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Manu Chao (Sala Salamandra, l’Hospitalet, 11-10-2012)

El esperanto musical. 

Me alegra comprobar que aún no soy lo demasiado adulto, ni estoy demasiado atrapado en la rutina y el apolillamiento como para rechazar una invitación para un concierto clandestino, camuflado e inesperado de Manu Chao en l’Hospitalet del Llobregat. Porque hay que dejar espacio en la vida para lo imprevisto. Pero por otra parte también he podido comprobar, atónito, que con 51 años en sus huesos, sigue teniendo más aguante y más fuelle que yo. Se presentó como suele hacer habitualmente en Barcelona: con otro nombre (Atomik Pardalets), sin publicidad de ningún tipo, con unas entradas baratas que se venden casi exclusivamente en el bar Mariachi, pero eso sí, con toneladas y toneladas de energía.

Consecuente con un estilo que practica desde hace más de un cuarto de siglo, Manu Chao llenó la sala Salamandra con gente de todo tipo, y repasó, en el caos de una noche de fiesta sin principio ni final, una carrera que, aunque parezca haber frenado un poco, ha dejado huella en millones de personas de los cinco continentes. Anunciado para las 21h, debió empezar hacia las 22,30, pero cuando a la 1am nos marchamos de allí, no tengo la certeza de que aquello hubiera acabado. En un infinito derroche de fuerza, entrega, y de repetición y dilatación de sus grandes clásicos hasta convertirlos en una interminable pista de punk-rock rumbero, el franco-gallego-vasco (y catalán de adopción) se despedía y volvía una y otra vez, interpretando y reenganchando temas de nuevo, como si toda su carrera fuera una inmensa canción de más de tres horas, y como si cada minuto fuera a ser el último.

Poco importó si ésta la tocó, o si aquella ya había sonado antes: porque Manu Chao, a parte de un puñado de canciones que conquistaron medio mundo en la década pasada, es un músico de filosofía y sentimiento, más que de hits y canciones bandera, que aunque también las tiene, se diluyen en una marejada catártica continuada que, como si fuera una bola de nieve bajando la ladera de una montaña a toda caña, siempre acaba en el tipo de rock mestizo que hacía con su hermano a finales de los ’80 en Francia con Mano Negra.

Pero Manu Chao evolucionó desde aquella época; viajó, se mezcló, aprendió músicas y culturas de todas partes, y se convirtió en algo más que un músico y líder de un movimiento socio-musical (aunque nunca asumiera el rol público y publicitario) de apertura al mestizaje: es, de alguna manera, el creador de una especie de esperanto musical en el que tiene cabida casi cualquier expresión cultural sonora, estilo tradicional o tendencia musical del mundo sincrético. Desde unas partituras simplistas, sinceras y casi dadaístas, su música siempre ha aceptado la adopción de formas que van desde el rock y el punk más sucio hasta la rumba y el son de Jalisco, pasando por variantes del ska y del raggae, y a veces incluso todo mezclado. Un ejemplo de la verdadera integración cultural, que aunque siempre es bueno tener en cuenta, lo es más en días como hoy, en los que aún se celebra nuestra desastrosa llegada a América.

Ni siquiera tiene excesivo protagonismo a nivel musical en el escenario: se dedica a tocar una guitarra, flanqueda por bajo, eléctrica y batería, que parece más bien anecdótica, mientras en verdad asume el papel de carismático rey de ceremonia, saltando, animando y agarrando la música por los cuernos, como si en ese momento fuera el hombre más feliz de la tierra. Comprometido siempre con causas que lo merecen, parece como si utilizara su magnético tirón para montar espectáculos de esta índole de vez en cuando, disfrutando con ello, para recaudar algo de dinero para luchar contra ésta o aquella injusticia: ayer, los 10$ que costaba la entrada se destinaban a la causa saharaui. No obstante, resulta curioso que aún alejado de los circuitos comerciales, ni siquiera le hace falta su nombre para mover lo que mueve, lo cual resulta admirable.

Después de casi tres horas, y sin la certeza absoluta de que no siguen aún ahora tocando en la Salamandra, se puede decir que el concierto se había transformado en una especie de sesión del espíritu de Mano Negra, aderezada por la aparición de varios colaboradores eventuales, uno de ellos portugués y otro chileno. Con sus músicos de siempre, amigos de toda la vida, y la sintonía exaltada de Radio Bemba a todo trapo, Manu Chao parecía resistirse al cansancio, y fue el público el que empezó a marcharse de manera escalonada. El sábado repite en la misma sala, con el mismo nombre de camuflaje, y con las entradas agotadas ya desde hace días. No repetiría, sobre todo sabiéndolo de antemano, pero ¡qué bien sienta de vez en cuando dejarse contagiar por las vibraciones de Manu Chao! Sobre todo si hasta tres horas antes no tenías ni idea de que eso podía pasar…

Fotos de Pablo Luna Chao.

También disponible en En Clave de Luna.

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