miércoles , 18 de octubre de 2017
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Nacho Vegas – Desaparezca aquí

Afortunadamente, y a pesar de las crisis musicales que se viven año sí, año también, cada temporada podemos echar la vista atrás sabiendo que habremos conocido al menos un buen puñado de discos que realmente han merecido la pena. Pero mientras que para muchos de ellos habremos debido bucear en todo tipo de tendencias y épocas, otros los descubrimos delante de nuestras narices recién sacados del horno, e incluso con una sola escucha nos demuestran que lo que tienen dentro vale por muchos de nuestros desvelos propios de melómanos (que no de megalómanos, aunque tal vez también tengamos mucho de eso). Ahí es donde nos encontramos Desaparezca aquí (Limbo Starr, 2005), el último trabajo de Nacho Vegas. Sin duda que el asturiano no puede presumir de tener la mejor voz, o de ser el mejor guitarrista, ni siquiera el mejor compositor, y habrá mucha gente que le atacará por ello. Pero, ¿quién necesita presumir de nada con un trabajo tan espectacular a sus espaldas?

Todo comienza con la introductoria Maravillas de la condición humana, que termina marcando, de manera consciente o no, el desarrollo del disco. No por sus guitarras pesadas y tortuosas, sacadas de las raíces del western más profundo, sino por esa única frase que se repite en sus apenas dos minutos de duración: “Todo el mundo fantasea con una muerte dramática”. Y así es, la muerte está muy presente en Desaparezca aquí: el protagonista de El hombre que casi conoció a Michi Panero prepara su funeral, mientras que en Cerca del cielo (canción de Juanito Oiarzábal) se muestra admiración por la manera en que se enfrenta el montañero a su destino último. Pero quedarse ahí es sólo rasgar en la superficie, y además de las filias y fobias más características del cantautor sobre la existencia y el fracaso, hay aquí una notable evolución (u otro giro de tuerca más) en sus concepciones musicales.

La más llamativa puede ser la aparente festividad que desprenden muchos momentos del álbum, a pesar de la amargura de fondo de los mismos o de la fama de personaje oscuro de Nacho Vegas. Ya sean los aires circenses de la ya mentada El hombre que casi conoció a Michi Panero, los cánticos de taberna de Perdimos el control, la mezcla de ambas cosas en Nuevos planes, idénticas estrategias, la entidad rock de Ella me confundió con otra persona o la épica de Al norte de mí. Otra es que Las Esferas Invisibles han dejado de ser su banda de acompañamiento para ocupar un lugar preeminente a lo largo de todo el álbum. Con una única excepción, Ocho y medio, que con una fabulosa melodía de guitarra acústica -apenas acompañada en un fragmento por una harmónica y una ligera percusión-, nos sumerge en una terrible historia de sentimientos que se evaporan, pasando de la más bella poesía a la más cruda y dura realidad.

Sin duda eso es en lo que Nacho Vegas sí que puede empezar a ser considerado el mejor. En su capacidad para contar historias, de alternar registros, de emplear figuras, de tocarnos con canciones que son mucho más que meros vehículos para edulcorar vidas vacías. Nacho Vegas se enfrenta a sus miedos, dudas y esperanzas, y nos permite acompañarle y golpearnos contra los mismos muros, seguirle y soñar junto a él. Y una vez que terminan los brillantes arreglos y emotivos instrumentales de La noche más larga del año, lo que queda es la impresión de acabar de escuchar una obra maestra contemporánea, de ésas que nos acompañarán cuanto menos mucho tiempo. Lo que no es poco en estos trágicos tiempos que nos ha tocado vivir.

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