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Philadelphia

philadelphiaHace treinta años nadie sabía lo que era el SIDA. Ni siquiera la enfermedad tenía ese nombre. En los ochenta todo cambió… Una nueva enfermedad salió a la luz. Los homosexuales, seguros de tener menos problemas que los heterosexuales en el sexo seguro, fueron el primer grupo al que se le diagnóstico masivamente la enfermedad. Se descubrió al poco tiempo que dicha enfermedad era en realidad un virus que se transmitía por la sangre, y que atacaba tanto a heterosexuales como a homosexuales. De hecho, su incidencia en comunidades de drogadictos que compartían jeringuillas era muy alta. Sin embargo, debido a condicionantes sociales y a la propaganda de la época, a la enfermedad se la conoció durante mucho tiempo como “la peste rosa”. Muchos de aquellos prejuicios aún se mantienen hoy día.

Conociendo todo esto, tenemos que trasladarnos ahora a los noventa para juzgar con objetividad este filme. En dicha época el SIDA estaba todavía en sus primeros años de estudio. Su mortalidad era altísima. Y padecer la enfermedad te tachaba automáticamente de la sociedad, haciendo que el infectado prácticamente muriese en vida. Para subrayar esta discriminación al comienzo de dicha década, a los homosexuales se les toleraba mucho menos que ahora. Y si se descubría que, además de estar enfermo, eras homosexual, las consecuencias eran nefastas. Además de todos los puntos anteriores hay que resaltar uno de los méritos de la película: hoy en día es muy común ver producciones donde el amor homosexual se muestra con total naturalidad. Sin embargo, en aquella época la reacción más común ante dichas escenas era de odio y firme repulsión.

La vida de un exitoso abogado, que lleva su homosexualidad en secreto y que es despedido de su trabajo cuando se descubre que padece SIDA puede parecernos vulgar si descubrimos esta estupenda producción en el año 2009, pero en 1993 fue toda una reivindicación y dio un mensaje totalmente necesario. Tom Hanks y Denzel Washington están perfectos en sus respectivos papeles. Y nos descubren, a lo largo de las dos horas que dura el filme, que ni los más firmes prejuicios que tengamos pueden ser derribados ante la asombrosa fuerza de la realidad y de la bondad. Y es que al fin y al cabo, mientras no se les haga daño a otras personas, hay que vivir y dejar vivir, valorar a nuestros amigos y allegados, y disfrutar de la vida que tengamos, que sólo son dos días.

Texto: Rand

Philadelphia, EE.UU., 1993
Director: Jonathan Demme; Guión: Ron Nyswaner; Fotografía: Tak Fujimoto; Música: Howard Shore; Intérpretes: Tom Hanks (Andrew Beckett), Denzel Washington (Joe Miller), Jason Robards (Charles Wheeler), Joanne Woodward (Sarah Beckett).

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