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M. Ward – Post-war

Casi cada año suele aparecer un artista destacado realizando canciones con sonidos de raíces americanas. Matt Ward puede presumir no sólo de eso, sino también de tener uno de los discos mejor valorados del 2006. Y es que no resulta de extrañar observando la maestría con la que ha compuesto y grabado éste su quinto álbum. Si a Post-war (Merge, 2006) le quitamos la moderna producción y le cambiamos el sonido estéreo por el mono, no dudaríamos ni lo más mínimo en que pudiera haberse publicado cincuenta años atrás. Pero son esas ganancia sonoras las que aportan mayor convicción a un trabajo que se convierte probablemente en la obra cumbre del artista.

Aún así hay que decir que no todo evoca a aquellos maravillosos años de Hank Williams, o a la particular capacidad expresiva de Townes Van Zandt. Esa revisión del artista también logra tener un sonido más actual en la pegadiza versión del To go home de Daniel Johnston, con cierto aire a los Wilco más dinámicos. O incluso en ese blues terco y agarrado a lo Tom Waits que es Requiem, conseguido sin electrificar la canción hasta el solo de guitarra y sin una voz tan ronca como la de Mr. Waits.

Uno de los mayores logros creativos es sin duda Poison cup, que abre el disco y que demuestra el talento de este norteamericano nacido en Oregon. El tema con la carga melódica más grande del álbum engancha al oyente gracias a la suma continua de instrumentos, consiguiendo llegar a un punto álgido de intensidad cuando entra la batería a mitad de canción y la voz de M. Ward cambia el tono fatigoso por la vitalidad melancólica. Uno de los aspectos que ha conseguido ensalzar estos temas ha sido el poder contar en el estudio con una banda de apoyo, algo totalmente novedoso en la carrera discográfica del cantautor, y que sigue dejando su rastro en el tema con más humor y alegría del disco, Magic trick.

La cara más reposada y placentera la tenemos en Chinese translation, con una imaginativa lírica inspirada en esa huída de la irremediable melancolía producida por una ruptura amorosa (“What do you do with the pieces of a broken heart / and how can a man like me remain in the light”). Por su parte la lacónica Post-war nos sumerge en un mar de paz y calma y, tanto con Eyes on the prize como con Rollercoaster, nos demuestra que no sólo sabe exprimir el country-folk, sino que el blues también puede servir como fuente de inspiración reconfortante obviando la parte eléctrica del mismo. Maestría oculta hasta ahora la de Matt Ward, que desde ya se antoja como uno de los valores capitales de la música americana.

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