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[Reseña] Arcade Fire – Reflektor

arcade_fire_reflektor-portadaLos niños crecen.

Las primeras escuchas del nuevo trabajo de Arcade Fire, publicado a finales del pasado mes de octubre, arrojaron sobre él ciertas críticas pasajeras que lo describían como un Cd aburrido, excesivamente largo, y carente de un auténtico hit que lo sostuviera. Confieso que me costó hincarle el diente, y también abarcarlo por completo para entender su dinámica y su ritmo. Pero una vez que entiendes y entras en su esencia, Reflektor (Merge Records, 2013) se muestra como un álbum rebosante de riqueza instrumental, melódica y compositiva, con carisma y un punto más de madurez necesario con respecto a los trabajos anteriores de la banda. Puede que no destaque ninguna canción con creces sobre el resto, pero todas encierran un instante de temazo: un cambio emocionante, una melodía sutil con el sello melódico inconfundible de Arcade Fire, o un perfume instrumental momentáneo son suficientes para transformar un muy buen Cd en uno excelente. Solo hay que darle tiempo y fijarse bien.

La primera instrucción para su perfecto disfrute pasa por abandonar completamente el ritmo de nuestra propia vida, y el ajetreo que lo acelera todo sin remedio, y sumergirse en el cadente latir de los canadienses, con la guía siempre visible en la voz de Win Butler. Porque aunque haya canciones con ritmo de baile, Reflektor se cuece a fuego lento, desprendiendo un olor cambiante y deliciosamente especiado durante más de una hora. En ese sentido, y enlazando con lo que comentaba antes, hay una dependencia mucho menor del disco con respecto a los temas sueltos que en sus anteriores trabajos, destacando el todo por encima de las partes. Son 13 canciones; pero más bien son 75 minutos seguidos de música a un nivel sostenido alucinante. Y no hay más instrucción que escucharlos una y otra vez, abriendo bien los oídos, y regodeándonos en aquellos pasajes, que los hay a patadas, que nos llamen la atención.

Por otra parte, opino que es injusto y antinatural acusarles de haber perdido frescura, capacidad de sorpresa e inocencia. A todos nos gustaron los discos de Arcade Fire cuando parecían poseer y expresar la libertad y la candidez propias de los niños, como si conservaran intacta su alma infantil; pero resulta que han crecido. Pienso que sería peor ocultar la madurez en una falsa apariencia pueril, al estilo Marisol, que no mostrarse tal y como son ahora mismo: y el resultado, Reflektor, es el reflejo claro de una transición inevitable. No pueden ser los mismos Arcade Fire que aquellos que rompieron la escena mundial a mediados de la década pasada, y hay que exigirles en consecuencia. Su evolución, en ese sentido, camina hacia temas más pausados, menos efectistas y épicos, y hacia una forma más plana y menos festiva de concebir la fundición de pop, rock, electrónica y folk global. Resultan también menos artísticos y barrocos en las formas más superficiales, pero eso no impide que, por momento, el disco roce niveles de auténtica obra de arte.

James Murphy consigue darle al excelente material de Arcade Fire un aspecto diferente, como si hubiera elegido a la perfección el envoltorio para cada uno de los riquísimos y diferentes bombones de una caja de la que te quieres comer hasta el cartón. Juntos conforman un todo que, si pudieras metértelo en la boca sin ahogarte, y degustarlo tragándotelo durante 75 minutos, sería lo más parecido al Reflektor, en una comparativa gastronómica extra-dulce. Pero al hacerlo una y otra vez, y una vez superado el desbordamiento y saturación de nuestras papilas gustativas, descubrimos los bocados más deliciosos. Empezando por la misma Reflektor, carismático y pegadizo adelanto, que por insistencia y tesón parece terminar uniendo al mundo entero en su canto, y siguiendo con más de media docena de temas, que resultan ser hits encubiertos.

En su extensa huída de la instantaneidad, hay un poco de épica contenida en We Exist, con un desarrollo paulatino que eclosiona en el tramo central mediante un sutil refuerzo de piano sostenido, pero dejando espacio para un final que en absoluto resulta residual. Hay también pasajes de extremo sencillismo en Here Comes The Night Time, con pianos que parecen colibríes, guitarras que se caen y teclados en segundo plano. Aquí, pese a lo aparentemente fácil que parece la música en sus manos, definen su sello inconfundible con un estribillo que solo podrían firmar ellos: una sucesión de 8 o 9 notas que son propiedad incuestionable de Arcade Fire. Por ese piano que todos hemos silbado por la calle, y por la variación festiva que acaba volviendo a él, puede que este sea el himno que todos estamos buscando para el directo en Reflektor.

Pero aparte de su habitual tema rockero, en este caso un Normal Person en el que recuerdan a los mismísimos Rolling Stones, el disco se va haciendo más artístico y noble a medida que avanza. Entre otras cosas, por el elevado tono de You Alredy Know y la dignidad combativa de Joan of Arc, con su lánguido final infeliz. Pero sobre todo, por la preciosa versión del mito de Orfeo y Eurídice de Awful Sound (Oh, Eurydice), delicada, simbólica, y llena de una magia que explota en varias ocasiones. Es como un guiño a una infancia no del todo abandonada. Incluso en Porno se sienten esas notas, cadentes y un poco nostálgicas, de la inocencia perdida, que se contagian sin problema a la casi despedida que es Afterlife, en un papel que en discos anteriores interpretaron temas como Rebellion, No Cars Go y Sprawl II. Juzguen ustedes mismos.

Arcade Fire serán cabeza de cartel en la próxima edición del Primavera Sound 2014.

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