Jueves , 27 de abril de 2017
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Primavera Club 2012. Día 2

Primavera Club. Día 2: Little Wings, The Monochrome Set, Blacanova, Sr Chinarro, Triángulo de Amor Bizarro y Los Planetas.

Es posible que esta sea una de las ediciones de Primavera Club con más artistas nacionales llenando el cartel: puede que, en efecto, la competitividad internacional del mercado musical español se haya visto mermada por la subida del iva en los productos de cultura. No quiero menospreciar la calidad del panorama nacional, en claro crecimiento y maduración, pero sería muy triste y retrógrado que al final, gracias a la labor de nuestros gobernantes, y con la crisis como excusa, se redujera la oferta cultural foránea hasta el punto de quedarnos aislados: sin exportación ni importación de artistas. Un país donde solo querrán tocar los artistas nacionales, o lo que es lo mismo: un país donde casi nadie querrá tocar, porque aunque a los de aquí no les quede más remedio, cada día que pasa parece que también ellos lo tienen más difícil.

En cualquier caso, la jornada nacional de ayer viernes se centraba en el Sant Jordi Club, con motivo de la Alineación de Los Planetas. Solo la oferta del teatro Arteria Paral-lel rebasaba nuestras fronteras, y allí empezamos el circuito: con Kyle Field y sus Little Wings. El norteamericano es una de esas joyas esquivas del folk que, en cierto modo, aún están por descubrir o explotar. Siempre a una distancia prudencial de la popularidad, tocó ayer en un hábitat propicio para sacar a pasear su voz, lastimosa y sensible, pero en absoluto cohibida, que a la postre es quien marca el rumbo que quiere adoptar, en cada fase de su producción, el músico norteamericano. En su último disco tal vez haya mirado más de reojo a su tierra de nacimiento, Alabama, tras años de encontrar la inspiración en el horizonte del oeste, en el camino de exploración y emancipación que es la mirada hacia su California de adopción. Pero durante su actuación de anoche se definió como el trotamúsico que es: suelto e incapaz de casarse ni con un estilo ni con un sitio para enraizar su vocación folk.

Fue un buen concierto, sin más, pero el público estuvo especialmente receptivo, no sé si por la definición de sonido que otorga el teatro, o porque veníamos con las pilas cargadas y los oídos sedientos de buena música. Y lo mismo ocurrió poco después con The Monochrome Set. Con un planteamiento radicalmente opuesto, los británicos son ese tipo de grupo clásico por el que no pasan los años, con algunos elementos extra de actualización: dos nuevos miembros provenientes de Scarlett’s Wells, la banda que formó Bid durante los años de parón de los Monochrome, le dan un aire renovado a su pop garajero y colorido. No obstante, si bien el ritmillo dominante con el que empezaron el recital hizo bailotear a más de uno, a medida que avanzó el concierto su fórmula se fue haciendo más y más previsible, diluyéndose en algo cercano al tedio. Era el momento de cambiar de tercio. Nos esperaba Blacanova al otro lado del Raval.

El sexteto sevillano puso a prueba el deficitario sonido de la cueva de Sidecar exponiendo ese sheogaze, o pop-noise, que tan bien suena en sus dos discos. En apenas media horita demostraron buenas formas, buenos cimientos, y una más que aceptable habilidad para armonizarse y cohesionarse instrumentalmente. Pero también mostraron, y sorprende más por lo corto que fue concierto, un fuerte altibajo: se diría que en sus mejores momentos, la primera mitad y el último tema que tocaron, recordaron un poco incluso a Slowdive, con un tratamiento vocal, sobre todo por parte de Inés Olalla, bastante interesante; sin embargo, no siempre pudieron mantener el mismo grado de concentración. En cualquier caso, Blacanova aprobaron con nota. Son otro de esos nuevos valores nacionales que marcan la madurez de una panorama que, en mi opinión, se ha enriquecido últimamente precisamente por la permeabilidad de influencias que hemos podido recibir del mercado musical internacional en los últimos años.

En ese sentido, y a grandísimas líneas, pienso que se podría establecer una clara brecha generacional entre las bandas españolas de los últimos 20 o 25 años basada en quienes han nacido y se han desarrollado mirando hacia fuera o hacia dentro de nuestras fronteras. No creo que unos tengan más mérito o calidad que los otros, pero al menos a mí sí que me atraen los unos más que los otros. Ya en el Sant Jordi, por ejemplo, disfruté más con Triángulo de Amor Bizarro que con el Sr Chinarro o que con los mismísimos Planetas. Cuestión de gustos, supongo, ni siquiera de edad. Pero el caso es que Antonio Luque estrenaba banda en un proyecto que ha explotado comercialmente al entrar en su tercer década, y se mostró tal como es: natural, veterano, algo sarcástico y de bastante buen humor. Además de como un experto rockero, pero al modo pop-rock español noventero post-movida.

Tal vez haya aun en estos artistas ciertas reminiscencias de los tiempos de la canción protesta, pero no tanto en el contenido como en la forma: puede que por la placidez en la que recuestan sus melodías, o por la aparente falta de ansia y agitación que sí caracteriza, de una forma u otra, a muchas de las bandas jóvenes como Blacanova o Triángulo de Amor Bizarro. Los gallegos, que tocaron a continuación, eran el último grupo alineado antes de Los Planetas, e hicieron que el mastodóntico y desproporcionado recinto de Montjuic temblara hasta los huesos. Conviene señalar que el Sant Jordi Club es una nave industrial donde sobra, en eventos como este, hasta el 50% del volumen total, así que imaginaros a dónde fue a parar toda la distorsión y el ruido que generaron Isa y compañía. Con un repertorio de hits que mejoran con los años, Triángulo de Amor Bizarro son ya todo un clásico, y con tan solo dos discos: la avanzadilla musical, potente y combativa, de los hijos de la Transición.

Tienen un punto irresistible de impaciencia que otorga a todo lo que hacen un plus de intensidad férrea, bañada en la típica luz ultravioleta de los pubs más gamberros del país. Prácticamente en ningún momento del concierto levantaron el pie del acelerador, con un Rafa Mallo escandalosamente contundente dirigiendo la avalancha de distorsión y noise transversal, que dejó bien calentito a un público que, minutos después, se apretó de lo lindo para ver a Los Planetas. Los de Granada, protagonistas de la noche, se mostraron como el grupo grande que son, y no solo por la asombrosa capacidad de convocatoria y sus hits indiscutibles, sino también por la absoluta definición de su sonido. Por eso, o te gustan o eres inmune: como un virus, mortal para algunas especies animales, e inocuo para otras. Y como yo, personalmente, soy de los segundos, cedo la palabra a Joan Carles Isern para el relato final:

Llegó el gran momento. La hora de la verdad. Enfrentarse cara a cara con el fin del mundo y comprobar sí Los Planetas nos pueden llevar “de viaje por galaxias infinitas hacia el Sol”. Y lamentablemente tengo dos malas noticias: el mundo se acabará en breve (quizás no en sentido literal, pero la crisis del capitalismo está arrasando con todo) y Jota y los suyos hace mucho que se bajaron de ser abanderados de nada. Los de Granada tienen un amplísimo ejercito de seguidores que pasan la treintena – ¡presente! – y que parece que no han entendido, ni entenderán jamás, el giro aflamencado de los dos últimos discos. La noche pintaba excelente para estos fans ya que se había dicho que el repertorio sería un repaso a sus 20 años de trayectoria y por tanto la retahíla de grandes hits iban a caer sí o sí.

Así fue y la banda fue alternando temas de La Leyenda del Tiempo (Sony, 2007) y Una Ópera Egipcia (Sony, 2010) con sus grandes éxitos. La primera mirada al pasado con el cuarteto estelar que forman Toxicosmos, La Guerra de las Galaxias, Corrientes Circulares en el Tiempo y Nunca Me Entero de Nada presagiaba que los reyes del indie patrio habían venido a estrujarnos el corazón y revolvernos las entrañas. Pero cuando volvieron a atacar temas flamenquillos me di de bruces con la dura realidad. Escarbé un poco en mis recuerdos y caí en la cuenta que si algo destacaba del grupo era su amateurismo eterno y su espíritu colchonero – es decir, como el Atlético de Madrid, que son capaces de lo mejor y de lo peor. Un día te ganan la Europa Lleague y al siguiente caen por 5 contra el Rayo– así que más nos valía olvidarnos de la épica y aceptar que en directo los problemas de sonido y marañas de ruido mal definido han sido un must durante toda su carrera.

Volvieron a la carga con grandes momentos karaoke con himnos generacionales como Santos Que Yo Te Pinte, Segundo Premio, David y Claudia, De Viaje o Un Buen Día intercalados con hits menores de aquellos años como El Artista Madridista o Devuélveme la Pasta. En definitiva dos horas de concierto con sabor agridulce por el irregular setlist -incluyen Mi Hermana Pequeña, Qué Puedo Hacer, Nuevas Sensaciones, Punk, Cumpleaños Total y La Playa en lugar de tanto hit de medio pelo tipo Alegrías del Incendio y el Sant Jordi Club se cae- que nos recuerda que aquello que fuimos tiene mejor color en nuestra cabeza. Así que os recomiendo dejar la nostalgia a un lado y mirar hacia adelante sabiendo que, como cantaba Fernando Alfaro, “lo mejor de nuestra vida aún está por ocurrir”. Amén.

Fotos de Pablo Luna Chao.

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