domingo , 24 de septiembre de 2017
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Manta Ray – Torres de electricidad

Empieza el 2006 fuerte para la música en nuestro país. Cuando leáis estas líneas, este año con apenas un mes de vida ya habrá asistido al primer disco de los calificables como “álbum del año”. Estas Torres de electricidad (Acuarela, 2006) requieren un acercamiento inicial para entenderlas en todo su contexto. Quienes sean habituales de Manta Ray sólo necesitan saber que el disco desarrolla los conceptos que ya advirtieron en el anterior LP, Extratexa (Acuarela, 2003), de manera que si el anterior os gustó, este encandilará. Para aquellos que se acerquen por primera vez a los gijoneses se les advierte que el disco tiene 3 o 4 temas que entran solos. El resto del disco requiere de unas disciplinadas escuchas iniciales, prestando atención a los matices y afinando el oído para escuchar una letra que cada vez pierde más importancia en el discurrir de esta banda.

Casi 45 minutos de música en diez temas. Cortes rock, grasientos y con aristas remarcadas en el armazón generado por la batería sobre el que se encajan las guitarras y el bajo. En este disco Manta Ray hace aun más patente el abrazo al rock incisivo que dejó huérfano Migala la temporada pasada. Se abandonan a su suerte las voces para centrarse en rítmicas letanías urbanas. El disco calienta motores, nunca mejor dicho, con un Don’t push me que parece fabricado en un garaje en medio de la África profunda o en un poblado indio de la América colonial. Coros que alientan el fuego de la hoguera sobre la que danzan baterías secas y elementos electrónicos. De lo más oscuro del disco. En No tropieces encontramos el primer hit. Las guitarras se complementan a la perfección con los vientos de Aritz Lonbide y Jon Elizalde. Si bien la letra no aporta realmente nada, la voz de Jose Luis García invita a unirse al desenfreno. A esta canción le sigue El despertar donde los cambios de ritmo se acentúan aun más si cabe.

Con Mi Dios mentira volvemos a entrar en un estado catártico con la batería de Xabel Vegas, auténtica directora de orquesta templando la furia de las guitarras o dándoles rienda suelta a latigazos. Curiosamente los temas dedicados al amor / desamor Añada para Celia y Como la sal son los más decadentes de la terna. El primero nos transporta al rock sinfónico tan practicado por Múm o Sigur Rós donde aparecen juegos de cuerda para acompañar a una voz entre desganada y desgarrada en unos acordes decadentes hasta deshacerse en la monotonía y, posteriormente, en el silencio. En cuanto a la segunda canción, se sustenta en la misma voz lúgubre, pero esta vez se engarza con el saxo desesperante de Ígor fino Ruíz que deja en un segundo plano a una contenida guitarra eléctrica y una batería comatosa. Entre uno y otro tema, pero aun en aguas profundas, cogemos un poco de aire en Por qué evadirse a otros mundos aun más pequeños, donde se retoma levemente el ritmo y nos dejan un estribillo demoledor que nos pone sobre aviso: “todo el mundo contra la pared / todo el mundo quieto y sin hablar“. Todo puede cambiar, otro de esos temas que queda impreso en la cabeza en la primera escucha, es la respuesta de Manta Ray al pasado reciente de nuestro país, su particular manera de desear un borrón y cuenta nueva entre afilados riffs. Como cortante es No avant-garde (elektronik), segundo y último tema cantado en inglés en este trabajo.

Finalmente, como si despertáramos de un mal sueño, encontramos Torres de electricidad, una canción luminosa y optimista que nos da tiempo para jugar; la batería es menos hosca y las cuerdas nos sosiegan después del mal trago que hemos vivido. Casi como en la vida real. No obstante, como todo no puede ser paz y calma aun nos quedarán dos minutos para coger fuerzas con un guitarreo seco, por lo que pueda venir en el futuro.

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