domingo , 22 de octubre de 2017
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Matt Elliott – Drinking songs

Acercarse a lo último de Matt Elliott después del golpe emocional que supuso The mess we made no es nada fácil. En aquel contundente alegato nos mostraba el desencanto más profundo y sobrecogedor, la culminación de una serie de experiencias negativas transformadas en sonidos evocadores: mezcolanza de música de cámara con pinceladas puntuales de la electrónica más actual, poniendo los puntos sobre las íes en su infierno personal y cotidiano.

La historia continúa con este digno sucesor, Drinking songs. Canciones de tabernas de marineros, envueltas en un halo de tristeza nada complaciente, más bien un sincero reflejo de lo que acontece en su vida y en su mente de músico comprometido y fiel a su sonido. Comienza la historia con C.F. Bundy, donde la guitarra, el piano y una voz fantasmagórica le van dando forma a todo el esqueleto sonoro que se desprende una y otra vez como diminutos trozos de cristal. Poco a poco vamos percibiendo el rumbo que toma el disco, y así Trying to explain, como una continuación lógica y necesaria, nos abre el camino a The guilty party, mágico susurro que va penetrando en nuestra mente hasta que se funde con la realidad en una embriaguez de sonidos minúsculos y aterciopelados.

Aunque uno de los temas que mejor resumen el disco y su amor por la música es What’s wrong, pequeña oda a los sentimientos con guitarras, acordeones y una apasionada forma de cantar. Pero no se acaba aquí su sufrimiento, canciones como The Kursk (más de once minutos de sublime desesperación) o la maravillosa y melancólica A waste of blood están a la altura de un álbum que, como el buen vino, gana con las escuchas.

Y no me olvido de uno de los temas más recurrentes, del que todo el mundo habla, un ingenioso juego de palabras, síntesis de su anterior The mess we made y su nuevo trabajo. The maid we messed (la criada con la que nos propasamos) es un largo recorrido sónico, un punto y aparte, donde la electrónica se va abriendo paso hasta que llega a ser el elemento que lo gobierna todo. Un drum n bass de los de verdad, dominado por la intensidad y la emoción. ¿Más de lo mismo? En cualquier caso, Matt Elliott en estado puro.

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