual la reconstruiremos. Es molesto ver a la gente caminar entre las ruinas y tratar de extraer absolutos una vez más. Es de veras perturbador. Nos estamos volviendo muy intolerantes y no es lo que queremos, ¿verdad?».

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