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Oso Leone – Mokragora

mokragora_osoleone¡A la hoguera Galileo!

El otro día se podía leer en El País la noticia de que un grupo de científicos de un laboratorio de neurología de Tokyo habían logran, no solo descifrar, sino también traducir en imágenes los sueños de tres voluntarios que se habían sometido a la experimentación. Algo fascinante, ciertamente, pero también un poco escalofriante en mi opinión. Parece que pronto la humanidad tendrá la clave para desvelar uno de los más grandes enigmas del mundo, que irónicamente se registra cada noche en nuestro interior. Una muestra más de la infinita curiosidad y voracidad científica del hombre, que tarde o temprano logrará su objetivo de resolver hasta el último de los misterios que encierra la vida, en toda su gloria, y el universo infinito. Atrás quedó la época en la que éstos se explicaban en base a teorías post-románticas y positivistas, construidas sobre hipótesis poco empíricas, producidas por mentes centroeuropeas barbudas y fumadoras de pipa.

De todas formas, por suerte, el arte suele escapar siempre de la ciencia: de su afán normalizador, de la estandarización y la categorización cerradas, e incluso de su fanática búsqueda de respuestas. No señores, el arte es más humilde: es el puro misterio en nuestras manos, es la expresión de las dudas y los miedos más universales, y de aquello que no se explica. Porque el arte solo aspira a narrar y describir lo inexplicable, pero no trata de imponer respuestas; al menos en los mejores casos. En los mejores casos un cuadro, una pieza teatral o una simple canción de cuatro minutos resultan como mucho el resbaladizo intento de traducción de un enigma que siempre nos supera, a un lenguaje concreto, en este caso pictórico, iconográfico, dramatúrgico o musical. Participando en el mito, y alimentando la magia del misterio, sin tratar de derribarlo.  El arte es el camino, el viaje; pero nunca el destino.

En ese sentido, y respetando mucho la labor del grupo de neurólogos japoneses y demás comunidad científica, admiro más y más profundamente a gente como los mallorquines Oso Leone, una banda de músicos capaz de crear algo muy en sintonía con esa concepción del mundo, de la vida y de la función del arte en la ecuación. A ellos, en concreto, porque su lenguaje bebe precisamente de otro ciertamente onírico. No son de los que buscarían una explicación a sus sueños haciéndoles la autopsia, ni siquiera una del tipo que ofrecerían aquellos burgueses barbudos tras horas de psicoanálisis carísimas. No, Oso Leone, en todo caso, los traduciría en música como buenamente pudieran, y así al menos el misterio se transmitiría íntegro y vivo. Y es ahí donde reside el problema de reseñar Mokragora (Foehn Records, 2013), el segundo álbum de esta buena banda balear: que no quiero analizar, descifrar y explicar si eso equivale a una disección, y me conduce inexorablemente al abatimiento del maravilloso enigma que hay en él.

Tal vez llegará el día en que la ciencia sea capaz de reproducir exactamente las imágenes que evoca la música en una mente humana: como un vídeo-clip personalizado basado en cada irrepetible experiencia. Seguramente se registrarían imágenes muy parecidas y recurrentes entre los oyentes del Mokragora, pero difícilmente podrían captar las sensaciones que éste produce: más allá de la cinemática metonímica, característica en Oso Leone ya en su álbum de debut, han logrado en este segundo trabajo clavar más sus raíces en la tierra, otorgándole a ésta, a la suya, un papel primordial en el aire que se respira desde que abres hasta que cierras el Cd. Mucho se esperaba de ellos tras su irrupción en 2011 en la escena indie-folk experimental nacional con el alabado Oso Leone (Foehn Records, 2011). Y más, si cabe, todos aquellos que hemos tenido la suerte de verles en directo. El típico peso de las expectativas, perfectamente sobrellevado.

Se han reivindicado con un sonido que sigue destacando por su elegancia, que continúa conformándose en amplias estructuras acristaladas, casi transparentes, que generan espacios en los que también dan sentido al silencio. Pero tal vez lo más llamativo del Mokragora es que, en efecto, se respira un olor ciertamente mediterráneo. Quizá solo sea el efecto refrescante y sabroso de la voz de Xavi Marín, siempre en eco, que parece fundirse con el medio como el mejor de los felinos. O tal vez la sugestión que causa su sonido atmosférico, experimental e imprevisible, sutil e intenso en su concepción, unido al título de las canciones. Eso, o es que realmente han diseñado con su nueva obra un itinerario de mera observación por su mundo propio. El caso es que huele a folk, al moderno que desafía hasta sus propias leyes, pero que reinterpreta sinceramente su tierra con una mirada nueva.

Mokragora podría ser también un mapa sin destino que indica el camino a la resolución de un gran misterio nunca desvelado. Un mapa concebido para el disfrute del camino, pero no para la aportación o el descubrimiento de un axioma musical que se haga universal. La propuesta de Oso Leone es, en ese sentido, plenamente original, y casi diría que inimitable. Es verdad que comparten conceptos claramente con fenómenos de la talla de James Blake o The XX, pero son caminos similares sobre mapas totalmente distintos. En el del Mokragora las pistas son el olor del crisantemo y la salvia, el aroma de un ficus tras otro, o el agitar de un ramillete de clivia, de alçaria (si es que es una planta) y de cactus (si es que se puede). Y si les acusan de no querer llegar a ninguna parte, de ser excesivamente contemplativo, ellos dirán que solo mantienen la magia de pasear por lo onírico sin buscar respuestas ciertas (mediante demostración causal). Por mucho que la ciencia avance.

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